Cecilia López Montaño

Las economistas

Realmente sí hay un techo de cristal para las mujeres que estudian y se dedican a la economía.

Cecilia López Montaño
POR:
Cecilia López Montaño
agosto 30 de 2020
2020-08-30 08:00 p.m.
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En la muy emotiva celebración de los 50 años de Fedesarrollo, Sebastián Edwards, uno de los economistas extranjeros invitados, afirmó que al visitar la página de Fedesarrollo se encontró con algo penoso, palabras más palabras menos: ni una sola mujer ha sido directora de este centro de pensamiento, el más famoso de América Latina, y obviamente de Colombia.

Las economistas que hemos pasado por esta institución, y seguramente las que actualmente trabajan en ella, respiramos profundo y sentimos un ¡por fin!.

A raíz de ese comentario, algunos de los exdirectores sintieron la obligación de mencionar a las mujeres que habían trabajado con ellos; algunos, valga la aclaración, porque no fueron todos. Por ejemplo, Eduardo Lora, que fue muy generoso, dijo algo magistral: gracias a que esas economistas que trabajaron con él, se ocuparon de lo financiero y de lo administrativo, él pudo dedicarse a investigar, que obviamente es lo más importante en un centro de pensamiento.

Volviendo a Edwards, sus palabras prendieron un debate ya conocido. Ese machismo evidente en Colombia es aún más fuerte entre los economistas. Las economistas no hemos logrado que se nombre una ministra de Hacienda; ninguna mujer ha podido llegar a la gerencia del Banco de la República, y Edwards es muy buen observador porque es cierto que ninguna ha sido directora de Fedesarrollo.

Pero lo más triste es que si contáramos las anécdotas dolorosas que hemos vivido tanto en Fedesarrollo como en nuestra vida profesional, se reforzaría lo que ya se discute en la facultad de Economía de la Universidad de los Andes: realmente sí hay un techo de cristal para las mujeres que estudian y se dedican a la economía. Allí se planteó que muchas estudiantes no se entusiasman por esa carrera porque ven claramente los frenos a su ejercicio.

Con el creciente número de mujeres economistas, y su elevado nivel profesional, lo obvio sería que esta situación cambiara. Si bien es innegable que se han dado pequeños avances, dos excelentes profesionales como codirectoras del Banco de la República cuando solo María Mercedes Cuéllar había llegado a esa posición, la subdirección de Fedesarrollo ahora en cabeza de Ximena Cadena, y Los Andes, que ha nombrado a Marcela Eslava como su segunda decana de economía, esos definitivamente no son suficientes.

Llegó la hora de que la desigualdad entre mujeres y hombres en todas sus dimensiones deje de ser un tema pendiente a tratar que nunca se discute. Este es un problema que requiere análisis y soluciones, y que por consiguiente, debe ser reconocido y aceptado por la academia económica porque el tema de género sí es un tema económico.

Ese desbalance entre la realidad que enfrentan las mujeres frente a la de los hombres tiene que ser parte de las explicaciones sobre la existencia de grandes vacíos en los análisis del crecimiento y debe reconocerse como un limitante para la construcción de una sociedad mejor, dinámica, y sobre todo, más igualitaria.

Es fundamental que todo el aporte que las mujeres han hecho históricamente a la sociedad, y que aún no se valora por no pasar por el mercado, deje de verse como un tema del feminismo porque es un problema económico que debe ser resuelto. Se trata de revaluar esa anticuada separación de roles entre mujeres y hombres, donde la mujer era la cuidadora y el hombre el proveedor, que ya no refleja la realidad actual porque las mujeres de hoy son cuidadoras y también proveedoras.

Para ponerlo en términos económicos, ese gran incremento que se observa en el nivel educativo de las mujeres muere al llegar al mercado laboral, y ello tiene un gran costo para el mundo. En promedio, la mitad de las mujeres en edad de trabajar, muchas más educadas que los hombres, no son económicamente activas; y las que tienen empleo se enfrentan a la brecha salarial, que con demasiada frecuencia las pone en situación de inferioridad frente a sus colegas hombres. Además, en términos de productividad, ¿alguien ha medido cuanto se afecta negativamente esta variable tan fundamental para el crecimiento económico por el peso adicional de trabajo que realizan las mujeres en el mundo?

Sin duda, esta lista puede alargarse indefinidamente antes de llegar al punto central: cuando será que se reconoce que el trabajo que realizan las mujeres en el hogar no es inherente a ser mujer, sino crucial porque sin ese cuidado la sociedad no funcionaría, y la dedicación profesional de los hombres tampoco.

De hecho, las economistas feministas llevan más de setenta años denominando estas actividades como la economía del cuidado, en este caso no remunerado, porque es tan trabajo como cualquier otro, utiliza insumos que vienen del mercado, y lo más importante, generan productos y servicios adicionales sin los cuales el mundo no funcionaría.

Entonces, cuando se aceptará que esa carga que produce bienestar demanda tiempo, y sobre todo, es un inmenso subsidio a las economías que las mujeres han entregado generosamente por siglos; una carga que de por sí puede ser parcialmente asumida por el Estado y el mercado.

En blanco y negro, cuando será que se reconoce que esas actividades son tan productivas como la educación y la salud. Solo cuando esto finalmente se acepte, mujeres y hombres podrán decidir en igualdad de condiciones qué hacer con su vida y con su tiempo.

Mientras en el fondo del alma la mayoría de los hombres sigan creyendo que nuestra tarea fundamental es tener hijos y cuidar del hogar y la familia, aquellas que entran a competir profesionalmente con ellos, sufrirán de esa discriminación que todas hemos sentido. Por ello, acabar con este mito dejó de ser un reto puramente feminista para convertirse en uno para nosotras, las economistas.


*Exministra

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