Cecilia López Montaño

¿Reactivación sin paz?

Esta compleja y dolorosa realidad puede contribuir a que recuperarse de la crisis se vuelva más complejo. 

Cecilia López Montaño
POR:
Cecilia López Montaño
septiembre 20 de 2020
2020-09-20 06:36 p. m.
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A los economistas nos enseñaron que aquellas cosas que no entendemos y que le introducen ruido a nuestros análisis las podemos mandar a un cajón llamado ceteris paribus, y de esta manera, creemos que otros analistas no nos pueden descalificar por ignorar realidades.

Sin embargo, la fuerza de las circunstancias nos ha hecho entender que poco a poco hemos tenido que empezar a considerar interrelaciones con hechos porque hemos visto como realmente inciden en esas variables que nos enseñaron manejar. Ningún momento más propicio que esta pandemia y sus inmensos impactos económicos y sociales para entender todo lo que está sucediendo y poder ampliar nuestro ámbito de estudio de manera que entendamos realmente no solo la dimensión de esta crisis sino más aún para poder identificar caminos a seguir.

Ya hay señales claras de que la reactivación no avanza al ritmo que muchos esperaban y además, que claramente la reapertura de todos los sectores productivos no necesariamente es el camino seguro para retomar la dinámica perdida en el crecimiento económico. La dimensión que ha tomado el impacto social aún no claramente medido ya muestra la gravedad de la situación de muchos sectores de la población.

Detrás de la cifra de 4 millones de desempleados y del incremento en la población inactiva hay familias enteras, mujeres abrumadas por el incremento del cuidado no remunerado, hambre en sectores que ya había superado la indigencia y millones que caen en la pobreza sin vislumbrar un mejor futuro cercano. A esto se agrega el desconcierto de una juventud que no ve fácil estudiar y mucho menos trabajar, y miles de empresas y negocios que desaparecen con las duras consecuencias que estas realidades generan en la población y obviamente en la economía. Todo sumado a un Covid-19 que sigue cobrando vidas y contagiando población.

Como si nos faltaran elemento de preocupación, a este escenario hay que agregarle uno igualmente grave: no hay paz. Esta realidad que la ha vivido por décadas el sector rural, ahora sin que los asesinatos y las masacres hayan desaparecido de esta parte de Colombia, se suma la falta de paz en las ciudades. Lo que aconteció el 9 y 10 de septiembre no es un hecho asilado sino una combinación de factores, algunos de los cuales el gobierno ha sobredimensionado y otros igualmente graves que ha subestimado sin medir las consecuencias. Para aquellos que tratan de simplificar las causas de esta explosión social y creen que basta con asimilarlas simplemente a la extensión del conflicto armado, resolvieron el problema porque la solución es la misma, más guerra; no logran entender que esta visión simplista puede incendiar precisamente a esa juventud que expresó su rechazo a la violencia de la fuerza pública y a la falta de respuestas a sus necesidades. Pero además que pagó con 12 vidas perdidas y muchos heridos por balas.

El país, empezando por el gobierno, los empresarios y el resto de la sociedad, tiene que reconocer la imperiosa necesidad de entender qué está pasando y dónde están las verdaderas causas de esta nueva ausencia de paz tanto en el campo como en las ciudades. Sin una mirada objetiva será imposible encontrar la forma de frenar este desangre. Es absolutamente urgente la necesidad de enfrentar esta realidad tanto en las zonas rurales porque el gobierno no ha logrado demostrar ninguna efectividad para frenar asesinatos individuales y de masacres, como en las ciudades donde de nuevo se ha fragmentado peligrosamente el diagnóstico sobre lo que sucedió. Para el gobierno y sectores empresariales, la causa es la extensión del conflicto armado con nuevos actores y por consiguiente la recomendación es seguir la guerra contra ese enemigo. Pero muchos analistas basados en evidencias innegables identifican claramente que estos sucesos son una combinación mucho más compleja, donde lo realmente evidente es la profunda insatisfacción de una juventud que se siente abandonada por el Estado, que expresó su rechazo frente al asesinato de Javier Ordónez por parte de miembros de la policía y además, por la violencia desmedida contra manifestantes y jóvenes que transitaban por esos sitios.

Esta compleja y dolorosa realidad puede contribuir sin duda a que esa reactivación económica tan vital se vuelva mucho más compleja. Este punto crucial, se puede estar ignorando por parte de quienes miran solamente el comportamiento de variables económicas. Por ello es oportuno plantear la pregunta de si es posible la esperada recuperación de la dinámica económica si no hay paz. Algunos dirán que Colombia no dejó de crecer durante el conflicto armado, lo cual es cierto. Pero la situación actual no es la misma. Se trata de una crisis económica sin precedentes en la historia reciente cuyo futuro aun es incierto. Agregarle a esa incertidumbre esta convulsión social que deja muchos muertos, puede tener aún mayores costos económicos y sociales.

La recomendación es no llegar a conclusiones que no respondan a la realidad, especialmente por parte de aquellos sectores que tienen mucho que perder en términos económicos, porque desafortunadamente son los lideres rurales y los jóvenes urbanos, los que están pagando con vidas. Es decir, en estos momentos la economía no es neutra en términos de la ausencia de paz. No entender la dimensión de esta explosión social, es echarle gasolina al fuego que apaga la economía.

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