Chaumet, la joyería que revela el secreto de su éxito tras 240 años

La casa, en su momento, fue joyero oficial de Napoleón a principios del siglo XIX.

Salvando los puentes de París del peso del amor

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EFE
febrero 29 de 2020 - 02:00 p. m.
2020-02-29

El número 12 de la parisina Place Vendôme, hogar por excelencia de joyeros, esconde una de las más antiguas firmas de alta joyería, Chaumet, que 240 años después de su creación abre sus puertas para dar a conocer el trabajo de sus artesanos, encargados de dar forma a joyas al alcance de un puñado de personas.

Durante años, la quincena de joyeros que formaban parte de la "maison" trabajaron de espaldas al público en una habitación trasera del palacete que le sirve de sede.

Tras una renovación de un año para restaurar sus salones, destacado patrimonio histórico y cultural por haber acogido al pianista Frédéric Chopin, quien murió en su interior, la marca quiere ahora poner el foco principal en la artesanía.

Vestido con bata blanca, Benoît Verhulle recibe de manera excepcional a algunos curiosos que esta jornada de la semana de la moda se han acercado hasta el nuevo taller, una mediana habitación diáfana con vistas a Vendôme.

TRECE JEFES DE TALLER EN 240 AÑOS

Él es el décimo tercer jefe de taller de la firma en sus largos 240 años de historia, una muestra de la dificultad que supone llegar hasta el restringido puesto. Y salir de él. A sus 56 años, ya van 30 haciendo joyas en esta firma, joyero oficial de Napoleón a principios del siglo XIX, y cuyas piezas pueden costar desde los 100.000 euros hasta los tres millones.

"Una casa de alta joyería es comparable a una de alta costura, con una serie de colecciones que salen durante el año, normalmente una en invierno y otra en verano. Nosotros creamos las modas del momento. Un joyero tradicional fabrica piezas en serie, mientras que nosotros solo hacemos piezas únicas y pedidos bajo demanda", explica Verhulle.

PRIVACIDAD Y PRECISIÓN

Junto a él, y tras unas gafas de microcirugía, un hombre se ocupa únicamente de incrustar las piedras preciosas en el metal, que al final deberá ser casi invisible. Solo debe destacar la piedra. Él y dos colegas trabajan mano a mano en una tiara de diamantes y zafiros, un pedido especial cuya propietaria no pueden desvelar y que tardará más de 1.200 horas en ser terminado: el equivalente al trabajo de un año para una persona.

En el mundo de la alta joyería, la privacidad de los clientes -en su mayoría procedentes de China, Francia y Japón- es tan importante como la de las manos que hacen la joya. Por ello, nada de fotos: solo Verhulle tiene permiso para mostrar su rostro. El joyero narra cómo en esta profesión el trabajo en equipo cuenta más de lo que podría parecer.

"Durante toda la fabricación hay un intercambio continuo entre el joyero, el engastador y el pulidor. Es la única forma de que la pieza sea excelente. Hace falta que cada uno vea la joya como un trabajo de equipo, pensar en cómo el siguiente va a recibirla y trabajarla", cuenta.

LA IMPORTANCIA DE LA TRANSMISIÓN

"La transmisión en una casa de 240 años es esencial", añade. Es un aspecto imprescindible, sobre todo, para no romper la cadena de aprendizaje y permitir a los más jóvenes una integración óptima.

Por un momento uno podría pensar que se encuentra en un laboratorio científico: a las batas que visten los joyeros se le añaden accesorios de todo tipo para permitir una vista milimétrica. Además de las manos, los ojos son la principal herramienta de estos profesionales.

A simple vista se aprecia que el paso del tiempo también ha dejado huella en el taller: los más jóvenes (el benjamín tiene 23 años) trabajan directamente con microscopios con la prioridad de salvaguardar la salud de la espalda.

A su lado, un engastador, el más mayor del equipo con 58 años, aparece encorvado ante la mesa. "En la joyería la espalda sufre mucho", comenta. Obligados a la discreción, Verhulle reconoce que la profesión no cuenta con demasiada visibilidad; de ahí que no sean demasiados los jóvenes que se interesan en ella. Una situación que empieza a cambiar gracias, en parte, al intercambio de jóvenes entre países. Verhulle es, además, un rara avis entre los franceses.

No piensa jubilarse a los 62 años, como hasta ahora permite la ley, y reconoce no tener prisa por parar. "Cuando uno hace 30 años en una empresa y ve a las nuevas generaciones siente que no ha trabajado en balde, porque otros van a retomar nuestro lugar", admite orgulloso.

EFE

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