El papel que tuvo la mujer en la independencia

Andrés Felipe Sierra S., docente de la Universidad Nacional, analiza el rol del género femenino en el marco del bicentenario.

Bicentenario

Las mujeres lejos de haberse conformado con ser sujetos pasivos de la política, se constituyeron en sujetos politizados durante la Independencia.

Obra de J. N. Cañarete (Museo Nacional)

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Portafolio
junio 13 de 2019 - 02:30 p.m.
2019-06-13

En Colombia, la política y la construcción de Estado han estado permeadas históricamente por sesgos de género en los que se asigna al hombre el rol principal, el de luchador, de gobernante, de legislador, de juez y de político en cuyas manos está el destino del país. Y la mujer ha sido relegada a la esfera del cuidado, a la vida privada de la familia y a ser guardiana de las buenas costumbres y la moral. El hombre es visto como el ser racional y fuerte, y la mujer como emocional y bondadosa.

Durante muchos años esta visión fue la dominante en la esfera política nacional. En consecuencia, la participación de la mujer en los procesos de independencia y en la construcción de la República fue invisibilizada, y la historia se centró en grandes eventos de guerra y en próceres de la patria. Las mujeres de esta historia son heroínas como Policarpa Salavarrieta, Manuela Beltrán, Manuela Sáenz y Antonia Santos. Sólo recientemente ese vacío ha empezado a ser corregido por historiadoras como Isabel Bermúdez, Martha Lux, María Himelda Ramírez y Ana Serrano . Ellas han mostrado que la participación de la mujer trascendió a la concepción colonial y católica de la época: más allá de ser buenas madres y esposas, más allá del hogar y de ser defensoras de la moral, las mujeres participaron de las luchas de independencia como trabajadoras, espías, combatientes, conspiradoras, auxiliadoras de tropas, propiciadoras de tertulias sobre política y la revolución que servirían de base para los movimientos de independencia, etc.

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Muchas de estas mujeres no eran las personas dóciles típicas de los estereotipos de género, sino personas fuertes, que participan de labores exigentes físicamente, que mantenían el paso de la guerra, que se desplazaban las unas con los otros por el país, moviéndose lejos del hogar asociado a su rol.
Al respecto es interesante leer este fragmento de crónica de A. Alexander (1818-1820): “las mujeres siempre adelante con uno o dos hombres atrás; mujeres trapeadas como hombres, con sus musculosas piernas y rostros atezados, luciendo un sombrero, camisas y pantalones de hombre, cortados a la altura de las rodillas; en realidad los habitantes de toda edad, sexo y color rodaban delante de nosotros en una masa, las mujeres de los soldados negros e indios cabalgando y caminando entre los hombres” .

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Según las nuevas historias de la Independencia con enfoque de género, hay dos aspectos en los que las mujeres lejos de haberse conformado con ser sujetos pasivos de la política, se constituyeron en sujetos politizados durante la Independencia: a) participaron de la esfera pública para demandar derechos y libertades al Estado; y b) crearon espacios privados para discutir sobre política, como por ejemplo chicherías en la Plaza Mayor de Santa Fe y tertulias como las de Juana Antonia Padrón de Montilla, de Vicenta Narváez, de Rosalía Sumalave y de Manuela Sanz de Santamaría . En esta última, la Tertulia del Buen Gusto, confluyeron personas como Humboldt, Caldas, Torres, Nariño, Santander, con la excusa de hablar de literatura, arte y ciencias, pero en realidad para conspirar y planear la revolución. Estas tertulias y chicherías fueron una de las estrategias para esconderse de la censura y el control de la Corona.

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Ana Serrano analiza con especial detalle el primer aspecto de la politización de las mujeres: la reclamación de derechos civiles y socioeconómicos vinculados a su protección y a su manutención y la de sus hijos cuando sus maridos morían en combate o eran arrestados. Alzaron su voz contra los gobernantes de turno no para pedir más derechos como mujeres, no para demandar ciudadanía o educación, sino para hacer cumplir los que ya tenían como madres y esposas. Y para ello no dudaron en utilizar “la estrategia discursiva del lamento, que se acomodaba a su caracterización como seres indefensos” . Sus reclamos representaban un enlace entre las esferas pública y privada, toda vez que era una pugna por derechos que a su vez estaban vinculados a problemas provenientes del hogar. La muerte o el encarcelamiento de sus esposos las empujaron a ir a la arena pública para solicitar ayuda económica al Estado (sustituto del hombre ausente en casa) bajo la forma de pensiones, o para pedir la liberación de sus esposos para que estos pudieran trabajar y cumplir con sus deberes como proveedores. Estas mujeres no fueron sujetos pasivos de los vaivenes políticos sino sujetos activos que en cuento tales desafiaban unos roles de género, pero que, paradójicamente, reclamaban acciones estatales que reforzaban otros: el trabajo remunerado para los hombres y el trabajo no remunerado del hogar y del cuidado para las mujeres.

Estas mujeres de la independencia no construyeron un discurso liberal-feminista que propendiera por la ciudadanía o el voto universales, no fue una denuncia del yugo patriarcal ni pretendía representar a las mujeres como colectivo. Más bien fueron demandas concretas frente al Estado para reclamar derechos cuando percibían que éstos habían sido vulnerados.

Luego de la independencia, los próceres de la patria se inspiraron en los ideales de la Revolución Francesa de libertad, igualdad y fraternidad de todos, pero rápidamente quedó claro que unos eran considerados más iguales que otros: los ciudadanos que podían votar eran sólo los propietarios, alfabetas y de sexo masculino. Aunque la Constitución Política de 1821 no especificaba el sexo como condición de la ciudadanía, esto no significaba que la restricción no existiera. Por el contrario, no se especificó “porque era inconcebible que dicha distinción fuera necesaria” pues era obvio en la época que las mujeres no podían votar y no lo necesitaban pues “el hombre como cabeza de familia estaba investido de la autoridad para gobernar a quienes vivían con él y estaban a su cargo, y para representar sus intereses en el mundo de ‘afuera’” .

Entonces, luego de su importante actividad pública durante la independencia, las mujeres regresaban a la esfera privada, a las labores de cuidado del hogar y de los niños, y a la conservación de la moral católica. Como dice Magdala Velásquez, “en los momentos críticos [como las guerras] se rompen los códigos y las tradiciones, y las mujeres participan activamente en la lucha, pero una vez resuelto el conflicto vuelven a sus cocinas y a sus labores tradicionales en el hogar, sin que el partido triunfante les reconozca derechos políticos en la nueva estructura del Estado.

Andrés Felipe Sierra S.
Universidad Nacional de Colombia
Centro de Investigaciones para el Desarrollo

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