El 31 de agosto de un año que no diré

La supuesta profecía de un curita decimonónico difundida por la Internet (con datos sobre el efecto de una puntual acomodación de placas tectónicas) y una broma telefónica irresponsable y cruel, tienen a los habitantes de Bogotá con los pelos de punta en este último día de agosto. La perspectiva de un terremoto en la capital ha logrado detonar las señales del pánico, en vez de activar las medidas de prevención individual y de seguridad colectiva, que sirven como paliativo en la tragedia que puede sobrevenir hoy o dentro de 1, 10 ó 100 años. A la fecha, no hay poder humano capaz de prever la ocurrencia exacta de los sismos y ni la más avanzada tecnología vaticina las decisiones de la tierra.

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agosto 31 de 2007 - 05:00 a.m.
2007-08-31

Los habitantes de Bogotá, incluidas las autoridades, debemos transformar esta angustia en una conciencia de prevención que se torne cotidiana, tangible, práctica y exigente, como la que hace parte del diario vivir en las regiones gelatinosas de este planeta. Un terremoto no solo desgarra el suelo: colapsa la forma de vida, el orden mental en que se desenvuelve un grupo humano. Si la gente no está preparada, la rudeza de un seísmo puede devolverla a estados primarios de mera supervivencia, sin dejar de potenciar facetas altruistas del alma humana, que no brotarían en otras condiciones. No hay que dudarlo: la primera vida que debemos salvar es la nuestra. Por eso el valor de las medidas elementales, como alejarnos de los ventanales y refugiarnos en un sitio seguro, que definitivamente no es el marco de la puerta. Bajo una mesa, bajo los pupitres en el caso de los estudiantes que sean sorprendidos en sus colegios, comenzará la vida en un mundo que no dejará de estremecerse en los minutos, en las horas, en los días siguientes, y en el que vamos a estar aislados por un tiempo que no está a nuestro alcance determinar. De ahí que se insista que en cada casa, en los colegios, en donde permanezca, la gente tenga su provisión de supervivencia, que yo imagino, muchos habitantes de Bogotá ya han apertrechado: agua, linterna, un radio de pilas, un pito, enlatados, un botiquín, lista de teléfonos, copias de documentos, herramientas básicas, un extintor. Las telecomunicaciones son las primeras en escabullirse y es nuestro deber inmediato interrumpir las fuentes de energía, agua y gas. Por eso habrá un tiempo incierto donde no sabremos de otros, ni sabrán de nosotros. Los seres queridos no podrán lanzarse a las calles a buscarse, porque allí está la muerte: las cuerdas eléctricas despellejadas, los pedazos de materiales que caen, la lluvia de cristales, las tuberías rotas... Las autoridades no vendrán a ayudarnos raudamente, porque deberán cumplir el primer mandamiento: salvarse a sí mismas, habilitar sus instalaciones. Dos o tres días después, nuestro mundo interrumpido y oscuro comenzará a despertar de su hecatombe. A entender y a medir el alcance real de la destrucción. Para entonces, en cualquier lugar pobre o rico, el hombre ya habrá sido un lobo para el hombre, saqueando, depredando, desvalijando. Muchos codiciarán con saña los bienes ajenos, porque el asomo del fin del mundo despertará nuestra entraña carnicera. Y porque habrá desesperación cuando se acabe la comida, cuando pasen los días, cuando lo perdamos todo. Las instituciones de nuestra sociedad deben promover la conciencia de prepararnos para ese mal rato que la ira de la tierra nos depare algún día a los habitantes de Bogotá. Tenemos que hablar del asunto. Con nuestros hijos, con nuestros amigos. Tenemos que pensar qué haremos si nos encontramos aquí o allá, si es de día o es de noche, si estamos juntos o estamos separados, si nos sorprende adentro o afuera. Tenemos que interesarnos por la seguridad del lugar donde vivimos, donde trabajamos, donde estudiamos. Tenemos que fortalecer nuestras comunidades y disponer Planes de Emergencia. Simular. Y prepararnos, prepararnos, prepararnos... www.conlospiesenlatierra.go v.co Si la gente no está preparada, la rudeza de un seísmo puede devolverla a estados primarios de mera supervivencia”.

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