Un abracito muy grande

El episodio de mi ex amiga demuestra que la humanidad se divide en dos grupos: por un lado están los que mandan calurosas despedidas a diestra y siniestra, y por otro estamos los que somos parcos en ese frente. Algunos de los que pertenecen al primer grupo me merecen el mayor respeto porque sus motivaciones son nobles: tratan de ser amables con los demás. Pero debo decir que, de cada diez abrazos que me mandan, ocho me parecen más bien falsos e injustificados.

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diciembre 23 de 2005 - 05:00 a.m.
2005-12-23

Recuerdo la primera vez que alguien distinto a mi familia y a las personas cercanas me mandó un abrazo, hace unos diez años. Yo trabajaba como editor económico en la revista Semana y él era un banquero de inversión. Después de haberme tenido media hora en el teléfono, intentando infructuosamente que le sacara alguna nota, se despidió con ‘un abrazo’. Yo sentí un escalofrío y quedé pasmado. ¿A son de qué me mandaba abrazos un lagarto al que había visto dos veces en mi vida? Esa experiencia me mostró que se estaba dando un quiebre en el manejo de las relaciones interpersonales en Colombia. Antes de los años noventa la mayor parte de la gente se despedía con expresiones simples pero significativas como ‘saludos’ o ‘saludes’ (nótese la diferencia, pues no son equivalentes) y los más melosos a lo sumo se atrevían a lanzar un detestable ‘recuerdos’. Pero con la apertura llegaron los abrazos y no se fueron nunca más. Ahora ya tenemos una generación completa de colombianos a los que les parece de lo más normal andar mandando abrazos. Pero los abrazos son sólo la punta del iceberg. ¿Qué tal las presentadoras de las secciones de farándula de los noticieros que les mandan besos a los televidentes sin conocerlos? Ya las quiero ver dándome un beso cuando me las encuentre en el ascensor de algún centro comercial. El otro día una ganadora de un reality llegó a un extremo risible: "te quiero mucho", me dijo desde su pedestal electromagnético. Y si hablamos de cosas ridículas, no podemos dejar de mencionar el epítome del absurdo al que han llegado las vacías fórmulas del trato personal: "un abracito muy grande", es lo que se usa ahora. Nunca la dialéctica había llegado tan lejos. Lo que me molesta de tanto beso y abrazo es que usemos en el trato personal una falsa cordialidad que no tiene nada que ver con el nido de víboras en que vivimos. De cada tres personas que te mandan abrazos, una quisiera ponerte zancadilla (y me perdonas que te tuteé). "País de cafres", decía el gran Darío Echandía. País de cafres melosos, diría yo. Como es muy mal visto criticar sin proponer, les propongo que a partir de ahora sólo manden abrazos y besos a quienes en efecto se los darían si los tuvieran enfrente. Con la certeza de que mi propuesta cambiará el mundo, sólo me resta agradecer a los pocos que de veras me mandan abrazos sinceros y desearles un fin de año tranquilo a todos los que leen esta columna. Mauricio ReinaInvestigador Asociado de Fedesarrollo

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