Del agua tibia

La Hoja reproduce nueve entregas de columnistas notables como una “polémica que esparció ideas en medio de la aridez”. Fue un cruce de lanzas entre Eduardo Posada, William Ospina, Alejandro Gaviria y Antonio Caballero, que pintaba muy promisorio.

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junio 29 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-06-29

Disfruté el desacuerdo, pero debate, lo que se dice debate, no vi. Frases inteligentes, verdades que no necesariamente se contraponen, algún codazo, varias maneras de suavizar pellizcos, eso sí. (Mucho más franco el rifirrafe entre Eduardo Escobar y Alfredo Molano, del que Eduardo sale como fresca lechuga y Alfredito, más calvo). Resultado neto del amago es que los dos más jóvenes, Posada Carbó y Gaviria, sin coincidir, dicen las cosas sin camorra, bien informados, infinitamente más comprometidos en ayudar a pensar que los más viejos, anclados en la misma cantinela que también padecen Laura Restrepo y los “revolucionarios del Chicó”, especialistas en destapar miserias buscando el culpable en la guía Michelin de la supersimplificación: “el sistema”, Uribe y Bush, trinidad maléfica. ¡Eureka! Esa letanía exige en ciertos casos sacrificio y algo de talento (en otros dá réditos), pero al final hace muy pobre aporte al cambio, ni siquiera a la didáctica de cambio. Recomiendo leer una conmovedora confesión de Fernando Garavito difundida en estos días, que coincide bastante en eso que digo. Fuimos -porque soy de la misma cochada- ultras de la palabra y del gesto, con elocuencia de circuito cerrado. Al cabo de los años uno se pregunta si nuestra generación hizo algo verdaderamente útil detrás de tanto vuelo sarcástico de quienes tuvimos por trinchera los medios de opinión, la cátedra y los libros, o peor, detrás del fusil de tantos compañeros que se pusieron a órdenes de unos tipos demasiado mediocres, ambiguos y codiciosos. Sin pretender resolver el rollo en una cuartilla, lo que quiero decir es que muchos brillantes escritores y en particular, Ospina, Caballero y Molano, blanden argumentos quemantes de cuatrocientas maneras distintas, sin examinar los cambios que se dan debajo del paisaje y sin aceptar más que un autoclave íntimo por precaución microbiana. Nos gusta decir que aquí nada pasa, que todo sigue peor que siempre, porque nos deslumbra la fachada ominosa de la realidad, no la realidad con todas sus facetas. Nos da lo mismo quién gane unas elecciones, las anteriores y las siguientes, porque no queremos aceptar responsabilidad por un sí, corriendo el riesgo de que ese sí se quede corto en muchas cosas, aunque acierte en otras. Queremos ignorar que el país avanza sin nuestra bendición, pese a todo, mientras seguimos detenidos en ese espasmo de estática, quizás porque del nido cristiano-burgués saltamos a experimentar cuanta disidencia se nos atravesó, hasta comprobar que el punto de arranque no era lo que parecía y el de llegada tampoco. Dimos mucha coba al discurso cubano y cuando nos desencantamos de Fidel, ya estábamos escasos de gasolina para emprender algo mejor. Somos una generación atrapada en sogas de culpabilidad por todo lo que vemos, y les gritamos culpables a todos los que nos ven. Como teas justicieras, nunca aprendimos a hacer política, como le pasó a Camilo, aunque hablemos de política a raudales. Padecemos el ‘síndrome bíblico’ multiplicado de la Biblia misma, ‘El Capital’, el psicoanálisis y otros tantos catálogos avinagrados. Yo brindo por la vocación literaria de Caballero, autor de la mejor primera mitad de novela de los últimos cuarenta años. Deseo que Ospina se consagre definitivamente como el mejor repetidor de Castellanos, Galeanos y fulanos. Y a Alfredo quisiera pedirle que deje crecer a Pirry, su legítimo heredero. Consultor privado "Nos gusta decir que aquí nada pasa, que todo sigue peor que siempre, porque nos deslumbra la fachada ominosa de la realidad”.

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