El año de apretar botones de alarma

Aproximadamente en esta misma fecha del año pasado, recibimos un correo electrónico de un lector que nos preguntaba si creíamos que el éxito de Estados Unidos en materia de competencia estaba vinculado a una relativa falta de corrupción.

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diciembre 22 de 2007 - 05:00 a.m.
2007-12-22

Como acabábamos de pasar dos semanas en América Latina, donde oímos incontables historias de mala conducta por parte de los gobiernos, respondimos que estábamos de acuerdo. Sí, Estados Unidos tiene su cuota de corrupción, en buena parte en proyectos de obras públicas, pero, escribimos, “Virtualmente ninguna empresa que se inicia en los Estados Unidos en la actualidad tiene que preocuparse por encubrir costos por sobornos y otros delitos parecidos”. Esta noción nos parecía tan evidente que, cuando enviamos la columna a nuestros editores, uno de nosotros comentó: “esta debe ser una semana tranquila”. ¡Qué error! Esa columna fue para nosotros una de las más controversiales del año. Muchos lectores se sintieron airados, y nos acusaron de todo, desde ignorancia hasta colusión. “¡Paren ahí! Es un hecho conocido que la empresa privada es la propietaria del gobierno, y paga con sobornos bajo la forma de contribuciones para la campaña electoral”, señalaba una carta típica. “Todo el sistema estadounidense está amañado y ustedes o son idiotas o están ciegos para no saber eso”, decían en otra. Y eso fue solamente en enero. A medida que el 2007 avanzaba, escribiríamos cuatro columnas más que encendieron particular sonido y furia. Ahora bien, la mayoría de nuestras columnas reciben una fuerte respuestas con un comentario general sobre nuestro punto de vista. No es eso de lo que estamos hablando aquí. Estamos hablando sobre columnas que generaron una avalancha de correspondencia con ... bueno, llamémoslas ‘intensificadas emociones’. Tomemos nuestra columna de marzo desacreditando la ley llamada Employee Free Choice Act. Esa ley habría permitido a los organizadores crear sindicatos si conseguían que el 50 por ciento de los empleados, más una persona, firmaran las tarjetas del sindicato, en lugar del actual procedimiento que involucra un voto secreto supervisado a nivel federal. Si nuestra columna sobre la corrupción causó un incendio, ésta desató una conflagración. Esta vez, sin embargo, no nos sentimos sorprendidos. Nosotros sabíamos que al sindicalismo organizado le encantaba esta legislación. ¿Por qué no? Al eliminar el voto secreto, facilitaría la sindicalización. Nosotros sabíamos, también que muchos empresarios temían esa legislación. Sentían, como nosotros lo sentíamos, que si la propuesta se transformaba en ley, sería un verdadero golpe a la competitividad estadounidense. Nosotros la consideramos la ‘ley de desempleo’. Finalmente, el proyecto de ley fue aprobado en la Cámara de Representantes pero se atascó en el Senado. Pese a eso, durante semanas después de que fuera publicada nuestra columna, recibimos torrentes de correos electrónicos. Al sumarlos, descubrimos que realmente estaban dos contra uno en favor de nuestra posición tal vez un reflejo de nuestra audiencia lectora más que cualquier otra cosa. Pero sin ninguna duda, las respuestas negativas fueron las más pintorescas del año. La carta para nosotros favorita era una que decía: “Jack, tenemos tu horario para cuando manejes la máquina de coser 13 una vez te vayas al infierno. Ya que estamos, esa es una empresa no agremiada”. Un nivel similar de pasión acogió nuestra columna sobre Joe Torre, gerente del equipo de béisbol de los Yanquis de Nueva York, cuyo contrato con el equipo se transformó en una causa célebre en noviembre. Por cierto, nuestro propósito fue ilustrar la importancia de mantener las negociaciones entre las partes privadas y veloces. Por un margen de 3 a 1, los lectores nos dijeron que nuestro ejemplo de Torre estuvo, para perdonar la expresión beisbolística, fuera de base. Uno de ellos escribió que no habíamos entendido el conflicto y que “Joe se merecía algo mejor”. En contraste, nuestra columna más popular este año fue la carta de amor que le escribimos a la Generación Usted. Este es un grupo de jóvenes que -pese a la publicidad negativa- nosotros consideramos ocupados, mundanos, empresariales y hambrientos por el triunfo. Aparentemente, nuestro punto de vista hizo vibrar una cuerda, ya que esa columna generó un diluvio de cartas de personas agradecidas, desde veinteañeras, hasta empleadores, profesores... e incluso de algunos de sus progenitores. “¡Gracias!”, nos escribió una madre, “al menos alguien tiene el coraje de ver a estos chicos como nosotros vemos a nuestra hija y a sus amigos como la esperanza del futuro”. Finalmente, una columna de julio sobre los jefes que todo lo hacen mal no levantó tanta controversia como inspiró una avalancha de consejos para nosotros... sobre cosas que habíamos fallado en mencionar en nuestra lista de las cinco principales fallas de los jefes. Un lector incluso nos envió una lista de las 15 conductas malas que olvidamos mencionar. Pero algo nos deprimió. Fue el correo electrónico que recibimos de una lectora que puso la columna en su cubículo. Unos días más tarde, el gerente le dijo que la sacara y que dejara de “llevar agua para su molino”. Entre tanto, pedimos a los lectores que nos sigan enviando respuestas. Estamos deseando abrir gran cantidad de sobres con mensajes que aludan a temas ardientes en el 2008. Jack y Suzy Welch son autores del libro ‘Winning’. Pueden enviarles preguntas por correo electrónico a Winning@)nytimes.com. Algo nos deprimió y fue el correo electrónico que recibimos de una lectora que puso la columna en su cubículo. Días más tarde, el gerente le dijo que dejara de “llevar agua al molino”.

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