Un argumento a favor y otro en contra de la despenalización

Un argumento a favor y otro en contra de la despenalización

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abril 30 de 2009 - 05:00 a.m.
2009-04-30

Incluso si los capos mexicanos llegaran a perder su flujo de aprovisionamiento en EE.UU., tardarían años en notar las consecuencias. Y entonces, simplemente recurrirían a otros proveedores. Existe un gran mercado negro de armas militares en todo el mundo.

También es ilusa la idea de que es posible evitar que las drogas entren a EE.UU., cerrando así el acceso al mayor mercado de los narcotraficantes. Aunque fuera posible interceptar el contrabando en los más de 300 puestos en la frontera y si realmente se llegara a levantar ese muro a lo largo de toda la frontera con México (unos 3.110 kilómetros), la experiencia sugiere que los traficantes lograrán pasar igual, ya sea por encima o por debajo.

Propuestas de legalización

El Congreso Mexicano ya ha estudiado varias propuestas para legalizar las drogas. Una incluso fue aprobada en 2006, pero luego, bajo presión de EE.UU., el presidente Vicente Fox se negó a firmarla. Estos proyectos se basan en la idea de que al eliminar las ganancias de la distribución ilegal de drogas, los carteles desaparecerán porque no ganarán suficiente dinero. Sin embargo, un punto débil de estas propuestas es que en realidad la fuente principal de estas ganancias no es México sino EE.UU. El consumo mexicano de drogas es mínimo comparado con el río que fluye hacia el norte. Todo sugiere que cualquier propuesta para despenalizar las drogas en México apenas tendría un impacto sobre la guerra actual del narcotráfico.

Una vez conscientes de esta realidad, las opciones son pocas. Una sería tratar de eliminar la demanda, otra sería atacar a los proveedores y una tercera consistiría en una combinación de las dos anteriores. Hasta ahora, el gobierno de Obama parece decidido a combatir a los narcotraficantes por la fuerza militar.

Esperemos que se dé cuenta de que este enfoque no funcionará.

Supongamos que EE.UU. saliera al rescate de México con decenas de miles de millones de dólares, incluyendo una provisión de personal militar, expertos y equipos, y coordinara un ataque generalizado contra los narcotraficantes. Tras un auge inicial, el nivel de la violencia relacionada al tráfico de drogas acabaría por decaer. En el proceso, se perderían miles de vidas, aunque México se volvería menos atractivo para los delincuentes, tal como pasó en otras áreas, como Colombia, Perú y Panamá. Al fin y al cabo, eso fue lo que le confirió a México su estatus actual en este oscuro negocio. Después, el tráfico simplemente se trasladaría a otro país de América Latina o el Caribe y el proceso volvería a empezar.

Un gobierno realmente abierto al "cambio" consideraría una solución a largo plazo, que pasaría por eliminar el mercado de las drogas ilegales mediante su legalización. No podemos destruir el atractivo de las drogas psicotrópicas. Lo que podemos y deberíamos hacer es eliminar el mercado negro de estas sustancias y regularlo y gravarlo al igual que hacemos con nuestras drogas recreativas más perjudiciales: el tabaco y el alcohol.

La marihuana presenta el argumento más fuerte para defender este enfoque. Según algunas estimaciones, la marihuana representa en torno al 70% de las drogas ilegales distribuidas por los carteles mexicanos. Si se gravara en EE.UU. a la misma tasa que el alcohol y el tabaco, se recaudarían unos US$10.000 millones en impuestos al año y ahorraría otros US$10.000 millones que ahora se dedican a la lucha contra los distribuidores y consumidores de marihuana.

Un paso intermedio pasaría por despenalizar la posesión y uso de marihuana y ser más transigentes con los cultivadores estadounidenses de la hierba. Eso reduciría las importaciones de México y otras partes y eliminaría una parte substancial de las ganancias que alimentan las olas de violencia en México.

Después de la marihuana, avanzaríamos con las drogas más duras. Esto enfrentará una gran resistencia. La marihuana es una sustancia relativamente segura. Nunca nadie se ha muerto de una sobredosis de marihuana y nadie ha sufrido un brote súbito de violencia por culpa de su consumo. La cocaína, heroína y las anfetaminas, en cambio, son muy adictivas y perjudiciales, tanto física como psicológicamente. Sin embargo, su ilegalidad hace que esos peligros sean mucho mayores, inundando el mercado de químicos de contenido y potencia dudosa y desalentando a los adictos a buscar la ayuda necesaria para deshacerse de su dependencia.

Podemos intentar luchar contra los narcotraficantes como lo hicieron con Al Capone, o podemos aplicar las lecciones que hemos aprendido de la prohibición del alcohol y desmantelar el destructivo experimento de la ilegalización.

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La violencia de los narcotraficantes, que ha afectado a decenas de miles de personas, es poca si se compara con las víctimas de otra violencia, aquella que se ve a diario en las comunidades estadounidenses bajo la influencia de las drogas.

Aproximadamente 80% del abuso contra menores y casos de abandono en EE.UU., están ligados al uso o abuso de drogas.

Tampoco es que el abuso de drogas cause todo el crimen y la violencia del mundo, pero sí los empeora al incapacitar el uso de la razón, debilitar el control de los impulsos e incluso causar paranoia y psicosis. Más del 50% de los arrestados hoy en día por delitos de violencia y robo dan positivo en las pruebas de drogas ilegales. El acceso legal a las drogas incrementaría esta clase de sufrimiento alarmantemente.

Los orígenes de las leyes federales están en las reacciones a desastrosas y violentas epidemias de drogas cuando prácticamente cualquier familia tenía acceso a los remedios basados en el opio y la cocaína a finales del siglo XIX. Las drogas estaban disponibles sin penalización. Los niveles de adicción eran escalofriantes, con aproximadamente unos 250.000 adictos a los opiáceos en una población de 76 millones de estadounidenses.

Si uno se deja llevar por el argumento de que la ilegalidad causa el problema, basta con recordar que la China antigua acabó arrodillada por culpa del fácil acceso al opio. Hoy, sociedades muy tradicionales y estrictamente reguladas como Tailandia, Malasia, Irán y Afganistán sufren un problema terrible de adicción debido a que la heroína es muy fácil de conseguir.

El uso ilegal de drogas sigue siendo un problema, pero mire se cómo se mire, es más pequeño. Comparado con hace 30 años, menos de la mitad de adolescentes está utilizando drogas, según Monitoring the Future, un estudio continuo llevado a cabo por la Universidad de Michigan. El consumo de cocaína y metanfetamina es menos de la mitad de lo que solía ser en su época de auge.

Incluso los delincuentes drogadictos configuran un porcentaje menor de la población carcelaria que hace 15 o 7 años.

¿Cuáles son las lecciones ineludibles? En el proceso de aliviar el problema de las drogas, hemos aprendido cuán importante es la educación: no sólo enseñando a los más jóvenes sobre los peligros de las drogas, sino también instruyendo tanto a jóvenes como adultos sobre la enfermedad de la adicción. Sabemos que el mal empieza con el uso de drogas adictivas y que éstas modifican el cerebro.

Cuando me nombraron director de políticas sobre drogas en 2001, en EE.UU. sufríamos una debilidad inherente en los programas de prevención para jóvenes. Los adolescentes nos contaban que les habían informado sobre los peligros de las drogas, pero que si sus amigos las usaban no querían ser críticos, así que se mostraban predispuestos a participar. Entonces, procedimos a reunir especialistas en tratamientos antidrogas con los mejores creativos publicitarios para configurar mensajes preventivos que presentaran el abuso de las drogas como una enfermedad que obliga a los amigos a combatirla. Nos valimos del idealismo y la solidaridad de los jóvenes para darle la vuelta a la sensación de presión de grupo.
También hemos aprendido a implementar herramientas de salud pública que han tenido buenos resultados contra otras enfermedades. Hemos aprendido que la adicción es una enfermedad tratable. Por eso, estamos incrementando las vías al tratamiento, en las que se destaca el papel de los tribunales como un lugar central para que los adictos consigan la ayuda que necesitan. La legalización de las drogas nos quitaría esta herramienta.

También hemos aprendido a combinar la fuerza de las autoridades con los recursos de seguridad nacional para combatir a los carteles de narcotraficantes. Uno de los ejemplos internacionales más importantes en los últimos diez años es la transformación de Colombia desde un Estado dominado por el narcoterrorismo, la violencia y la corrupción a una próspera democracia liberal.

El ejemplo de Colombia

Entre 2001 y 2007, el cálculo aproximado del gobierno de EE.UU. del máximo potencial de producción de cocaína en Colombia cayó 24%. No hay un método exacto para traducir esto en ganancias perdidas, pero incluso las estimaciones más conservadores apuntan que una caída de 24% equivaldría a millones de dólares. Ahora, hay pruebas de que el efecto combinado de la menor producción y las mayores redadas redujeron el suministro de cocaína colombiana a EE.UU. entre esos mismos años.

Colombia es el antecedente perfecto para entender la amenaza en México. Las bandas criminales en México se remontan décadas atrás. Se han enriquecido y están mejor armadas, pero las áreas fronterizas cuyo control se disputan son un viejo campo de batalla.

La corrupción de la que se valen para protegerse tiene raíces profundas. A medida que han ido perdiendo ganancias, se han vuelto más peligrosas.

Al igual que la prohibición del alcohol en EE.UU. en los años 20 no destruyó el crimen organizado en el país, legalizar las drogas no acabará con los grupos criminales en México. De hecho, el patrón real de violencia dentro de las familias de la mafia en EE.UU. y en los carteles de Colombia sugiere que es cuando se sienten amenazados y su control se desestabiliza que la violencia se dispara.

Legalizar las drogas es lo peor que podríamos hacer para el presidente de México, Felipe Calderón, y sus aliados. Eso debilitaría la autoridad moral de esta lucha y los mexicanos se darían cuenta inmediatamente de que no tenemos intención de reducir nuestro consumo.

¿John P. Walters fue director del Gabinete de Política Nacional de Control de lasDrogas de EE.UU. de 2001 a 2009.

Steven B. Duke es profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Yale

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