De Barcelona a Copenhague

Según el Teorema de Homan, gracias a la percepción diferenciada del valor de los mismos bienes por parte de las partes se puede avanzar en una negociación.

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noviembre 29 de 2009 - 05:00 a.m.
2009-11-29

Sin embargo, en un contexto multilateral como el del Protocolo de Kyoto, la aplicación del teorema no es fácil.

Diferentes grupos de países vienen a la mesa con diferentes percepciones y posiciones sobre el mismo problema: cómo mantener un acuerdo internacional para reducir emisiones de gases de efecto invernadero una vez expire el Protocolo de Kyoto. Esa percepción diferenciada no necesariamente facilita las negociaciones.

El problema es ciertamente global, pero los efectos son de muy diversa índole. El cambio climático extinguirá el turismo a los raros desiertos floridos de Atacames, permitirá a Rusia establecer nuevas rutas de transporte transárticas para expandir sus mercados, o incrementará la productividad agrícola de la Patagonia. Pero más allá de estas, y otras consecuencias más conocidas y menos benignas señaladas hasta la saciedad por Al Gore y el mundo ambientalista en general, está la posición económica inmediata de los diferentes participantes en el debate.

De antemano se sabe que lograr reducciones de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) implica un sacrificio generalizado para las economías que de manera generalizada han dependido del uso del petróleo y los otros combustibles fósiles. Sustituirlos o reducir su consumo implica mayores costos asociados al recambio de equipos y prácticas empresariales, e implica cambios importantes en la configuración arquitectónica y de transporte y servicios de las ciudades y en la cultura de consumo.

A eso se suma el debate ético. China y el G-77 se preguntan por qué se les obliga a ser ambientalmente responsables si bastante cuesta ya producir y generar empleo. Más aún cuando las grandes potencias llegaron a donde están a punta de carbón, petróleo y prácticas poco ecológicas. Más plazo y muchos recursos antes de asumir compromisos domésticos es lo que claman los países del G-77 y China. Se pide tiempo y recursos para converger económicamente antes de asumir obligaciones de impacto global.

Pero esa posición genera frustración en los países europeos, que notan que sus esfuerzos por preservar el globo se ven más que neutralizados por la gran cantidad de toneladas de carbono arrojada por China, India, Indonesia, Suráfrica y muchos de los llamados países de mediano ingreso cuyas economías aún dependen en gran parte del combustible fósil. Después están los Estados Unidos, realistas por naturaleza, opuestos por principio a acuerdos multilaterales donde ellos no tengan el control del barco y donde los costos de compromisos ambientales no son bienvenidos por los republicanos, y enfrascados en un momento donde Obama se debate por alcanzar en el congreso acuerdo sobre su programa de salud y seguridad social.

Esta semana en Barcelona se desarrolló, sin mucho progreso, la última reunión preparatoria para la Cumbre de Copenhague que tendrá lugar en menos de un mes. Copenhague albergará la 15ava Conferencia de la Partes de la Convención Marco de Cambio Climático de las Naciones Unidas. La llamada Cumbre de Copenhague ha despertado grandes expectativas, pues se espera que marque, si no defina, el rumbo del Protocolo de Kyoto después de su finalización en el año 2012. Si las partes se ponen de acuerdo en la cita de Copenhague, el Protocolo de Kyoto podría ser extendido y los países desarrollados asumirían metas de reducción de emisiones mayores para el 2020. Sin embargo, la tarea no está nada fácil debido a la diversidad de posiciones respecto a obligaciones, plazos y metas de reducción de emisiones de carbono. Y efectivamente el progreso se ha presentado a cuentagotas.

Veamos como está el ambiente. La reunión de Barcelona, con delegados de 181 países, empezó mal, con un boycott por parte de 50 naciones africanas que querían sentar su preocupación por la falta de interés de los países desarrollados en alcanzar un pronto acuerdo y en generar aportes significativos para financiar la adaptación al cambio climático, y para apoyar a los países en desarrollo a lograr un crecimiento menos intenso en carbono.

Algo similar se vivió en las reuniones preparatorias de Bangkok de hace un mes, en las que varios de los países del G-77 (ie, grupo de países en desarrollo) y China suspendieron temporalmente las conversaciones en protesta por un posible abandono del Protocolo de Kyoto por parte de los países desarrollados impulsados por los Estados Unidos. Afortunadamente, estos boycotts se han vuelvo más una forma de enfatizar la posición del G-77 y China, que una verdadera intención de sabotaje de las negociaciones.

En el segundo día de negociaciones en Barcelona, activistas de la campaña "El Clima no está en Venta" bloquearon la entrada al lugar donde se lleva a cabo la reunión en Barcelona, demandando reducciones efectivas de emisiones por parte de los países industrializados. Los países del G-77 y China le reclaman a los países desarrollados que se comprometan con una reducción del 40% de las emisiones de 1990 para el 2020. La mayoría de países europeos incluyendo la posición oficial de la Unión Europea, Japón, Canadá y Australia proponen el 30 por ciento.

El proyecto de ley para reducir emisiones en los E.U. habla del 20 por ciento. El reto adicional reside en cómo montar en el barco a Arabia Saudita, acusada de querer bloquear los avances hacia un acuerdo en Copenhague, a China, que se considera país en desarrollo, y a los Estados Unidos, que no dará ningún paso que no tenga el aval de su Congreso. La posición china, a la que se han unido India y Suráfrica, y que cuenta con el respaldo de gran parte de los países del G-77, aboga por aportes a los países en desarrollo equivalentes al 0,5 a 1 por ciento del PIB de los países desarrollados para ayudar a combatir el cambio climático y para permitir inversiones de adaptación a sus inevitables consecuencias.

Esto significa la bicoca de al menos 200 billones de dólares anuales. El malestar por parte de la mayoría de países donantes, y de los Estados Unidos en especial, surge del hecho de que China, India y Suráfrica son precisamente parte de los principales países emisores de emisiones. A esto se suma la posición progresista de México, país en desarrollo del G-20 y del G-77, que ya está hablando de metas voluntarias (más probablemente empujado por el NAFTA).

Yvo de Boer, secretario ejecutivo de la Convención Marco de Cambio Climático, mantiene su optimismo, y cree que en Copenhague se puede avanzar en los cuatro puntos centrales: las metas de reducción para los países desarrollados, el compromiso de crecimiento menos intenso en carbono por parte de los países en desarrollo, los recursos de financiamiento por parte de los países en desarrollo, y la arquitectura institucional para el flujo de fondos. Además, como si fuera poco, espera que los E.U. se presenten a la mesa con un número (ie, meta de reducciones).

En Barcelona, De Boer esperaba avances en relación con los temas de adaptación, transferencia de tecnología, fortalecimiento institucional y REDD (ie, deforestación evitada y reforestación). Sin embargo, apenas se arañaron algunos avances con relación a la transferencia de tecnología, a la arquitectura financiera e institucional para el nuevo período de compromisos, y a la asunción paulatina de compromisos con relación a la deforestación evitada por parte de los países en desarrollo.

Aún quedan por resolverse los temas cruciales, y como dijo el propio De Boer en su discurso de cierre, "es hora de actuar, no de hablar". Con este complejo panorama, probablemente Copenhague nos deje a medio camino en cuanto al logro de un acuerdo satisfactorio para todas las partes. El ambiente está caldeado y no precisamente por el calentamiento global.

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