Beber una taza de café en Viena es toda una tradición

EFE. Aunque Viena no fue la primera ciudad europea en tener locales donde el café era la bebida reina, la antigua capital imperial ha sabido mantener, durante más de tres siglos, una forma de entender la vida que encandila por igual a locales y turistas.

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noviembre 27 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-11-27

“El vienés va al café para sentirse como en el salón de su casa. Tiene que sentirse cómodo, poder leer el periódico, aislarse, pero al mismo tiempo estar entre gente”, explica Irmgard Querfeld, gerente del Café Museum, uno de los más famosos de Viena. Así ha sido desde la aparición de estos locales a finales del siglo XVIII. La leyenda sitúa su origen en los sacos de café abandonados por los turcos tras fracasar su asedio a Viena en 1683. La verdad es menos romántica y atribuye a un armenio llamado Spion Deodato la apertura del primer café, aunque sigue sin estar clara la identidad del genio que decidió mezclar la amarga infusión con leche y azúcar, creando una bebida que conquistó a los vieneses. Como todas las instituciones con solera, su uso implica un determinado ceremonial. Uno entra en una Wiener Kaffeehaus (literalmente, casa de café) y se acomoda en un asiento, más confortable que el de muchas viviendas. Consulta una carta con gran diversidad de tipos de café. Un camarero más elegante que cualquiera de los clientes se acerca, altivo pero educado. Se hace el pedido, y el tiempo se para. En un café vienés, ningún camarero se atreverá a apremiar a un cliente que lleve una hora con su café. “El hecho de beber café es una excusa para algo más importante, que ese momento de comodidad”, cuenta la responsable del Café Museum, un local con 110 años de historia que acaba de reabrir las puertas por las que un día cruzaron pintores como Gustav Klimt y Egon Schiele, o escritores como Elias Canetti o Karl Kraus. Refiriéndose al Café Central, otro de los más genuinos de Viena, el escritor Alfred Polgar dijo que es “un apropiado asilo para personas que han de matar al tiempo para que no les mate a ellos”. Lo cierto es que intelectualidad y café siempre han estado unidos. Así, un joven Sigmund Freud fue habitual del Landtmann, donde conoció a Anna von Lieben, su famosa paciente Cäcilie M, esencial en sus estudios sobre la psique. EL BUEN CAFÉ Respecto a la comodidad, Andrea Winkler, del Café Mozart, el más antiguo de la ciudad, insiste en ese afán de buscar el bienestar que se siente en casa. Si la comodidad, el tiempo y la elegancia son el alma del Wiener Kaffeehaus, el buen café es lo que da cuerpo y prestigio a un local. En el Museum, por ejemplo, se emplean cada día hasta 15 kilos para ofrecer 20 variedades distintas. Para el cliente extranjero, acostumbrado al reducido espectro de “sólo o con leche”, la oferta de un Wiener Kaffeehaus puede ser abrumadora. Hay para todos los gustos: desde los imprescindibles Cappuccino o Melange, al rotundo café turco, el café latte, el Maria Theresia (con licor de naranja), el Mozart (con trozos de almendra), el Franz Landtmann (con brandy y canela), y el Sobiesky, que se sirve con vodka y miel. Eso sí, la comodidad, el lujo y el tiempo se pagan: un Melange puede rondar los 4 euros en cualquier café que se precie de su nombre. Un elevado precio que no garantiza la supervivencia de estos establecimientos, pues cada año cierran locales tradicionales, según Efe Berndt Querfeld, propietario del Café Landtmann y jefe del gremio de los Kaffeehäuser. Aparte de la amenazas del café a 1 euro de algunas cadenas de comida rápida, la moda del “café para llevar” y la creciente presencia de los cafés en cápsula en los hogares, Querfeld reconoce que el café vienés también tiene un enemigo en casa: la falta de evolución. “Muchos cafés no se han renovado desde la Guerra (Mundial) y tenemos un enorme déficit de inversión”, explica. "Los cafés vieneses tienen que pensar qué se puede hacer de otra manera y qué se puede transformar sin perder la propia identidad” explica Berndt Querfeld, jefe del gremio de los ‘kaffeehäuser’”. Otros amantes del café vienés Thomas Bernhard, uno de los mejores escritores austríacos contemporáneos, se refería a su incurable enfermedad de acudir a los cafés. Incluso figuras de tan terrible recuerdo como Adolf Hitler fueron asiduos del café. En la época en la que aún no había cambiado el pincel por el fusil y aún soñaba con ser artista, el futuro führer frecuentaba el Café Sperl, muy cerca de la Academia de Bellas Artes en la que su admisión fue dos veces rechazada. Otro reconocido degustador del buen café fue Leon Troski, exiliado en Viena y quien frecuentaba estos lugares, en los que además aprovechaba para jugar ajedrez. 4 euros es el precio aproximado de un café Melange, en cualquiera de las tiendas tradicionales.ADRVEG

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