Bogotá y su camposanto

Debo admitir una cierta fascinación por los cementerios. En Santander, por ejemplo, recorrí carreteras polvorientas para llegar a Zapatoca, en la cresta de una cuchilla montañosa, sólo para visitar la tumba de Geo von Lengerke, ese alemán que llevó una vida de leyenda. Frente a su sepulcro, que por su doble condición de ateo y libertino está por fuera de los confines del cementerio local, me convencí finalmente de que Lengerke no era otro personaje de ficción.

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diciembre 21 de 2005 - 05:00 a.m.
2005-12-21

Rematé así la lectura de La otra raya del tigre, la hoy casi olvidada novela de Pedro Gómez Valderrama que narra su historia inverosímil. En tierras del Quindío, hice un rodeo para visitar el Cementerio Libre de Circasia, en donde desde 1930 encuentran sepultura masones, agnósticos y suicidas. En Cartago, fui el primer visitante al cementerio una mañana de lloviznas, sólo para dejar unas flores en la tumba del maestro Pedro Morales Pino, aquel compositor que puso la música andina colombiana en un lugar de privilegio, por allá hace un siglo. De poco le habría de servir ya que murió en la miseria en un cuartucho bogotano. Algo más de suerte tuvo al morir rodeado de amigos el primer rey vallenato Alejo Durán, cuya tumba visité en Planeta Rica. Pero el cementerio de todos los cementerios está aquí, en Bogotá. Un solo lugar reúne los restos de Laureano Gómez -el paradigma de la derecha recalcitrante- con los de Gilberto Vieira, fundador del Partido Comunista Colombiano y su Secretario General por medio siglo. No se podían ni hablar, y hoy yacen lado a lado. Más irónico aún, junto a la tumba de José Raquel Mercado -el líder sindical con cuyo asesinato se inició la lucha armada del M-19- están los restos del comandante de ese movimiento victimario Carlos Pizarro Leongómez. Dos, no más, de la larga lista de asesinados ilustres que aquí descansan. Aquí hay antioqueños insignes como Marco Fidel Suárez, quien como ex presidente se opuso tanto a la reelección desde aquella columna periodística que firmaba como Luciano Pulgar. Hay boyacenses como Santos Acosta, aquél que al posesionarse en la Presidencia en 1867 nunca se imaginó que sería el último médico en ocupar ese cargo en por lo menos siglo y medio de historia colombiana. O tolimenses como Manuel Murillo Toro, con quien el juicio de la historia ha sido benévolo, sobre todo por la hoy envidiable transparencia de su gestión; tal vez no es coincidencia que muriera en la indigencia. Desde las montañas de Santander vino a dejar sus restos en la calle 26 Aquileo Parra, ese sorprendente autodidacto ante cuya posición de liberal a ultranza no puede menos que verse lo godos que son casi todos los ‘liberales’ de hoy. Desde el otro Santander, el del Norte, no sólo vinieron a terminar aquí los restos de Virgilio Barco sino los del mismísimo Francisco de Paula. Aquí está enterrado el periodista manizalita Alfonso Villegas, fundador de El Tiempo (vendido a Eduardo Santos en 1913, cuya tumba -de paso- no está lejos) y está también el prócer y médico cartagenero José Fernández Madrid. Siguiendo con la geografía, aquí están las tumbas de las personas que dieron su nombre a los municipios de Puerto Salgar a orillas del Magdalena, Villapinzón en los límites con Boyacá, o Casabianca en las montañas del Tolima. A Eustorgio Salgar lo llamaron el ‘presidente caballero’ por la hoy tan anacrónica hidalguía que mostró incluso con sus enemigos políticos, cuando gobernó los Estados Unidos de Colombia. El generalísimo Próspero Pinzón fue el comandante de las tropas del gobierno en la batalla de Palonegro, en donde enfrentó a Benjamín Herrera y a Uribe Uribe, todos tres aquí enterrados. ¡Tanto matarse para eso! Y el tercero, Manuel Casabianca, fue gobernador del Tolima a finales del siglo XIX, y veterano de las guerras civiles de 1860, 1876, 1885 y 1899… Caramba, cuántas fueron. En este cementerio está enterrado un científico que alcanzó dos lugares a los que Manuel Elkin Patarroyo difícilmente podrá llegar. Se trata del astrónomo Julio Garavito, cuya imagen está en los billetes de 20.000 pesos. Si es por la música, aquí está Oreste Sindici, el de las notas del Himno Nacional; y para los poetas están Marroquín el de La Perrilla y Rafael Pombo el de La pobre viejecilla. También está sepultado en plena alameda central José Asunción Silva, el suicida aquél que después de muerto logró yacer junto a su hermana amada. Si lo suyo no es la historia, visite el cementerio para apreciar el arte. Está, por ejemplo, la figura marmórea de mujer afligida que adorna la tumba del pensador boyacense Ezequiel Rojas, una obra del escultor florentino Pietro Costa, el mismo que fundió la estatua de Santander que está allá en su parque, el de la calle 15. O la tumba de Benjamín Herrera, adornada con tallas de piedra del maestro Luis Alberto Acuña, el del famoso museo de la plaza mayor de Villa de Leiva. Y si con eso no basta, busque el lugar más visitado de todo aquel óvalo central, siempre concurrido por los fieles que día a día le piden milagros. Se trata de la tumba de Leo Kopp, el fundador de Bavaria y constructor del barrio obrero de La Perseverancia. La estatua que adorna su tumba, y que recuerda vagamente al pensador de Rodin, descansa impertérrita en su posición un tanto amanerada, mientras sus devotos le hacen peticiones susurrándoselas al oído. En todo caso, al salir del cementerio, alégrese de no hacer parte aún de esa larga y honrosa lista de muertos, célebres unos y anónimos la mayoría. Piense no más cuántos de ellos morirían sin saber a la hora fatal que su fin había llegado. Tal vez usted y yo no tengamos la misma suerte.

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