Candidatos a la cámara web

En un abrir y cerrar de ojos, la revolución tecnológica le ha cambiado la vida a la quinta parte de los habitantes de este planeta. Supera así, y en términos masivos, claro, el avance de los siglos anteriores y anuncia la exhalación de las innovaciones en el inmediato porvenir.

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marzo 31 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-03-31

Hay nuevos medios de comunicarnos, de relacionarnos, de acercarnos al conocimiento, de percibir el tiempo y el espacio y el universo mismo, hasta configurar un entorno que muta más rápido que nuestros modelos mentales para aprehenderlo. ¿Cuál es la estrella de los inventos informáticos? Voto por los puertos USB y las memorias flash, el ipod, la comunicación sobre IP, las alternativas inalámbricas y, por supuesto, la Internet, un gran espíritu que ya le quedó grande a su precario cuerpo conmutado y cada vez necesita más un vestido de ancha banda, que le otorgue capacidad, permanencia y permita empaquetar de paso la voz y la televisión. Pero hay un recurso que me parece sorprendente. Es la cámara. La web, la incorporada a los teléfonos celulares, la cada vez más miniaturizada, la que permite tomar fotografías y producir vídeos, la ubicua e imprescindible cámara que se nos instala como un tercer ojo y una segunda memoria. Hubo un tiempo en que tener una cámara era ser dueño del poder. Alguien la poseía en el barrio, ¡y qué envidia le teníamos! Porque casi siempre él, y muy de vez en cuando ella, podía grabar su vida familiar y proyectarla en una especie de arrogante ceremonia secreta. A veces la ofrecía, sin dejar de manipularla, para algún evento común, pero había que rogarle más que a la Dian. Muchos recuerdos se perdieron en el olvido por la carencia de una imagen testimonial, porque muchos no tuvieron cámara para condensarla y mucho menos plata para comprarla. La cámara era sinónimo de estatus y su manejo representaba un saber críptico y una soberanía humillante. Para no hablar del asunto ese del “revelado”. Las cámaras de 8 milímetros comenzaron a romper ese monopolio feroz, pero es hasta ahora que el artilugio se ha vuelto popular y recurrente, de funciones múltiples y pasmosas, testigo de todos los actos de la vida, no de unas cuantas sino de miles y millones de personas. La gente graba todo lo que le pasa por delante -puede que el hombre sea un animal que reporta-, incluso su intimidad, porque tal vez seamos animales voyeristas. Personas comunes y corrientes, con trabajos grises, y una cierta virtud familiar, llegan a sus casas o se desplazan a cabinas especiales para desnudarse y satisfacer los deseos de atentos cibernautas que las buscan en condiciones de vida más o menos idénticas, para verlas en su pequeña y lejana pantalla, sufragando su adicción con tarjetas de crédito. Con el título “Se vende placer en cámara web”, El Tiempo (26.02.06) reseñó la doble vida de una muchacha manizalita, a quien un aviso clasificado delató con vergüenza. “A mi novio no le gustaría saber -declaró-, pero de pronto me apoya si sabe que lo hago por necesidad”. Y de pronto se monta en el asunto. Entonces les servirá un artículo publicado por Carrusel, una semana después, que devana en sus pormenores técnicos y estéticos cómo hacer una película erótica. Escoja un ángulo, explica, y a menos que haya camarógrafo incorporado, con todos los riesgos traseros que ello representa, dedíquese al ‘jaleo’. La nota refiere la experiencia del actor Colin Farrel, que se registró la parte de abajo desde la parte de arriba con su novia Nicole Narain. Parece que ella puso el vídeo en la red. Y ahí quedó el buen “Alejandro Magno” en pelota caliente, en un sitio tan visitado como los de Paris Hilton y Alicia Machado. Las cámaras de los celulares son otra historia, y aunque sirven no sólo para fisgonear, contribuyen con su ojito JPG a registrar este reino digital e instantáneo del placer, del hedonismo, del exhibicionismo y el terror, que comienza a despertar frente a ese lente gran angular. Un territorio en el que, como en la canción, “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida”.

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