Carlos Quinto

Hace 50 días tomó posesión de su cargo un señor Uribe como nuevo presidente de Colombia. Lo eligieron por amplia mayoría. Se sabe que es muy cercano a su predecesor, quien hizo un excelente gobierno. Por otra parte, en las elecciones para el Congreso, previas a las presidenciales, los amigos de Uribe obtuvieron casi dos tercios de las curules. Con la nueva Ley de Bancadas que obliga a los partidos a unificar su posición frente a cada tema legislativo, aprobar los proyectos del Gobierno debería ser coser y cantar ¿Cómo le está yendo?

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septiembre 29 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-09-29

El nuevo Presidente decidió conservar la mayoría del gabinete de su antecesor, con algunos cambios que han sido bien recibidos, si bien no completó la tarea de podar ramas que dan frutos deformes. La opinión se resigna; hay que respetarle algunas querencias. Eso sí, a propósito de esos nombramientos, y de otros con rango variable dentro del Estado, se armó una monumental rebatiña; algo nunca visto en los tiempos de su predecesor. Los amigos del Gobierno se cogieron públicamente de las mechas, dando a entender que les importaba un bledo el liderazgo de Uribe y que condicionaban su voto en comisiones y plenarias a quedar satisfechos y, cosa insólita, a que sus enemigos no quedaran contentos. El destape impúdico de ambiciones comenzó desde antes que el nuevo Presidente tomara posesión. Malo. En el terreno legislativo la niebla es espesa, no por carencia de proyectos, sino por falta de prioridades. No es fácil discernir las mayorías parlamentarias o saber si el Gobierno las está liderando. Se ilustran episodios: la reelección de gobernadores y alcaldes se hundió; los derechos de los homosexuales se está hundiendo; la reforma tributaria anda de peluquería en peluquería y el barbero es a veces el propio Uribe. Hay quienes se preguntan qué tienen que ver el pan y la carne con el papel periódico y las revistas para que aparezcan revueltos en los ítems exentos del impuesto a las ventas para favorecer a los de menores ingresos. En el público escenario de la Comisión Tercera, el Ministro de Agricultura-de carácter irascible-se agarra con la Viceministra de Hacienda en rebatiña presupuestal. En el Gobierno del predecesor del nuevo Presidente las diferencias entre altos funcionarios se debatían en ámbitos más reposados y el primer mandatario tenía incontestablemente la última palabra. Mal presagio. Más cercano a la Seguridad Democrática, el nuevo Presidente ofrece pagar el rescate de un compatriota secuestrado en Afganistán. Además de ilegal ¡vaya gesto insólito! fue del todo incoherente con lo que se aplica dentro de Colombia. Al antecesor de Uribe no se le habría nunca ocurrido semejante despropósito. Y luego está el lío de la doble agente y de los atentados dizque prefabricados con intervención de oficiales de inteligencia del Ejército. Es bueno poner a salvo la credibilidad de las Fuerzas Armadas, una de las instituciones en que tienen fe los colombianos. Pero las explicaciones en horario triple A dejaron a más de uno rascándose la cabeza. El predecesor del actual Presidente tenía el don de la diáfana claridad. Y luego está el enredo de los paramilitares. ¿Al fin qué? ¿Confiesan? ¿Devuelven las tierras y bienes mal habidos? ¿Pagan breves condenas en otra Catedral? ¿Se extradita a algunos? ¿Qué hacer con los que se consideran héroes populares como ‘Jorge 40’? Existe una ley que cumplir. Ha sido clarificada y declarada exequible ¿Pero cómo? Para ser justos hay que admitir que el antecesor de Uribe tampoco tenía ese avispero bien en mano. Don Sancho Jimeno combatía sin esperanza en Bocachica contra piratas invasores en 1697. Era leal a la corona aunque suficientemente lúcido para reconocer sus deficiencias del momento, pero lo que deseaba en el fondo de su corazón era que devolvieran al trono a su emperador Carlos Quinto.

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