Durante su largo cautiverio el ex canciller Fernando Araújo escribió un diario que ahora es un libro

Aquí, apartes en los que narra cómo se escapó el 31 de diciembre de 2006.

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agosto 31 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-08-31

(Ese 31 de diciembre) me desperté temprano pero decidí no hacer ejercicios, por si acaso necesitaba todas mis energías físicas si se llegara a presentar la posibilidad de una fuga. No lo sabía, pero las estrellas estaban alineadas en mi favor.

(...) Me senté en la hamaca, con el radio en las piernas. Entonces escuché los helicópteros. Venían varios volando en dirección al campamento desde el sur. Pero no les puse atención. Era frecuente que sobrevolaran helicópteros en la zona. El día anterior habían pasado dos. Pensé que sería lo mismo, así que seguí sentado en la hamaca, escuchando mi radio.

Dos minutos después me sentí inquieto. El ruido era más fuerte; había algo nuevo, eran más numerosos que de costumbre, había algo extraño que me hizo levantarme, por precaución, a recoger mis motetes. Guardé los cuadernos y lo que estaba por fuera de la tula y me quedé atento, de pie pero inmóvil, con el radio en la mano.

Un instante después decidí recoger todo. Esa era mi costumbre, estar siempre preparado para cumplir las órdenes de mis guardias. Así minimizaba el riesgo de que me mataran. Me dispuse a soltar la hamaca; con la mano izquierda agarré la punta del lazo de un extremo pero sentí que un helicóptero, que estaba sobre mí, perdía altura súbitamente y comenzaba a disparar con su ametralladora.

El primer disparo fue un grito de libertad para mí. "Vinieron por mí", me dije, sintiendo júbilo en el corazón. ¡Al fin, Dios mío! Miré a Gustavo (guerrillero guardián): estaba asustado detrás del árbol mirando hacia arriba. Miré a Osvaldo (guardia): corría al lado de Gustavo también mirando hacia arriba. Era el momento que había esperado durante seis años; el milagro que tanto había pedido.

No dudé un instante. "Me voy o me matan", pensé, y me tiré al piso, comenzando a arrastrarme hacia mi ruta de escape, en medio de las balas que zumbaban a mi alrededor y herían el suelo.

Me arrastraba con el radio en la mano izquierda, guardado en su estuche de tela negra. Me detenía bajo los árboles a esperar que pasaran las ráfagas de las ametralladoras. Pensaba en la muerte, pero no sentía miedo.

Se me cayó el radio y pensé en dejarlo. "Me va a hacer falta", me dije y di media vuelta para recogerlo, todavía en el suelo. Lo guardé en el bolsillo izquierdo del pantalón y seguí a ras de piso, cincuenta metros, cien metros, no supe cuántos fueron ni cuánto duró. Así llegué hasta donde estaban unas letrinas ya tapadas, pero con restos de papel higiénico en el suelo. Movido por el asco me paré y corrí con cuidado, alerta, mirando a todos lados. Era mi momento.

Como sabía que había un puesto de guardia al este miraba hacia allá tratando de divisar a algún guerrillero que regresara, pero no vi a nadie. Llegué a la poza del agua y la atravesé con el agua en la cintura. Fue difícil avanzar pero lo logré. Después caminé por un terreno plano, hacia el norte, como había pensado, y fue cuando me acordé de las minas. Sabía que el terreno estaba minado y dudé un instante. ¿Qué hacer?

Me salí del sendero y caminé con cuidado con todos mis sentidos coordinados, concentrado, atento.

"Papá Dios, el Ejército está haciendo lo suyo, que es venir a rescatarme; yo estoy haciendo lo mío, que es huir; haz tú lo tuyo, protégeme y no me dejes caer en una mina", recé. Me puse en sus manos y seguí con confianza.

El sendero que me servía de guía se desviaba al este y yo lo seguía con cuidado, hasta que escuché música. "Por allá hay campesinos que deben ser conocidos de la guerrilla. Peligroso que me vean y me agarren o me delaten", pensé.

Entonces me detuve y rehíce mis pasos un poco al noroeste, hasta llegar a un pantano. Me pareció un potrero de pasto, inundado por el invierno y, sin otra opción, me decidí a atravesarlo.

Fue muy difícil pero lo pasé. Primero, caminando de frente y, luego, colocándome de espaldas e impulsándome con las piernas, de brinco en brinco, hasta que se me acabó el piso. Entonces me tocó chapucear como pude hasta alcanzar la orilla. En medio de las dificultades, el radio se me mojó y me quedó inservible.

Guardé el radio otra vez en el bolsillo y retomé la marcha hacia el norte. Adelante encontré una cerca de alambre de púas pero con postes de concreto. Se me hizo extraño y la salté: se trataba de una pista aérea. "Narcos", me imaginé y seguí mi camino.

Había perdido la cuenta de mis pasos en medio de la angustia. Pero la reinicié: uno, dos, tres, cuatro..., ochocientos, cuando escuché un helicóptero sobre mí.

Creí que me estaban buscando y regresé a la pista a ver si pasaban otra vez. Así fue: no pasaron una, sino muchas veces. Un avión de reconocimiento, la famosa flaca, y tres helicópteros que volaban en amplios círculos. Yo me escondía en la sombra y cuando estaban sobre mí, salía a la pista, con la camisa en las manos, agitándola para que me vieran. Pero nunca me vieron.

Cuando noté que se habían ido en dirección al norte pensé que habían regresado a su base en Barranquilla y retomé mis pasos. Debían ser cerca de las cinco de la tarde. El sol era inclemente y el calor intenso. Tenía sed, así que caminaba atento, buscando algún lugar para tomar agua. Reinicié mi conteo: uno, dos, tres, ochocientos..., seguí, seguí, seguí.

(...)

La fortuna estaba conmigo. Llegué a una nueva poza, iluminada por la Luna. Tomé agua y me senté a descansar. Me pareció un buen sitio para pasar la noche, así que cogí un tronco y me lo puse a manera de almohada, acostándome en el suelo.

Diez minutos después recapacité: "No puedo perder esta Luna luminosa aquí acostado", dije para mis adentros. Debía aprovechar la noche para alejarme de los guerrilleros, así que me levanté y continué mi andar.

Tuve suerte porque encontré un camino hacia el norte que pude recorrer sin dificultades. Pasé por el lado de un rancho pero no noté ninguna presencia humana. Llegué hasta un corral de ganado y lo atravesé con cuidado; luego dos fincas con caballos y reses, pero sin gente. A un perro que me ladró amenazante lo espanté con un palo. Así continué, hasta que logré salir a una trocha ancha que iba en dirección este-oeste.

Me quedaba al frente un cerro imposible de atravesar; al este música. Debían ser los vecinos que celebraban el Año Nuevo. Decidí ir al oeste, hasta que se me acabó la trocha. Oía el ladrido de los perros a medida que avanzaba, señal de que la zona estaba habitada. Tenía que pasarla, rápido, sin parar. Eso hice.

Había contado 18.000 pasos y estimé que ya podía detenerme. Entonces me pasó lo que había temido desde el primer día de mi secuestro. Sentía deseos de ir al sanitario y no tenía papel higiénico. Pero en estas circunstancias, ¿qué me importaba? Seleccioné un arbolito bueno para la ocasión y perdí el pudor. Pero me llevé un susto tremendo porque, dedicado a estas actividades, no había notado la presencia de un ternero en mis cercanías. El animal sí notó la mía y salió en estampida. Yo oía el ruido sin entender qué era, qué lo producía. Cuando lo vi en disposición de embestirme, me vestí a la carrera y corrí para alejarme de mi visitante.

Me trepé al cerro para orientarme, buscando algunas luces.

No fue nada fácil pero con mucho esfuerzo lo logré, entre árboles y matas con todo tipo de espinas. Desde la cima divisé algunas luces, de un pequeño caserío, que no me ofrecieron confianza. Decidí descansar para seguir en la mañana. Evitaría llegar al lugar iluminado.

Me acosté como pude, mirando la Luna. Calculé que ya había pasado la medianoche y estábamos en Año Nuevo. Pensé en mi gente, en mi familia. Me sentía eufórico, feliz, esperanzado. "Este año me desquito -me dije-. Hoy me tocó solo, pero será la última vez".

Un título surgido de un cuento de Kafka

En su cautiverio, Fernando Araújo leyó un libro de Evelio Rosero Diago, titulado 'Literatura y comunicación' y que incluía diez cuentos cortos, entre ellos 'El trapecista', de Franz Kafka, que contaba la historia de un personaje que hacía sus actos en las funciones del circo y después se quedaba en el trapecio, donde comía, hacía ejercicios, recibía visitas, etc. Cuando el circo se trasladaba, el trapecista descendía de su trapecio, se iba con todo y, apenas llegaba al nuevo, se instalaba de nuevo en su trapecio. "Me llamó mucho la atención el cuento y al terminarlo le dije a mi guardia:

-Fíjate que la realidad supera la ficción. Se supone que los cuentos de Kafka son inverosímiles, producto de una imaginación desbordada que concibe cuentos absurdos- y le conté el cuento.

-Resulta-continué- que yo soy el trapecista, pero en lugar de vivir en un trapecio vivo en una hamaca. Aquí hago todo: duermo, como, hago ejercicios, leo, recibo visitas, etc. Sólo me bajo de la hamaca cuando cambiamos de campamento y, apenas llegamos al nuevo destino, me instalo otra vez en mi hamaca".

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