Del ciberespacio, al infinito y más allá

Las misiones de exploración espacial han sido dominio exclusivo de agencias gubernamentales, y han competido con otras necesidades económicas y sociales.

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mayo 31 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-05-31

Si bien con el fin de la Guerra Fría se agotó el incentivo que fundó los esfuerzos para demostrar liderazgo ideológico y fortalecimiento de capacidades técnicas, a cualquier costo, es la crisis financiera la que ha llevado a un cambio de objetivos y estrategias. Este ha sido el caso de Estados Unidos, donde el déficit del 10,6 por ciento del PIB ha presionado esfuerzos de austeridad a través de medidas que reorientan y restringen el alcance de la actividad de la Nasa, cuyo presupuesto anual alcanza los US$21.000 millones. Así, el Gobierno Obama ha propuesto al Congreso la cancelación del Programa Constellation, cuyo fin es modernizar el transporte espacial con una nueva generación de naves que relevarían a los transbordadores. Desde luego, la racionalización no es asunto nuevo, inició con la adopción de un enfoque de cooperación entre 16 países para el desarrollo de la Estación Espacial Internacional, y se ha reforzado con la competencia en el lanzamiento de satélites comerciales. Pero el hito que alteró el exclusivo tablero estratégico ha sido el progreso del eficiente y pragmático Programa Chang’e, que adaptó la tecnología rusa para acelerar su curva de aprendizaje. Con estos antecedentes, era natural cuestionar la conveniencia del Gobierno de retirarse del negocio de la operación de transbordadores, ya que el costo por vuelo está cercano a los US$2.000 millones, mientras que el valor del servicio ruso para transporte en el Soyuz es de US$50 millones por tripulante. En forma complementaria, Obama busca promover el desarrollo de un patrón de especialización industrial en torno a la tecnología espacial, con la participación del sector privado. Las implicaciones de esta propuesta son trascendentales, pues significan la liberación comercial de una tecnología que fuera símbolo militar, como ocurrió con la computación, los satélites de telecomunicaciones y la Internet, para desarrollar servicios de ‘dominio público’. No obstante, y como pasó en los casos referidos, los costos de acceso y la disponibilidad de estos servicios son restrictivos; sin embargo, es una alternativa de innovación que los inversionistas valorarán, según las oportunidades que ofrece el espacio en turismo, extracción de materiales metálicos y minerales, y desarrollo de energía. La aparición de múltiples operadores posibilitaría un ambiente de competencia y estimularía el desarrollo tecnológico, como sucedió con la Ley de Moore, que relaciona inversamente la capacidad de los artefactos de procesamiento con su valor y tamaño. Con esta iniciativa el gobierno Obama pone los ojos en Marte y los pies en la Tierra para atender prioridades; es un pequeño paso para esta nueva industria, pero uno grande para quienes soñamos con las aventuras visionarias de Julio Verne. Por ahora, en 2011 iniciarán los vuelos orbitales del Space Ship, cuya reserva cuesta US$200.000, o inmersiones submarinas en el Necker Nymph por US$110.000 la semana. german.vargas@uniandino.com.co HELGON

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