La conversación ha muerto

Si no fuera porque me parece indigno ventilar públicamente los duelos personales, pondría un aviso funerario: la conversación ha muerto. La entrañable práctica de intercambiar ideas ha sido desplazada por una verborrea incoherente, que dice más de las patologías sociales que de lo que piensa la gente.

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septiembre 29 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-09-29

En una sociedad moderna existen tres instrumentos básicos para formar a un individuo: las instituciones educativas, los textos serios y la conversación. El intercambio de ideas con los demás juega un papel central en el enriquecimiento de nuestra visión del mundo. Una buena conversación es un alimento para la mente, que a su vez es uno de los elementos que nos diferencian del resto de los animales. Como si fuera poco, la conversación es fundamental en la construcción de la sociedad: a través de ella los individuos identifican sus afinidades y establecen sus diferencias. Pero de eso tan bueno no dan tanto. De un tiempo para acá la conversación ha sido víctima de varios enemigos que la han llevado a su virtual desaparición en nuestro medio. El primero es la tendencia de mucha gente a reemplazar las frases por unos balbuceos incomprensibles. ¿Se acuerdan de las clases de primaria? “Una frase es un conjunto de palabras con sentido completo”. Oigan con atención lo que dice la gente, a ver cuántos logran pronunciar una frase completa. Lo que uno oye son espasmódicas manifestaciones del torrente emocional de cada cual: ‘qué mamera’, ‘lo máximo’, ‘qué pesadilla’, ‘aghh’... Comparen las entrevistas de la televisión estadounidense con las de un canal nuestro: mientras el entrevistado colombiano empieza cinco frases y no termina ninguna, el entrevistado gringo saca la cabeza por donde la metió y termina la frase (la única excepción son los cantantes de hip-hop: por eso se entienden con gestos). Si la mayoría de los colombianos se comunican con ideas sin sentido completo, no es raro que estemos como estamos. Los pocos que hablan con frases completas suelen cultivar otro enemigo de la conversación: la adjetivación simplificadora. Para muchas personas que conozco, la realidad se divide en dos: lo espectacular y lo pésimo. Nada de análisis ni de dialéctica: los únicos matices que se cuelan de vez en cuando son ‘impresionante’ y ‘lo peor’. Imaginen cuánto se enriquece la visión del mundo al conversar con alguien que sólo ve cosas espectaculares y pésimas. Y son millones en Colombia... Y así llegamos a la reducida secta de quienes hablan con frases completas y sin adjetivaciones simplificadoras. Que los hay, los hay, pero suelen tener otro problema: la mayoría no quiere oír. Analicen ustedes una conversación entre dos personas hoy a la hora del almuerzo: verán que el que calla no está oyendo al que habla, sino que está esperando a que el otro termine para soltar su rollo. (Eso cuando uno tiene la suerte de que el interlocutor espere a que uno termine. Tengo unas amigas que ni siquiera me dejan pasar del sujeto de una frase, cuando ya me están interrumpiendo... Ellas dicen que no tienen tiempo para oír frases largas, pero yo les tengo una mala noticia: ninguna pregunta importante de la vida tiene respuestas cortas). En eso se han convertido las conversaciones en Colombia: en una suma abigarrada de monólogos impermeables a las ideas ajenas, que sólo buscan confirmar las dos perspectivas del mundo que tienen quienes los pronuncian: la espectacular y la pésima. ¿Qué hacer ante la virtual desaparición de la conversación? Como es mal visto quejarse sin proponer, el otro día traté de sugerir la creación de un grupo de conversación, pero me interrumpieron antes de que pudiera terminar la frase.. . El intercambio de ideas con los demás juega un papel central en el enriquecimiento de nuestra visión del mundo”.

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