De crisis a emergencia

La publicación de las cifras de desempleo correspondientes a marzo, programada para el día de hoy por el Dane, sirve de preludio coincidencial a la celebración del Día Internacional del Trabajo. Si bien la ocasión es normalmente usada para resaltar que una buena parte de la población mundial y nacional no cuenta con una ocupación digna, es indudable que la que normalmente es una fotografía preocupante, adquiere por estos días el carácter de angustiosa.

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abril 30 de 2009 - 05:00 a.m.
2009-04-30

Y es que por cuenta de la crisis global no han hecho más que aumentar las filas en el ejército de los desocupados. En Estados Unidos, por ejemplo, el número de personas despedidas se calcula en 5 millones en los últimos 12 meses, mientras que en España la cifra supera el millón y medio, muchos de ellos inmigrantes. Por su lado, la Organización Internacional del Trabajo calcula que unos 30 millones de ciudadanos podrían quedar en la calle en el 2009, de los cuales más de dos terceras partes pertenecerían a países del llamado Tercer Mundo. La misma entidad estima que en un escenario pesimista el dato podría ascender a los 50 millones, una razón por la cual una buena proporción de los avances conseguidos en la lucha contra la pobreza a lo largo de la década transcurrida podrían perderse. Así las cosas, la que comenzó como una crisis en el sector inmobiliario norteamericano, que afectó la salud de los bancos y de la actividad productiva en general, se encamina a volverse una emergencia en materia de empleo. Justo en momentos en que el deterioro económico está tocando fondo, los expertos aseguran que los despidos seguirán hasta bien entrado el segundo semestre del 2009. Debido a ello, en buena parte del planeta los índices de desocupación volverán a tener dos dígitos. Pero lo peor es que como la recuperación se antoja tan lenta, el descenso a niveles similares a los de hace un año puede llegar a tardar hasta un lustro. Esa circunstancia tendrá efectos no solo sobre la industria, el comercio y el crédito, sino que generará consecuencias políticas profundas. De hecho, en Europa un puñado de gobiernos ha caído ya, debido a la creciente insatisfacción de los electores. Pero sin duda el impacto más preocupante tendrá que ver con el costo en términos humanos. De acuerdo con el Banco Mundial, los países que entre 1980 y 2004 experimentaron contracciones económicas superiores al 10 por ciento, registraron un millón de muertes infantiles adicionales. En el caso presente, la institución afirma que la debacle puede cobrar en 200.000 y 400.000 vidas más, entre los menores de cinco años. Adicionalmente, el número de personas crónicamente hambrientas, calculado en 850 millones en el 2007, habría llegado a 960 millones a finales del año pasado y podría superar la marca de los 1.000 millones en el 2009. Todo lo anterior sin hablar de los retrocesos previstos en materia de educación y salubridad, como consecuencia de la falta de capacidad de cientos de miles de familias de enviar a sus hijos a estudiar o de atender apropiadamente sus enfermedades. Tales desafíos serían más fáciles de remontar si las pérdidas de empleo tuvieran límites. Pero en las circunstancias actuales, el deterioro parece seguro. En el caso de América Latina, la Cepal proyecta un rápido incremento en la desocupación y en la informalidad. Aunque entre 2000 y 2008 la tasa de desempleo regional pasó de 10,4 a 7,5 por ciento ya se ha comenzado a dar marcha atrás. Eso es especialmente grave en una zona del mundo en donde las redes de protección social son precarias y se cuentan en los dedos de una mano las naciones que tienen sistemas para mitigar el efecto de los despidos. En medio de semejante panorama, la realidad de Colombia dista de ser la mejor. No solo el país tiene uno de los peores registros en esta materia, sino que incluso durante el auge registrado a mediados de la década se quedó rezagado frente a otras naciones latinoamericanas. Como si eso no fuera poco, es sorpresiva la pobreza de la discusión técnica de un tema en el cual abunda más la intransigencia en las posiciones, que las ideas constructivas. Debido a ello, los motivos de celebración, a pesar del día festivo, son pocos. Todo debido a la certeza de que una situación que ya es mala, solo tenderá a empeorar. '' Si bien las cifras más recientes sugieren que el deterioro de la actividad productiva en buena parte del mundo está tocando fondo, no ocurre así con el aumento del desempleo, que sigue inexorablemente”.WILABR

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