Hasta que descubrí la guanábana...

Después de cierta edad, el ser humano es atacado por todo tipo de agentes químicos, físicos, biológicos, tributarios, hidráulicos, ergonómicos, económicos y financieros. Entonces comienza a vivir como una giralda, aleteado por los vientos de eterna juventud que soplan sobre la sociedad occidental en su loca carrera por no envejecer, no abdicar de la actividad sexual extrema, no deformarse ni afearse y en últimas, no morir o hacerlo con la misma remota cara de bebé de la primera foto.

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marzo 30 de 2007 - 05:00 a.m.
2007-03-30

Todo eso pensaba yo el 31 de diciembre, cuando el 2006 rodaba hacía su ocaso, al ritmo de las campanas que están sonando desde hace siglos en una iglesia desconocida. A mi lado pasaban afanosas las multiplicadas mujeres, insertas en sus cucos amarillos y aperadas de lentejas, uvas y champaña, mientras una fila de maletas esperaba en la puerta, prestas para un paseo perimetral que llamaría la fortuna de viajar, que es una gran fortuna si no la verdadera. Por mi mente, en cambio, desfilaban las cifras aterradoras del colesterol y los triglicéridos, estampadas en el papel membreteado del laboratorio clínico automatizado, y galopantes en unos kilos de más. -Tranquilo, que por lo menos el año pasado ya no se murió -me dijo chistosa la dueña de la casa en medio de los triquitraques, aplastándome entre sus brazos e invitándome a degustar el menú de la transición, que agoté en su totalidad vacuna, porcina y harinosa. Como el remordimiento no me dejaba dormir el primero de enero de 2007, me bajé de la balanza y me fui desolado a ver televisión. Y fue pasando de un canal a otro que me topé con una mujer esbelta y apolínea, que relataba su testimonio de resurrección. -El paso de los años sólo me trajo desgracia- dijo, mientras junto a la imagen de la dama bonita se desdoblaba otra, que era ella misma pero antes del milagro, algo así como su versión neumática. Me envejecía sin remedio, malgastando mi dinero en productos inútiles -miró fijamente a la cámara y sonrió-: hasta que descubrí la dieta de la guanábana. -¿Qué te vas a comprar qué? -me preguntó La Mona con unos ojos que no había terminado de abrir. -Guanábanas. He tenido que enfrentar muchas veces la incredulidad. Y realmente no era el momento para explicarle, como tampoco a Sara y Alejandro cuando tres días después ingresé a la despensa el tesoro de un costal de guanábanas. “Voy a comerme cuanta guanábana, guama, chirimoya y anón se me atraviese en el camino y voy a quedar como de 15”, le dije con orgullo a mi grupo familiar. Sara me preguntó si era la dieta de Pepe Guama. Aboco la pluvial Semana Santa con la dieta milagrosa. La guanábana, que en científico se nombra annona muricata, como una mujer de Sicilia, es astringente, colagoga, digestiva y vermífuga. La tomo en jugo, en infusión, en dulce. Voy a ver qué hago con tanta pepa de guama, oportuna corrección fonética que le hice a Sara. Hay torta, agua y aceite de guanábana. Este último se extrae de la semilla y es tan útil para el cuerpo como para los motores sencillos, según se ha demostrado en la Universidad del Valle. Cuando estoy a punto de tirar la guanábana, me acuerdo que tengo fuerza de voluntad. Si funciona, creo una pyme de la guanábana. A lo mejor la llamo ‘Pepe Guama y compañía’. Y le monto la competencia a la baba de caracol. Periodista "Tranquilo, que por lo menos el año pasado ya no se murió -me dijo chistosa la dueña de la casa”.

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