De Dinamarca a Cundinamarca

Hace dos años el país despertó del guayabo propio de las fiestas decembrinas con la pesadilla de la crisis diplomática entre Colombia y la hermana república de Venezuela, a raíz de la no muy ortodoxa captura del guerrillero Simón Trinidad. Finalmente primó el principio de que el fin justifica los medios y la crisis fue solucionada.

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enero 30 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-01-30

Al arrancar el 2006 nuevamente el ambiente se alborota pero esta vez por causa de una crisis política interna, originada en las ya conocidas y comentadas declaraciones oficiales en contra de uno de los precandidatos presidenciales. Pareciera que a este Gobierno le encanta la idea de generar conflictos al comienzo de cada año, con el propósito de despertar a sus conciudadanos y ponerlos a tono con el lema de trabajar, trabajar y trabajar. Así mismo y aunque no fuera su propósito inicial, el Gobierno logró que el tono de la campaña electoral pasara de Castaño claro a Pardo oscuro. Estos episodios recurrentes en el campo de la política pero con amplias repercusiones en todo el ámbito nacional, hacen revivir la vieja polémica acerca de la conveniencia de tener un régimen presidencialista rígido como el que Colombia y prácticamente todo el continente americano mantiene, frente a un régimen parlamentario, como el que de tiempo atrás prevalece en la mayoría de los países de la Unión Europea. El principal argumento a favor del régimen presidencialista es obviamente aquel según el cual un gobierno democráticamente elegido para un período fijo, está por encima de las crisis partidistas y por consiguiente goza de una mayor y sana estabilidad. Sin embargo, esta rigidez implica también que si el gobernante elegido, por circunstancias o hechos especialmente graves, llega a perder el control de la situación, no queda otra salida que el golpe de Estado. Baste recordar las crisis a nivel presidencial ocurridas, recientemente en el Ecuador y en Argentina a fines del siglo XX. La historia y la experiencia en Colombia demuestran que cuando un gobierno de corte presidencial se enfrenta a una turbulencia política de alta intensidad -dada la rigidez que le es propia al sistema- ese gobierno termina por concentrar todas sus energías en la atención de la crisis y deja de lado los verdaderos propósitos de su plan de gobierno y para los cuales fue elegido por el pueblo soberano. En el sistema parlamentario por el contrario, una situación de crisis política se resuelve mediante una moción de apoyo o de censura en el seno del parlamento y, según sea el veredicto, el gobierno de turno sale fortalecido o se convoca en forma inmediata a nuevas elecciones. Menos estabilidad pero más gobernabilidad. En un régimen parlamentario al mejor estilo europeo, ningún gobierno hubiese resistido una derrota como la que significó para el presidente Uribe la no aprobación del referendo. Este fue punto central de la campaña presidencial y el primer proyecto de ley presentado al Congreso con bombos, rockets y platillos, pocos minutos después del acto protocolario de la posesión presidencial. Si viviésemos en Dinamarca un episodio como el de la falsa acusación contra el precandidato Rafael Pardo, hubiese desembocado en la renuncia del Comisionado de Paz por chismoso, del jefe de uno de los movimientos políticos por lenguaraz y del Jefe de Gobierno por Pilatos. El problema es que en Cundinamarca y sus inmediatos alrededores, la jefatura del Gobierno y la jefatura del Estado están encarnadas por la misma persona y un cambio en la una, implicaría inmediatamente un vacío en la otra. Tal vez sea ya hora de reconocer la realidad y elevar a Alvaro Uribe a la categoría de monarca dados su arraigo y carisma pero liberarlo del ajetreo y riesgos que conlleva la actividad política en el día a día. Observadores internacionales del panorama latinoamericano registran entre incrédulos y perplejos cómo el presidente del Perú Alejandro Toledo tiene muy bajos niveles de aceptación popular, a pesar de que el balance de su Gobierno es muy favorable. En Cundinamarca y sus alrededores por el contrario, la popularidad del monarca supera con creces su nivel de ejecutorias.

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