Dulce María Arranz: una compañera fiel de revolución

Orgullosa como muchos en esta Santiago de Cuba con fama de corajudos, con su voz de asmática, que escondía en el retrete y en el techo de su casa armas y medicinas para "los muchachos de la Sierra".

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diciembre 30 de 2008 - 05:00 a.m.
2009-12-30

Con la autoridad de sus 85 años y de haber ayudado a Fidel Castro a hacer la revolución sentencia a medio siglo del triunfo: "No me gusta el comunismo, pero tampoco los americanos. íCoño! Falta mucho por hacer".    

Reclinada en una butaca en su vieja casa frente a la emblemática escalinata de Santiago de Cuba, la anciana recuerda cuando con la fogosidad de su juventud vivió la vorágine que acabó con la huida, en el Año Nuevo de 1959, del dictador Fulgencio Batista.

Cercana a la Sierra Maestra, tierra caliente e históricamente combativa, cuna de mártires de las guerras de independencia, Santiago siguió a Fidel desde que, con 26 años, asaltó en 1953 el Cuartel Moncada -segundo del país-, y fue la primera en  levantarse en 1956 para apoyarlo cuando desembarcó con 81 hombres para pelear.    

"Santiago rebelde, hospitalaria hoy, heroica siempre", rezan afiches de un Fidel fusil en alto, que en la conmemoración del 50 aniversario adornan esta ciudad, 900 km al sureste de La Habana, donde el líder cubano vivió parte de su infancia.    

En el parque de Santiago ante una multitud enardecida, Castro proclamó la victoria la noche del 1 de enero de 1959, y será allí donde su hermano Raúl, que lo sustituye desde que enfermó en julio de 2006, encabezará el jueves la conmemoración.    

Como en toda Cuba, en esta ciudad de 500.000 habitantes, declarada por Fidel capital provisional mientras llegaba a La Habana el 8 de enero, la revolución genera fidelidades, desilusiones, esperanzas, indiferencias o rechazos.    

"Yo tenía una bodega. Cuando triunfó Fidel me la quitaron porque intervino los negocios. Pero nunca dije nada malo de él, ni que fui expropiada. íTotal uno muere sin nada!", cuenta en la sala desde donde vio morir a tres revolucionarios en la  escalinata del tradicional barrio Tivolí.    

Conforme con su pensión de 200 pesos -9 dólares- como obrera de una fábrica de caramelos, reclama que muchos olvidaron la represión de Batista y los logros de la revolución en salud y educación.    

"Ahora ahí se sientan muchachos que están en la bobería a hablar de música y ropa. No piensan en la revolución, no tienen cabeza", se queja, con ceño fruncido, apuntando temblorosa a la escalinata.    

En otro punto de esta ciudad bulliciosa y musical, calles empinadas y arquitectura colonial, un veinteañero confiesa que su "única alegría" será recibir el permiso de salida del país.    

Con sus manos engrasadas, improvisando en la cajuela de su Lada un tanque de gasolina en una botella de aceite de cocinar, Angel Atalá, de 79 años, asegura deberle a la revolución desde el carrito que tiene hasta la profesión de sus hijos.    

"¿Qué revolución es ésta?. Me gusta el sistema político, pero tengo que hacer cosas ilegales, 335 pesos (14 dólares) que gano no dan para mantener tres hijos", lamenta Francisco, transportista de 46 años.    

A la salida del preuniversitario que albergó al colegio donde Castro estudió con los jesuitas, una joven de 17 años, de mechones rojos, opina que "los tiempos son otros y se deben hacer cambios".    

"Todo está controlado, quiero libertad y que mis futuros hijos no pasen trabajo para comer", declara en el mercado Joaquín Beltrán, de 21 años, quien sueña con irse a Italia con título de economista.    

Dulce María dice que a su edad oyó de todo. "Muchos pasan dificultad, pero no hambre. La revolución no es rica. Mira mi vida, hay quien quiere a Fidel y hay quien no. ¿Tú me entiendes?", explica en las sombras de su sala abigarrada.    

Entre un árbol de Navidad, una imagen de San Lázaro sanador de enfermos, unas sillas tapizadas en plástico, sobresale un televisor pantalla plana que le mandó un sobrino de Miami.    

"Ahí voy a ver ahora a Raúl en el parque, porque Fidel está enfermo. Todos tenemos que morir y la vejez no perdona", dice volcando la mirada a la joven que posó sonriente hace medio siglo para la foto blanquinegra que cuelga de la descascarada  pared.    

AFP

 

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