E.U. necesitan la mundialización y la mundialización necesita a los E.U.

“…Y entonces quedaron dos”. Ya sabemos que Barack Obama o John McCain será el primer Presidente de los Estados Unidos de la próxima fase de mundialización.

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junio 30 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-06-30

Sea quien sea, será el primer presidente de los Estados Unidos cuya política económica extranjera estará dominada desde el primer día por una transferencia fundamental del poder económico desde el oeste hacia el este y el sur. El mundo atlántico ya no es el centro del universo económico, pues éste ya no tiene centro. Como interpreten este hecho los actuales senadores McCain y Obama tendrá importancia para todos nosotros. La retórica proteccionista y contraria al comercio internacional que ha podido escucharse en las primarias presidenciales de Estados Unidos es sintomática de que muchos estadounidenses ven el cambio económico mundial en términos de ‘suma cero’: Asia sube, nosotros bajamos. Las desigualdades económicas se reducen entre los países, mientras aumentan en nuestras propias sociedades. La mundialización ya no es algo que infligimos, sino algo que nos infligen. Cada vez más europeos lo ven también así. Nadie pone en duda que la mundialización tenga facetas negativas, pero la apertura de los mercados y la integración económica que posibilitan la mundialización siguen siendo, con mucho, las mejores herramientas de que disponemos para aumentar el bienestar económico en el mundo, lo cual, a su vez, constituye un aporte esencial a la estabilidad global. Únicamente, unos Estados estables y que cooperen entre ellos podrán hacer frente a la futura escasez de recursos como la energía, los alimentos y el agua. Durante sesenta años, Estados Unidos han suscrito el internacionalismo económico con su propia apertura. Una crisis de confianza de los estadounidenses en la mundialización podría hacerla descarrilar. La llegada de India y de China al estatus de superpotencias exportadoras no va en contra de los intereses estadounidenses y europeos, mientras sigamos invirtiendo en nuestra competitividad económica y concentrándonos en nuestros puntos fuertes. De hecho, el crecimiento de estas economías es actualmente una fuente esencial de la demanda en todo el mundo, de la que no somos los últimos beneficiarios: son los mercados de más rápido crecimiento para los productos que fabricamos y vendemos. Desde hace diez años, los productos que importamos de esos países a precios competitivos hacen posible que el europeo y el estadounidense medio se beneficien de unos precios razonables y de una inflación contenida. En realidad, debería preocuparnos más el posible fracaso de los países en desarrollo que su éxito. Si se detuviera el crecimiento de los países en desarrollo, en particular el de China, el mundo sería más pobre y menos estable. Incluso, aunque no fueran moralmente reprobables, los intentos de contrarrestar el empuje de los países en desarrollo dañarían nuestros propios intereses económicos y políticos. En vez de preocuparnos por una disminución relativa de nuestro peso económico, o de retirarnos de nuestros compromisos internacionales, Estados Unidos y Europa debemos concentrarnos en renovar las instituciones mundiales necesarias para mantener la unidad de esta nueva y compleja constelación de países en el transcurso de los difíciles debates sobre el cambio climático, la seguridad energética y el comercio. Tenemos que adaptar estas instituciones (las Naciones Unidas, la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional), para que las economías emergentes tengan posibilidad no solo de ejercer sus derechos, sino también de asumir sus responsabilidades. El problema es que en este momento, cuando más necesitamos las herramientas del internacionalismo económico, nuestra propia política ha comenzado a evolucionar en sentido opuesto. El nacionalismo económico es síntoma de un problema más profundo. No podemos dar forma a la mundialización sin abordar las causas profundas del proteccionismo. Debemos actuar contra la inseguridad económica y la desigualdad en nuestras propias sociedades. Es un mito político profundamente enraizado, especialmente en los Estados Unidos, que la mundialización sea incompatible con el Estado de bienestar activo. Los datos de la Ocde de los últimos veinte años ponen de manifiesto que los Estados de bienestar fuertes que han fomentado la flexibilidad del mercado laboral, altos niveles de educación y reciclaje profesional, y ayudado a las mujeres y a las personas de edad a seguir en activo, se han preparado para la mundialización mucho mejor que los demás. Los Estados más competitivos de la Ocde también tienen altos niveles de gasto en bienes públicos y no dudan en ayudar a sus ciudadanos a afrontar los mayores riesgos económicos de la vida, en particular el desempleo y la atención sanitaria. Los países escandinavos y Estados Unidos se han beneficiado de modo similar de la mundialización en términos de riqueza y de competitividad, pero han distribuido esos beneficios de manera muy distinta. ¿En qué cultura política es más sostenible la mundialización? Uno de cada diez suecos piensa que la mundialización es mala para su sociedad, mientras que cinco de cada diez estadounidenses lo piensan. Esto no constituye un desafío únicamente para Estados Unidos: muchos modelos sociales europeos aún no superan esta prueba. Los progresistas de Estados Unidos y de Europa han de desempolvar los argumentos del New Deal en favor de que los gobiernos ayuden a sus ciudadanos a funcionar en economías abiertas, en vez de dejarlos desprotegidos. Estado protector no es sinónimo de Estado proteccionista. Europa y los Estados Unidos tienen una capacidad mucho mayor de seguir beneficiándose de la mundialización de lo que queremos reconocer. Y tenemos mucho más que perder de lo que a veces nos imaginamos si nos alejamos de la apertura. El mundo tiene que transmitir este mensaje al presidente Obama o McCain: la mundialización necesita a los Estados Unidos; los Estados Unidos necesitan la mundialización. '' La apertura de los mercados y la integración económica que posibilitan la mundialización siguen siendo, con mucho, las mejores herramientas de que disponemos para aumentar el bienestar económico en el mundo.'' La llegada de India y de China al estatus de superpotencias exportadoras no va en contra de los intereses estadounidenses y europeos, mientras sigamos invirtiendo en nuestra competitividad económica y concentrándonos en nuestros puntos fuertes.Peter Mandelson. Comisario de Comercio de la Unión EuropeaWILABR

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