¿Fobia a las verduras y a las frutas?

Si a pesar de insistir en que su hijo coma ciertos alimentos, de perseguirlo por toda la casa con una cuchara detrás y de camuflarlos en diferentes preparaciones, él no acepta más que salchichas, maíz y leche, empiece a preocuparse. Puede sufrir de una patología nueva en los niños que se conoce como neofobia y se define por el rechazo absoluto a determinadas comidas.

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junio 03 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-06-03

Así define este trastorno la nutricionista Adriana Botero quien sostiene que se caracteriza por la preferencia de dos o tres alimentos y la resistencia a las otras gamas de nutrientes. El problema es la causa de más de un dolor de cabeza en los padres que los tildan de caprichosos y malcriados, sin darse cuenta que, en ocasiones, son ellos quienes fomentan esos comportamientos. “Cuando se hace un proceso de introducción a la alimentación complementaria, a partir de los cuatro meses, hay dos corrientes: unos empiezan con los cereales y otros con las frutas, luego las verduras, las harinas y las sopas, junto con las proteínas. Así, poco a poco se van creando los parámetros de acondicionamiento de alimentación del niño. Ese es el momento que las mamás deben aprovechar y no dejarlos al cuidado de otras personas que no lo hacen con dedicación. Para algunos es más fácil darles un jugo de caja y un alimento de paquete que prepararles la comida. Ahí nacen algunas de las fobias”. MOMENTOS CRÍTICOS Uno de los momentos cruciales en la alimentación del bebé es cuando deja la leche materna. Y si el primer alimento que prueba es una fruta, obviamente va a tener una reacción porque se trata de un sabor nuevo, distinto del que venía manejando durante los primeros cuatro meses. “El éxito está en la perseverancia de mamá para despertar su afecto por ciertos alimentos. Si el niño pone cara de estupor ante una granadilla, entonces la mamá prueba con papaya, si no funciona, lo hace con una manzana. Ese es un error, debe probar por lo menos tres o cuatro días con el mismo para que tenga aceptación y desarrolle sus papilas gustativas”, dice Botero Lo mismo sucede con las verduras, donde todo depende de la actitud de los adultos. Ellos son el modelo y los responsables de que los pequeños adquieran buenos hábitos o no. El segundo momento coincide con los dos o tres años de edad, cuando empieza su experiencia de contacto con el mundo llevándose todo a la boca. Una etapa en la que además se hace difícil introducir alimentos que no recibieron antes, sobre todo si la mamá durante el embarazo siguió una dieta monótona. LOS RIESGOS DE NO COMER BIEN TRASTORNOS. El problema de las fobias a los alimentos en la niñez es que pueden conducir a trastornos de alimentación como la anorexia (total desinterés y aversión por la comida por el temor a aumentar peso, al punto de ver una figura distorsionada de sí mismo), bulimia (periodos compulsivos de alimentación que acompañan conductas como provocar el vómito por el miedo a engordar) y la ortorexia (el rigor estricto con los hábitos de alimentación. No probar ciertos alimentos). Por eso, es importante buscar ayuda profesional ante cualquier problema en la alimentación, que generalmente corre por cuenta de un psicólogo y un nutricionista. Entre más temprano, mejor, pues los procesos de reeducación suelen ser complicados. Preparación, la clave para abrir el apetito Un estudio inglés, publicado en la revista Journal Appetite, que se realizó entre 564 madres, reveló que los pequeños no muestran un rechazo a ciertos alimentos al azar sino a un grupo de ellos. Entre los más ‘odiados’ se encuentran las verduras, las frutas y el pescado, en los que tienen entre dos y seis años. Según la nutricionista Claudia Angarita, esto sucede con frecuencia por la presentación que se les da que no es agradable al paladar y porque si no se las comen, no se las ofrecen. “Hay que hacer negociaciones (pedirles que coman determinada cantidad) pero nunca dejar de servirlas y mezclarlas con sopas, arroces o tortas”. Pero la fobia a los alimentos parece tener una excepción: los dulces. Para la nutricionista Adriana Botero esto tiene una explicación: la leche contiene azúcar y genera más emoción en los niños que lo salado. Sin embargo, es un error de madres y abuelas endulzar alimentos como compotas y teteros para que los niños los acepten. Lo único que aumentan es el riesgo de que la caries ataque sus dientes. “Entre más naturales sean, mucho mejor”, agrega. Tampoco hay que olvidar que muchos de los hábitos de alimentación están condicionados por los estados emocionales del niño, que cuando tiene rabietas puede manipular a sus padres. También suele suceder que lo que hoy les gusta, mañana les produce aversión. En ese caso, lo ideal es esperar una o dos semanas y presentarles el alimento en otra preparación. Pero, hay que saber encontrar los límites, tampoco hay que obligarlos. Lo claro es que no es una creencia que los buenos hábitos empiezan en la casa, esa es la realidad. Cuando son permanentes en el tiempo, los niños aprenderán a comer bien.

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