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Finanzas

La historia de más de 200 años que se teje alrededor del sombrero de jipijapa

En 1865, por las aduanas de Cúcuta y rumbo al puerto de Maracaibo pasaron más de un millón de sombreros elaborados en tierras santandereanas.

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marzo 24 de 2009 - 05:00 a. m.
2009-03-24

Venían sobre todo de Girón, y de Piedecuesta, y eran hechos con las blancas fibras trenzadas de una palma que aquí llamaban nacuma, pero que se conoce también como iraca, toquilla o jipijapa.

No se incluían en estas cuentas de la aduana cucuteña los bultos de sombreros de Zapatoca. Éstos bajaban en recuas de mulas por los caminos que este comercio, junto con el de la quina y otras plantas medicinales, habían logrado abrir en las selvas del Magdalena Medio.

Para 1890, el informe rendido por el Secretario de Hacienda de Santander habla de 1290 sombrererías en su departamento. De esta manera, en la segunda mitad del siglo XIX el sombrero se convertía en la primera manufactura de exportación de alguna importancia que tuvo nuestro país.

Cuenta don Manuel Ancízar en su célebre Peregrinación de Alpha que hacia 1820, y a instancias del cura párroco de Girón, un sombrerero pastuso enseñó durante meses el arte de tejer la paja toquilla a varias mujeres de la localidad. Barichara y Zapatoca siguieron el ejemplo.

Los historiadores que le han seguido la huella a los sombreros de jipijapa remontan sus orígenes a la costa ecuatoriana. En la provincia de Manabí hay un pueblo justamente llamado Jipijapa.

Y fue en esta región en donde José Pavón e Hipólito Ruiz, botánicos del Jardín Real de Madrid bautizaron la palma toquilla con el nombre científico de Carludovica palmata. Honraron así, a finales del siglo XVIII, al rey Carlos IV y a su esposa la reina Luisa.

Ya para comienzos del siglo XIX los ecuatorianos exportaban sombreros a Europa, a partir de su agencia en Panamá, lo que llevó a que, con el tiempo, estos sombreros blancos pasaran a ser conocidos como sombreros panamá.

Las imágenes de Napoleón en sus años de gloria lo muestran siempre con su sombrero bicorne. Pero para sus años de exilio en la isla de Santa Helena el emperador prefirió un sombrero blanco, de palma tejida y de ala ancha: un sombrero de jipijapa.

También usaban sombreros de palma tejida los soldados patriotas, encabezados (aquí usado literalmente) por Bolívar, Santander y Sucre. Llevaban sombreros de jipa los sacerdotes capuchinos y franciscanos, así como los exploradores europeos Humboldt y La Condamine.

Fue don Manuel Alfaro, el padre del presidente ecuatoriano Eloy Alfaro, el primer gran exportador de sombreros a Europa, a Estados Unidos y al Extremo Oriente.

Mientras Ecuador se especializaba en sombreros finos para las altas cortes y para los grandes magnates de la revolución industrial, Colombia escogió los mercados masivos de los trabajadores de la caña de azúcar en Cuba, y del algodón en los estados sureños de Norteamérica.

Santander no era el único, aunque sí el principal productor de sombreros de nuestro país. Un hacendado del Cauca trajo al pueblo de La Unión (hoy en Nariño) no sólo palmas ecuatorianas sino artesanos que instruyeron a muchas personas en ese pueblo recién fundado.

La técnica se extendió a Sandoná, en un costado del volcán Galeras, en donde hoy se mantiene viva la tradición del tejido de iraca. Vendrían luego las tierras opitas, Suaza en particular, que es donde hoy se tejen algunos de sombreros de la mejor calidad.

"Recolección, desorillada, ripiado, desvenado, cocción, desagüe, entorchada o tostada, chirliada, blanqueada y estufada" son los pasos que requiere la fibra antes de ser tejida.

Los beneficios de la industria del sombrero han caído siempre, en su mayor parte, no sólo en poblaciones rurales, sino en manos femeninas. Fuera del costo de la instrucción, no es grande la inversión necesaria.

Como herramienta bastaba una horma de madera, una cinta de cuero para ajustar la talla, cuchillo, mazo de madera y una mano de obra barata. Su bajo peso facilitaba el transporte por caminos de montaña.

Fue por eso que en 1850 una comisión de notables conformada por Rufino Cuervo, José Manuel Restrepo, Lino de Pombo, Pedro Fernández Madrid y Juan Manuel Arrubla instó a los sombrereros colombianos a presentar sus productos en la Gran Exposición de la Industria de todas las Naciones que tuvo lugar en Londres al año siguiente.

Para 1857-58 los sombreros constituían una cuarta parte de las exportaciones colombianas. El cambio de siglo, y hasta los años de la belle époque, serían también tiempos de gloria para el sombrero de jipijapa. En el puerto de Tumaco, por ejemplo, constituían el principal renglón de exportación: más de treinta toneladas de sombreros por año.

En el país, los conservadores se diferenciaban de los liberales por el color de la cinta en su sombrero blanco. En tierras paisas, cuenta Tomás Carrasquilla que "los campesinos acomodados gastaban capisayo de bayeta catalana, pantalones de paño de Segovia, camisas de lienzo fino y sombrero de Panamá".

La realeza europea se paseaba con sombreros blancos de cinta negra por los casinos y las costas del Mediterráneo. Las estrellas de Holliwood, Rockefeller y las nacientes fortunas del petróleo, Teodoro Roosevelt y toda una generación de políticos hasta Winston Churchill fueron publicidad ambulante para los sombreros de paja toquilla.

Aguadas, en tierras caldenses, llegó a este mundo de fabricación de sombras más tarde que Nariño, el Huila, o Santander (en donde hoy la manufactura de sombreros ha casi desaparecido).

Pero hoy Aguadas es el principal y más reconocido fabricante. Son aguadeños, por ejemplo, los sombreros que usa el presidente (tanto que a uno lo creen uribista por usar cualquier sombrero de jipa).

Es una lástima que en este último medio siglo el uso del sombrero se limite a las cabalgatas, las corridas de toros y los paseos de finca. Hoy, con el agujero de la capa de ozono, con el calentamiento global, y con todas las lesiones de piel y de los ojos que se evitan con un sombrero de jipijapa, todo colombiano debía lucir con orgullo su aguadeño, su suaceño o su sombrero de Sandoná.

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