Iconoclasta y erudito

Llámese iconoclasta a aquel que niega el culto debido a las vacas sagradas y que rechaza la autoridad de maestros y estereotipos. Eduardo Posada Carbó, en su reciente libro, La Nación Soñada, (Grupo Editorial Norma, 2006), demuestra ser un consumado iconoclasta.

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enero 31 de 2007 - 05:00 a.m.
2007-01-31

En esencia, lo que Posada Carbó busca en su ensayo, según sus propias palabras es: “…he cuestionado tres estereotipos que tienden a dominar las explicaciones sobre la violencia: que la nación política se define en un pasado continuo de guerras, que estas guerras se originaron y se siguen originado en la intolerancia de los colombianos, y que la violencia hoy es la conducta generalizada de la sociedad. Con ejemplos concretos y raciocinios inteligentes, Posada Carbó destruye cada unos de estos estereotipos que desafortunadamente han hecho parte del ‘discurso erudito’ de buena parte de nuestros intelectuales, novelistas, políticos, columnistas, académicos y jerarcas de la Iglesia Católica. En relación a nuestro pasado, lo que el autor ha hecho es revalorar la presencia en nuestra historia de unas tradiciones liberales y democráticas conducentes a la civilidad. Para el politólogo, “…la interpretación de nuestra historia como una narración de guerras permanentes está errada en varios frentes: en su desconocimiento de la recurrencia de conflictos (internos y externos) en otras sociedades; en las generalizaciones sobre las guerras del siglo XIX, tan poco estudiadas; en su escasa valoración de los períodos de paz gozados en nuestra historia; y en las dificultades para establecer inequívocas líneas de continuidad entre una y otra guerra civil, entre las guerras decimonónicas y la violencia, y entre aquella violencia de mediados del siglo XX y el conflicto contemporáneo”. En segundo lugar, el autor cuestiona el lugar común que señala la intolerancia como la causa de la violencia en Colombia, ya que no sólo se trata de un señalamiento vago sino que carece de sustento empírico y se pregunta: “¿dónde está el agente de la intolerancia?: ¿en las élites?, ¿en el sistema político?, ¿en la sociedad en conjunto?” Finalmente, Posada Carbó pone en duda la premisa según la cual la violencia sería la conducta general de los colombianos y sugiere la necesidad de identificar con mayor precisión a los responsables directos de las acciones violentas y descriminalizar justamente a la sociedad. La Nación Soñada nos permite entender cuánta basura se ha escrito y dicho sobre Colombia, y porqué los colombianos de bien no tenemos que asumir los crímenes de los violentos como una responsabilidad colectiva. Faltaba más que, sin distingos, todos seamos culpables de los crímenes de la narcoguerrilla, los paramilitares, y los violentos. Después de leer el libro de Posada Carbó, que debiera ser lectura obligatoria en la academia, me identifico plenamente con la apreciación de Fernando Cepeda Ulloa sobre este libro: “Me habría ayudado mucho haberlo leído cuando inicié mi actividad universitaria”. Leer el libro de Eduardo Posada Carbó ‘La Nación Soñada’, debiera ser un asunto obligatorio en la academia”.

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