¿Indexar o no indexar?

Escribe el amigo Warren Buffet que El inversionista inteligente, de Benjamín Graham, publicado por primera vez en 1949, es el mejor libro de finanzas y el que más influyó en su vida profesional. Conceptos de uso diario como inversiones de valor (adquirir acciones subvaloradas, de acuerdo con algún parámetro preestablecido) y margen de seguridad tuvieron su origen en ese libro.

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septiembre 30 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-09-30

Buffet y Graham se identifican igualmente en sus críticas a la intermediación financiera: comisionistas que inducen a efectuar cambios perjudiciales para los portafolios, administradores de fondos que no superan los índices, asesores financieros que aseguran tener la fórmula para identificar cuáles van a sobresalir en el futuro y la nueva generación de administradores de fondos de cobertura y de capital privado (se lucran con el 20 por ciento de las utilidades) que de acuerdo con Buffet “se presentan con disfraces de Supermán para convencer a sus clientes que gracias a esa vestimenta tienen poderes mágicos”. Calcula que esa intermediación les cuesta a los inversionistas el 20 por ciento de las utilidades de las empresas norteamericanas. Según el libro, en el tema de las inversiones se pide consejo a terceros sobre la fórmula para hacer dinero. Aunque es normal asesorarse en diferentes campos, solicitar este tipo de ayuda no tiene contraparte en ninguna otra actividad (¿Si realmente se contara con ella, se justificaría divulgarla por el cobro de una comisión?). PRODUCTOS INDEXADOS Una de las razones para el auge de los productos indexados fue precisamente haber reconocido la incidencia negativa de esos costos. Una larga lista de estudios académicos lo confirma: son el elemento con mayor poder de predicción sobre los rendimientos futuros de los instrumentos financieros disponibles para el ahorrador individual y la causa de que un alto porcentaje de los fondos activamente administrados no logre superar al mercado (planteó Buffet su ‘cuarta ley del movimiento’ en carta reciente a los accionistas: entre menor el movimiento, mayor la rentabilidad). El primero fue desarrollado en 1971 por la firma que hoy es Barclays Global Investors, para clientes institucionales. John Bogle en Vanguard los puso a disposición del inversionista particular cinco años más tarde. Se originaron en la otrora predominante teoría de los mercados eficientes: “los precios de las acciones reflejan plenamente la información disponible y es imposible superar al mercado, a menos que se cuente con información privilegiada”. Eugene Fama, de la Universidad de Chicago, Burton Malkiel (A Random Walk Down Wall Street) y William Sharpe (premio Nobel en 1990, “en un mercado eficiente la única manera de superar al mercado es tomando un mayor nivel de riesgo”) tuvieron papel importante en su desarrollo. Se caracterizan por sus bajos costos y por la baja rotación de sus portafolios. Aseguran rendimientos muy cercanos a los del mercado y superiores al promedio, de acuerdo al concepto de ‘certeza relativa’ planteado por Jonathan Clements en el Wall Street Journal (agosto de 2002): antes de deducirlos, los inversionistas en conjunto logran el rendimiento del mercado; después de hacerlo, están condenados a rezagarse. Por esa razón los fondos indexados superan año tras año a sus rivales por pequeños márgenes; al cabo del tiempo, la ventaja es significativa. Son adecuados tanto en mercados al alza como a la baja. Pero su ventaja tiende a ser mayor en los primeros porque permanecen invertidos muy cerca del 100 por ciento. Pero en mercados a la baja no disponen de los mecanismos defensivos con que cuentan sus rivales, como mantener mayores reservas en caja y adquirir activos en categorías alternativas. El retorno de un instrumento financiero es el retorno de su portafolio menos las comisiones generadas (cerca de 1.2 por ciento en promedio para un fondo norteamericano). Adicionalmente, una asesoría para ensamblar y mantener un portafolio suele costar 1 por ciento por cada año. Al sumarlos, es necesario superar de antemano una barrera de 2.2 por ciento antes de lograr alguna utilidad. Basta comparar dos inversiones de 100.000 pesos y rendimiento del 10 por ciento antes de gastos, la primera indexada con costos anuales de 0.20 por ciento y la segunda con ese 2.2 por ciento. Una produciría 646.000 pesos al cabo de 20 años, la otra 434.000 pesos (212.000 pesos menos, el doble de la inversión original). No es fácil justificar esa intermediación si se tiene en cuenta que lo que se requiere son conocimientos elementales de diversificación y aprender a evitar a toda costa las reacciones emotivas (perseguir rentabilidades, modificar el portafolio de acuerdo con movimientos imprevisibles del mercado y al bombardeo de información). ¿CORRER EL RIESGO’ Cabe aclarar que no son tan contundentes las ventajas de los fondos indexados en mercados menos eficientes (internacionales, de empresas de baja capitalización). Escribió Justin Fox en Fortune a propósito de un reportaje sobre Barclays Global: “hoy en día ya no es herejía argumentar que inversionistas muy hábiles y cuidadosos pueden superar en forma consistente al mercado”. Tampoco se puede descartar la posibilidad de obtener alguna rentabilidad adicional mediante un proceso adecuado de selección de fondos activamente administrados. Pero siempre existe la posibilidad de equivocarse: aunque no deben juzgarse por resultados de corto plazo, renombrados administradores como William Nygren de Oakmark, William Miller de Legg Mason y el renovado equipo de Clipper no muestran en este momento cifras favorables en sus resultados consolidados de los tres últimos años. ¿Indexar o no indexar? Es definitivamente una buena alternativa, aunque le resta emoción al arte de invertir. Pero en el tema de inversiones no hay respuestas definitivas porque los mercados suelen tomar rumbos inesperados cuando se piensa haber encontrado ‘la solución’. Ilustración Migueyein

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