Iniciales romanas

Colombia ha sufrido mucho. Aún los economistas más conservadores admiten que la guerrilla le ha sustraído no menos del 1 por ciento anual al PBI.

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septiembre 30 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-09-30

STTL son las iniciales de la frase latina "qué la tierra te sea ligera". Los romanos las grababan en las lápidas de sus muertos. Esa tierrita, por liviana que sea, la acumuló pacientemente Álvaro Uribe sobre el 'Mono Jojoy'. Hace diez años, lo recordará hasta la memoria corta de los colombianos, se aceptaba sin discusión que las Farc eran invencibles.

Para ser justos, no toda la tierrita la aportó Alvaro Uribe. Antes de que anunciara, a fines del 2001, que quería ser presidente para acabar con las Farc (el cacareado programa de Cien Puntos se descubrió después), estaba en marcha el Plan Colombia. Se iniciaba la focalización de las Fuerzas Armadas, pero fue Uribe quien sacudió la poltrona de altos oficiales.

Vale recordar, que hace una década la guerrilla le cogía olímpicamente las asentaderas al Gobierno Pastrana desde el Caguán. Iba a rediseñar la República de Colombia a partir de las 'mesas de concertación', mientras el país se sobrecogía perplejo. Urgía encontrar instituciones aceptables para la insurgencia. Mientras el resto de Colombia pretendía ignorar de qué se trataba aquello, las Farc sí sabían. Para enseñarles, había sido enviado a Marquetalia, por el partido comunista, alias 'Jacobo Arenas', doctor en marxismo-leninismo, 40 años antes.

Desde la zona de distención para delinquir en el sur de Colombia, con ideas obsoletas, pero claras, las Farc pretendían construir la sociedad sin Estado que transitaba por la dictadura del proletariado, paso previo históricamente inevitable. Se impondría la moral revolucionaria del 'Mono Jojoy', partera del paraíso terrenal, que justificaba todos los desmanes y la financiación coquera.

Las Farc entreveían la segunda revolución triunfante de la historia de Colombia. Por la fuerza de las armas (no por simple golpe de estado), únicamente se registraba el éxito de Mosquera y los Radicales en 1860. Antes y después, siempre había ganado el Gobierno.

Aquella insurrección del siglo XIX había sido la más revolucionaria que podía concebirse en la época, una saeta que perforó instituciones centenarias. Pretendía irreversibilidad -la Constitución de 1863 era inmodificable- como Fidel o, quizá, Hugo. Y si se hace memoria, en algún momento sólo la superioridad aérea se interponía militarmente entre los designios del 'Mono Jojoy' y Bogotá.

Colombia pasó raspando. Falta la puntilla. El presidente Santos ha anunciado, correctamente, que no necesita intermediarios para alias 'Alfonso Cano'. Piedad Córdoba bulle y el Procurador conceptúa que los servicios de Teodora Bolívar (ella niega como Chávez -primero mártir que confesor-, mientras la incriminan los computadores del 'Mono Jojoy') son levantiscos y superfluos.

Y lo son. Desde el Páramo de las Hermosas susurrará un insurrecto en las últimas o berreará un ideólogo irremisible a la espera de otra oportunidad. Don Sancho Jimeno, el héroe de Cartagena en 1697, nunca supo a qué atenerse mientras perseguía cimarrones.

La tierrita al 'Mono Jojoy' no debe quedar sin secuela. Colombia ha sufrido mucho. Aún los economistas más conservadores admiten que la guerrilla le ha sustraído no menos del 1 por ciento anual al PBI. Sin 50 años de padecerla, el país sería como mínimo 65 por ciento más rico, su ingreso per cápita estaría entre los medianos del mundo, sin tener que avergonzarse de los índices de pobreza. Si el desangre continúa, no habrá cómo auxiliar a todas las víctimas de la prolongadísima alteración del orden público, próximamente a cargo de los contribuyentes (STTL) por ley.

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