Intercambio

El mal llamado intercambio humanitario es una ficción. El tema llega por rachas, alimentado por la labor propagandística de las Farc que no descuida ocasión para incomodar al Gobierno con la dolorosa mezcla de lo personal y lo público envuelta en todo secuestro. Las Farc atesoran sus cautivos en cofre fuerte y retienen interminablemente sus víctimas a la espera de salidas políticas que abran las puertas a más secuestros y a más salidas políticas. Canjear prisioneros convictos de subversión y otros crímenes consigue liberar a unos pero sólo como preámbulo para el martirio de otros.

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marzo 30 de 2007 - 05:00 a.m.
2007-03-30

Lo de la humanidad del intercambio termina siendo un paliativo fugaz que genera más deshumanización. Ya en el siglo XII un respetadísimo rabino apresado por el Duque de Austria, rehusó ganar su libertad a cambio de la gruesa suma recolectada por sus discípulos. Prefirió morir en prisión. Dejó expresa su opinión de que el mal ejemplo no haría sino multiplicar los secuestros. Para qué sirvió a la larga, excepto quizá para aliviar los efectos de la debacle del Ejército en Las Delicias, que el presidente Samper intercambiara prisioneros hace diez años. Unos salieron y otros nuevos entraron mientras un coro de idiotas útiles ha seguido repitiendo el estribillo del intercambio. Flaco servicio le hacen al país los que se prestan al juego invocando convenciones internacionales que no fueron diseñadas para establecer relaciones con terroristas. El derecho internacional humanitario no se formuló para equiparar los centenares de compatriotas inocentes, retenidos por las Farc, con militantes capturados en flagrante delito en una cadena sin fin. Empero, la convicción de que intercambiar secuestrados por convictos es equivocada flaquea al contacto con la realidad de familias ansiosas, porque la retención involuntaria abarca tanto lo emocional como lo político. Argüir, correctamente, que premiar un secuestro estimula el siguiente es tarea ingrata frente a la tortura individual. El uso político de la angustia familiar es despreciable pero reproducible y a ello le apuntan las Farc. Mañana se despejan los municipios de Pradera y Florida y pasado mañana, tras la desaparición de más madereros, más geólogos, más políticos y más transeúntes, habrá que retirar la fuerza pública de alguna otra esquina de la geografía nacional. El utopismo de la operación canje se acentúa al reflexionar sobre las circunstancias excepcionales del cautiverio del ministro Fernando Araújo. Los diseminados frentes de las Farc no son tantos que alcancen para custodiar uno a uno centenares de prisioneros caminando por la selva. En algunos recónditos lugares de Colombia deben existir campos de concentración. No resultaría sencillo el transporte de todos, sanos y salvos, a la zona de intercambio, ahora que el dominio territorial de las Farc se ha reducido a acosados enclaves. Parecería inevitable que además del despeje de territorio, ansiado por su valor militar y político, las Farc soliciten incontrolables salvoconductos para concretar un canje. Sabedores de que la suerte de los cautivos está en manos de comprobados asesinos, que justifican cualquier crimen como exigencia de la revolución, cabe preguntarse si existe diferencia práctica entre el tortuoso desplazamiento de los cautivos y su liberación en medio del combate. Don Sancho Jimeno sabía como era eso de encontrarse indefenso frente a un enemigo desalmado. Después de haber resistido hasta el último extremo en el fuerte a la entrada de la bahía de Cartagena en 1697, hubo de rendirse a discreción. El almirante De Pointis, jefe pirata de la escuadra invasora, lleno de admiración por la valentía de don Sancho, lo dejó, sin embargo, en libertad a condición de que jurase no volver a intervenir en la defensa de la ciudad. Eran los tiempos en que se podía confiar en la palabra de un caballero. Soplan otros vientos y otras liberaciones. Ex ministro. Historiador "Lo de la humanidad del intercambio termina siendo un paliativo fugaz que genera más deshumanización”.

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