Invertir en la oscuridad a velocidad supersónica

Escribía Jason Zweig en The Wall Street Journal (octubre del 2009) que actualmente cerca de dos terceras partes de las acciones transadas en su país se efectúan a través de sistemas de alta frecuencia.

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mayo 31 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-05-31

“Una operación tarda menos de 400 microsegundos, 1.000 veces más rápida que un pestañeo”. Aproximadamente unas 100 firmas disponen de este servicio. Utilizan computadores programados con fórmulas matemáticas complejas en la búsqueda de pequeñas anomalías que no hayan sido aún detectadas. (Por ejemplo, un índice que no ha capturado el movimiento de uno de sus componentes o una acción que se vende un centavo por debajo en Londres que en Nueva York.) Se ubican cerca de las grandes bolsas para ahorrarse milisegundos en el transporte de la información. El juego consiste en comprar acciones y tratar de venderlas unas centésimas de segundo más tarde con una ganancia por acción de un centavo o menos. Es la diferencia entre ganar o per-der. La ventaja, efímera siempre, se inclina hacia el más rápido. Escribía Bernard Condon en el Huffington Post, que “muchos piensan que no vale la pena agacharse para recoger un centavo, pero es lo que hacen los especuladores de ahora, miles de veces por segundo”, gracias a sus nuevos juguetes. Entre los que mandan la parada se encuentran Goldman Sachs, omnipresente cuando de ingeniería financiera se trata, y fondos de cobertura en Citadel, de Ken Griffin, y Renaissance Technologies, de Jim Simons, quien es un renombrado matemático, creador del teorema Chern-Simons, que, según dicen, es herramienta indispensable en el desarrollo de la teoría física. Con la meta de establecer modelos verdaderamente predecibles, se rodea de especialistas en matemáticas aplicadas, física cuántica, criptografía y lingüística. Realizan miles de transacciones de cortísimo plazo para lucrarse de efímeras ineficiencias en diferentes mercados. Entre los usuarios de sistemas de alta frecuencia, descuellan redes electrónicas de información privada, que operan al margen de las bolsas tradicionales. Funcionan desde los años 80, pero el crecimiento se ha disparado recientemente. Disponen de 90 segundos para hacer públicas sus operaciones. Son conocidas como dark pools, porque, como su nombre lo indica, funcionan en la oscuridad (‘consorcios oscuros’ podría ser una traducción adecuada). Aunque los grandes bancos de inversión operan ya este sistema (Goldman Sachs –como siempre–, Credit Suisse y Morgan Stanley), los pioneros fueron entidades privadas, algunas de las cuales aún se mantienen vigentes. En la actualidad son cerca de 40 y han alcanzado una participación cercana al 30 por ciento del mercado accionario. Reciben órdenes de diferentes fuentes y las procesan a través de complicados modelos algorítmicos, diseñados de tal manera, que resultan indescifrables. Ninguno tiene idea de qué es lo que hacen los otros. Como resultado, la Bolsa de Nueva York maneja hoy, bajo la forma convencional, solo el 25 por ciento del volumen total de las acciones transadas, muy por debajo del 80 por ciento que tenía en el 2005. Las bolsas tradicionales, obviamente opuestas en un comienzo, se han visto en la necesidad de adoptar el formato para contrarrestar la fuga de grandes clientes. Ken Griffin, de Citadel, quien maneja uno de los más destacados fondos cuantitativos, dispone de uno de estos consorcios. Economista de Harvard, se distingue por su habilidad en desarrollar programas avanzados de computador y fórmulas matemáticas complejas. Su especialidad inicial fue utilizar esos modelos para identificar oportunidades en el complicado mercado de bonos convertibles, aunque actualmente echa mano de todo tipo de estrategias e instrumentos. Ha aparecido en las listas de Forbes y Fortune como uno de los hombres más ricos del mundo; en el 2006 se compró un cuadro de Jasper Johns por 80 millones de dólares (su matrimonio tuvo lugar en el Palacio de Versalles, con una presentación privada del Cirque du Soleil.) Al estilo de Simons, se rodea de Ph.D. en matemáticas, física, ingeniería, finanzas y computación. Inversionistas tradicionales, como fondos de pensiones y fondos mutuos, efectúan ahora sus jugadas a través de este medio, para evitar ser detectados por especuladores profesionales al acecho. (Tratando de evitar que afecten los precios, estos especuladores, en su búsqueda perpetua de mayores retornos, son también importantes usuarios.) “La especulación de alta frecuencia reemplazó a la especulación tradicional de day trading, pero viene ahora cargada de una dosis casi fatal de anfetaminas”, escribió recientemente Fred Gehm, experto en el tema, en ese mismo periódico. En nuestro medio –demasiado joven aún; en Estados Unidos llevan ya bastante más de dos siglos lidiando con la renta variable–, bien vale la pena recordar una vez más a Benjamín Graham, quien escribía por allá a mediados del siglo pasado: “Invertir es una operación basada en análisis concienzudo, que promete seguridad del capital y retorno adecuado. Lo contrario se llama especular”. Según él, hay especulación inteligente, así como varias formas en que deja de serlo. Estas se presentan cuando se especula pensando que se está invirtiendo, cuando, al carecer de conocimientos suficientes, se toma la actividad en serio y no como un pasatiempo, y cuando se ponen en juego dineros que la persona no puede darse el lujo de perder. Importante es no olvidar que superar al mercado, antes de deducir los gastos de intermediación, es un juego de suma cero: lo que unos ganan equivale a lo que otros pierden. Una vez descontados, el grupo, como un todo, termina perdiendo. Ahí radica la importancia de mantenerlos al mínimo. Quien decida jugar con acciones, antes de asomarse debe recordar que se va a topar con rivales de alcurnia. Pero, para participar en los beneficios que a largo plazo suele ofrecer la renta variable, nadie está obligado a hacerlo en las condiciones que imponen esos genios. Existe un consejo universal de Graham, Buffet, Bogle y los iluminados que hemos mencionado, para nosotros los simples mortales: para el logro de esa meta tan prosaica como tratar de asegurarse una vida digna en los últimos 40 ó 50 años (cada vez vivimos más y en el trabajo nos desechan más rápido), la fórmula es invertir a largo plazo, controlar los costos y diversificarse adecuadamente, ojalá mediante fondos indexados que cobren lo menos posible. Según confiesan ellos mismos, es la fórmula que adoptan para sus planes de retiro. Mucho tuvieron que ver estas plataformas con la caída temporal de 1.000 puntos el 6 de mayo pasado. ¿Qué tantos beneficios trae para ellas el inversionista común? La discusión apenas comienza. HELGON

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