El jefe supremo

Si Bolívar dijo lo que dicen que dijo en su lecho de muerte, estaba presagiando con un pie en el más allá el destino funesto de los pueblos que libertó y que comenzaban a desmembrarse al borde de su delirio. Sabía al enunciar el beneficio de su ausencia para fortalecer los partidos y consolidar la unión, que estaba aspirando a un imposible del que él mismo hacía parte y al que no podría renunciar para siempre jamás. En poco tiempo, su visión panamericana saltaría en pedazos, tajada por los individualismos que marcarían en Colombia el desangre del siglo XIX y alimentarían hasta casi exterminar el siglo XX dictaduras continentales insólitas, agradables de leer pero sangrientas de padecer.

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junio 29 de 2007 - 05:00 a.m.
2007-06-29

Nuestras patrias latinas, la nuestra en especial, se consagrarían por la incapacidad de construir un todo colectivo, un propósito común, un sentido de agrupación necesario para otorgarle a una sociedad una vida sostenible. Aquí se comprobaría, desafiando la matemática, que el todo no es la suma de sus partes y que la adición de éxitos individuales no da como resultado el buen suceso de un equipo. ¿En qué nivel no lo hemos padecido? Desde los partidos políticos hasta las selecciones de fútbol, los individuos defienden con ahínco su pedacito de brillo, aunque el todo se opaque y la colectividad se hunda en un pantano de egoísmo sin remedio. Y hay buenos futbolistas y notables políticos y grandes directivos, pero el ejemplo palpable de la carencia de común designio es esta patria tasajeada, en la que cada parte reclama su comarca y en la que el Congreso de la República es la síntesis de la incapacidad de trabajar en equipo, el forcejeo de cada loro por parlotear en su propia estaca. Sin importar que haya otros trinos, ni prever el colapso de la pajarera. ¿Por qué escribo esto? El país se ha convertido en el presidente Alvaro Uribe. Todo lo hace él, todo lo dice él, todo lo desdice y decide él. Las instituciones van cayendo a su paso arrollador y hasta los intereses regionales se imponen a la conveniencia nacional a través del señor Presidente, como acaba de ocurrir en el asunto de ISA e Isagén. Ejército, Policía, órganos legislativos, cuerpo diplomático y comisiones independientes son algunos de los sacrificados por El Supremo. Uribe raja y presta el hacha. Uribe repica, dice misa y anda en la procesión. Uribe trae la burra, la enjalma, se va por la trocha y después anima un consejo comunal, sale al amanecer y apaga la luz. ¿Trabajador? Sí. ¿Capaz? Sin duda. ¿Inteligente y astuto? Como el que más. ¿Hombre de Estado? Por fin uno. Pero ese individualismo que la patria acepta resignada es malsano e insostenible. Mucha gente está quedando de adorno, buenos-para-nada, florilegios, porque el Presidente aparece siempre como el Hombre de Acero, el dueño del látigo, el capataz manda más. Le caen como anillo al dedo estas palabras tomadas de Yo, El Supremo, de Augusto Roa Bastos: “Me alentó coincidir con el Gran Hombre que en cada momento, bajo cualquier circunstancia, sabía qué tenía que hacer a continuación y continuamente. Cosa que ustedes, funcionarios servidores del Estado no han aprendido todavía, ni parece que vayan a aprender ya, según me abruman en sus oficios con preguntas, consultas, zoncerajes sobre la menor nadería. Cuando por fin a las cansadas hacen algo, yo debo proveer también sobre el modo de deshacer lo malo que han hecho”. En pocos días completaremos cinco años de esa traza. Todo parece indicar que lo que falta es igual a lo pretérito, por más cambios que se hagan en un gabinete agónico. Si Bolívar dijo lo que dicen que dijo en su lecho de muerte, aró en el mar y edificó en el viento, Simón. Periodista "Desde los partidos políticos hasta las selecciones de fútbol, los individuos defienden con ahínco su pedacito de brillo”.

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