A Luis Carlos Sarmiento no le gusta que le digan que es el hombre más rico de Colombia

En una entrevista humana, cuenta cómo consiguió su primer puesto, su primer banco, su fortuna.

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noviembre 29 de 2009 - 05:00 a.m.
2009-11-29

La semana que acaba de terminar fue significativa para Luis Carlos Sarmiento Angulo. Por un lado, vio la luz un grueso libro llamado Cincuenta años de progreso que conmemora el medio siglo de la organización que lleva su nombre. Por otra, el empresario fue distinguido con el Premio a la Vida y Obra que entrega el diario económico Portafolio. Horas después de haber recibido el galardón, atendió a EL TIEMPO en su oficina en Bogotá.

¿Qué reacciones le generan tanto el libro como el premio?

Un inmenso agradecimiento, sobre todo hacia la gente que me ha ayudado a lo largo de estos 50 años y, en especial, a quienes trabajan conmigo. Me enorgullece que al menos medio centenar de individuos en nuestro personal directivo lleva tres décadas o más aquí, sin contar la gente en otros niveles.

¿Qué determinó su carrera?

Dos circunstancias. Una muy específica y otra mucho más general. La primera tuvo lugar cuando empecé a trabajar como profesional a mediados de los cincuenta. Estaba vinculado a una compañía de ingeniería, pero la guerrilla secuestró y asesinó al dueño y debido a eso la empresa entró en liquidación. Cuando salí de allí, busqué la manera de independizarme. Se me presentó la disyuntiva que todos debemos enfrentar alguna vez cuando empezamos: la falta de experiencia. Descubrí entonces que en las zonas de violencia los contratos de construcción no eran tan solicitados porque nadie quería ir y empecé a hacer obras. Me fue bien económicamente, aunque era difícil.

¿Y la segunda?

Que me di cuenta de que soy un buen administrador. Yo empecé como contratista y luego fui empresario. Casi todos esos negocios eran rentables, pero hay un área donde obtuve la mayor parte de mis ganancias: en el mejoramiento de la administración o la organización de empresas. Por ejemplo, adquirí el Banco de Occidente en 1971, aunque en esa época estaba a punto de ser intervenido por las autoridades. Cuatro años después, ese banco era uno de los más rentables del país. Años después, en el Banco de Bogotá triplicamos, en los primeros doce meses de operarlo, las utilidades acumuladas de los cinco ejercicios previos, cuando estuvo en manos del Gobierno. Y eran los mismos trabajadores, el mismo equipo humano, pero con dirección, con estímulos, dándoles una mejor paga. Es que gratis nadie trabaja. A la gente hay que pagarle muy bien y exigirle, por supuesto.

¿Entonces su éxito estuvo en la capacidad de gestión?

Ahí es donde hay un montón de plata. Porque es la verdadera valorización, que no es la especulativa sino la que es consecuencia del trabajo. El valor agregado real y mostrable.

Volviendo atrás, a usted le gustó la independencia desde muy joven...

Sí, empecé a llevar una contabilidad antes de cumplir los 15 años, porque ya había estudiado la materia. Podía trabajar los sábados desde mi casa sin descuidar el colegio. Me mandaban los comprobantes de pago de un negocio de maderas, yo los registraba, hacía los balances y me enviaban un cheque mensual.

¿Y a partir de ese momento nunca dejó de trabajar?

No, nunca.

¿Incluso estudiando ingeniería civil?

Sí, trabajaba medio tiempo o algo parecido. Hacía declaraciones de renta, llevaba contabilidades y me iba bien.

Usted tuvo el mejor examen de admisión a la Universidad Nacional. ¿Cómo le fue?

Muy bien. Ocupé el primer puesto y me becaron. Igual, pagaba muy poco, 40 pesos de la época, pero por eso adoro a esa Universidad.

¿Y la ingeniería?

En cuarto año empecé a trabajar como ayudante en Cuéllar Serrano Gómez. Y eso sí que me sirvió para aprender. Tuve que ver con muchas obras, incluyendo la del Centro Nariño en Bogotá

Por esa época tuvo usted su primer teodolito...

Así es. Fue un regalo de mi papá y con él hice la medición de algunas fincas. Pero lo que más me impresionó fue que eso de salir al campo me hizo sentir la violencia del país. Estuve en varios municipios de Boyacá en 1951, en donde fui testigo de la polarización y el ánimo de sacar a personas para robarles las fincas. Eran desplazados, con la excusa de la política, pero con el objetivo de que alguien les quería robar lo poco que tenían. Tristemente, es el mismo esquema de épocas recientes.

Ya graduado de ingeniero, ¿qué fue lo primero que hizo cuando decidió ser contratista?

Con las prestaciones de la compañía que se liquidó, que eran como 10.000 pesos, me compré una camioneta Chevrolet, que fue mi primer carro.

¿Era una herramienta de trabajo?

La principal. Yo no me bajaba de esa camioneta y viajaba a zonas muy difíciles. Hice el acueducto de Alvarado en Tolima, en donde había tenido lugar una matanza de policías terrible.

¿Y en qué momento decidió pasarse de construir en la Colombia rural a la ciudad?

Apenas acumulé experiencia y pude llenar la hoja de vida.

¿Ya pensaba en construir vivienda o eso se fue dando?

No. Me presenté a una convocatoria de la Caja de Vivienda Popular y me dieron algunos contratos. Después de ver cómo era ese proceso y cuáles eran los costos, me di cuenta de que era un buen negocio.

Además, cambió la regulación...

Así es. Fue el mismo año que fundamos la Organización Luis Carlos Sarmiento Angulo. El cambio fue el acuerdo 6 de 1959 del Concejo de Bogotá, una de esas modificaciones regulatorias que pasaron casi sin ruido, pero que abrieron un espacio inmenso. Establecía que quienes presentaran un plan para construir una urbanización podían aplicar para la licencia de construcción al mismo tiempo. Eso fue una revolución. Fui de los primeros en utilizar ese acuerdo. Compré mi primer terreno en 1961 y empecé. Mi ciencia era comprar lotes muy grandes e irlos desarrollando.

¿Y desde entonces cuántas casas ha construido?

Cerca de 40.000 y solo en Bogotá. Por eso digo que al menos uno de cada 50 habitantes de la ciudad vive en una casa hecha por nosotros.

Cuando llega a un aeropuerto y le preguntan ¿Usted qué profesión tiene? ¿Qué dice?

Que soy ingeniero. Pero cuando me preguntan cuál es su actividad, menciono que soy banquero.

¿Cómo fue la evolución al sector financiero?

Así como empecé a enamorarme del negocio de la construcción, igual me pasó con los bancos. Es que el mayor limitante que yo tenía a la hora de construir era la financiación. Las entidades de esa época veían con terror que una persona como yo llegara a solicitar un crédito para mis clientes.

¿Qué pasó?

Que en un razonamiento simplista me di cuenta de que necesitaba comprar un banco, porque, además, me encantaba el negocio: es administración y buena contabilidad. La dificultad es que cuando quise hacerlo, no había más licencias disponibles ni se podía fundar uno. Hasta que me encontré al Banco de Occidente, que estaba en las últimas.

¿Cuánto lo pensó?

Yo no he sido nunca muy demorado para pensar.

¿Qué hizo?

Les ofrecí a los accionistas siete pesos por acciones que tenían un valor nominal de 10 pesos. Pero no llegué al 50 por ciento, sino al 43 por ciento. Entonces comencé a ofrecer más, hasta llegar a 14 pesos. En ese momento alguien me vendió para lograr la mayoría del 50.

¿Y el resto de las acciones?

Pues volví a ofrecer siete pesos. A los cuatro meses ya tenía el 80 por ciento del Banco.

¿Qué siguió?

La fundación de la Corporación de Ahorro y Vivienda Las Villas, aunque ya tenía una compañía de seguros. En total he fundado o comprado más de una docena de entidades financieras.

¿Ha hecho negocios malos?

Sí, como todos.

¿Muy malos?

No. Pero he tenido pérdidas ocasionales o he ganado poquito. La clave la ha dicho Uribe mil veces: trabajar, trabajar y trabajar. La otra, la gestión administrativa. Esa es la diferencia entre ganar y perder.

¿La crisis de 1982 lo golpeó?

Muchísimo. Yo acababa de hacer la inversión en el Banco de Bogotá y otras cosas. Ese fue un momento muy difícil, pero me dediqué todavía más a la construcción y eso nos sacó adelante. Llegamos a construir 4.000 casas en un año.

¿Y la de 1999?

Ese sí fue un momento muy difícil.

¿Perdió el sueño en esos días?

Por lo general, tengo un problema de sueño espantoso. Pero en esos días dormí mucho menos. Tuve que trabajar durante dos o tres años mucho más que cuando empecé a construir la compañía. Fue necesario ponerles capital a los bancos para apoyarlos, lo cual en plata de hoy sería algo cercano a los 2 billones de pesos. Vendí Cementos Samper y una compañía celular para sacar recursos, pero eso nos dio una confianza casi ilimitada del público.

¿Fue parecido a lo que sucedió recientemente en Estados Unidos?

Mucho. Con la diferencia de que aquí el Gobierno no suministró la ayuda que era necesaria.

¿Qué opinión le merecen las críticas a los banqueros que causaron buena parte de los problemas actuales?

Que son merecidas. Hubo muchos episodios de verdadera irresponsabilidad que yo censuro totalmente, porque tuvieron que ver más con especulación que con el negocio financiero. Pero fíjese que en Colombia no hubo nada de eso. Los juiciosos fuimos los de aquí.

Pero a los bancos se les ataca...

Cierto. Pero esos ataques serían mucho más fuertes si estuviéramos débiles y el dinero del público estuviera en riesgo. Yo creo que en general los colombianos han podido constatar el avance de la banca en las últimas décadas y agradece el buen servicio que prestamos. A nadie le caen en gracia ciertos costos, pero son inevitables. Además, no solo estamos totalmente regulados, sino que pagamos una buena cantidad de impuestos y nuestro nivel de utilidades es comparable al de otros negocios.

¿Ahora trabaja menos que antes?

Tengo una jornada de trabajo de unas 14 horas. Me levanto a las siete y estoy en la oficina hasta las nueve o las nueve y media de la noche. He superado la angustia, el estrés y la desesperación del triunfo. Saber si uno va a tener éxito.

¿Qué quería originalmente?

Uno empieza con una empresa pensando en tener un futuro asegurado para uno y su familia. Ya después uno empieza a sentirse como miembro de una comunidad, de un país y a sentir la responsabilidad de ayudar y servir.

¿Le importa que digan que usted es el hombre más rico de Colombia?

No me gusta tanto. Le aumenta a uno exageradamente el riesgo. Eso no es bueno, pero no hay manera de ocultarlo.

¿Le agobia la seguridad?

Soy muy cuidadoso. Me la tomo con mucha seriedad: la mía y la de mi familia. Es cierto que la privacidad y la libertad se pierden notablemente. Y uno vive sujeto a cosas que no son agradables, pero se acostumbra. A veces, cuando viajo, me doy el gusto de salir sin guardaespaldas que me acompañen.

Dicen quienes lo conocen que su único gusto es el avión privado...

En el sentido de salido de lo normal, sí. Pero me gusta viajar, distraerme e ir de vez en cuando a buenos hoteles. En general soy una persona muy familiar, con cinco hijos y diez nietos.

¿Hoy en día les dedica más tiempo a los temas de filantropía?

Definitivamente. Por ejemplo, a Colfuturo le dedico mucho. También a Anif. Si puedo hacer aportes, los hago.

Le gusta hacer uno o dos discursos grandes al año....

Sobre temas nacionales. Claro, si tuvieran que ver con lo que yo hago perderían credibilidad. Creo que logro un buen impacto en la opinión con eso. Y creo que son provechosos para el país. Es que aquí se piensa que los únicos que pueden hablar del manejo estatal son los políticos. ¡Qué va! Los particulares no solo tenemos, sino que estamos obligados a hacerlo.

¿Por qué el tema de la educación?

Porque incide totalmente en el bienestar del país. Además, yo soy un producto de la educación pública.

¿Es cierto que su gran frustración fue no hacer un postgrado?

Así es. Estaba aceptado en Harvard y no me pude ir. Eso me quedó faltando y sobre todo perfeccionar mi inglés. Me hubiera encantado tener esa experiencia universitaria.

¿Cómo ve a Colombia?

Le veo un gran futuro y creo que el progreso del país en estos 50 años es formidable. El ingreso per cápita más o menos se ha triplicado. El analfabetismo esta prácticamente erradicado. La infraestructura, comparada con la que teníamos antes, ha mejorado muchísimo. Nos falta mucho, sin duda, pero hemos avanzado bastante.

¿Hemos sido mal gobernados?

Algunas veces hemos sido deficientemente gobernados. En ese caso, se habrían podido hacer mejor las cosas.

¿Se considera uribista?

Definitivamente.

¿Reeleccionista?

Lo he dicho públicamente, porque yo he vivido todos los gobiernos anteriores y he visto el enorme problema con la guerrilla y la violencia. La primera vez que se quebró la tendencia de ese problema fue en el presente gobierno.

¿Y no le preocupa el choque de instituciones?

Sí me preocupa. Pero tiemblo al pensar que podríamos volver atrás. Es que llevo 60 años viendo la violencia y Uribe ya demostró que puede hacer la tarea. Ahora, hay que respetar la institucionalidad y la legalidad. No puede haber transacciones en eso.

¿Es optimista sobre el país?

Abierta y decididamente optimista.

¿Qué les dice a los jóvenes que se le acercan a pedirle consejo?

Que aprovechen el tiempo y trabajen por su país. Que aquí están las oportunidades. Si yo no dijera eso, sería un contrasentido.

RICARDO ÁVILA
Director Portafolio

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