‘Malaise’

Francia, la bella, la dulce, se descose. El incompresible desempleo del 10 por ciento (23 por ciento entre los menores de 26 años) es el coral muerto que emerge de las aguas del arrecife. Debajo existe una sociedad semi-petrificada cuyos pólipos se quiebran. Prospera, sí; rica, sí; autosatisfecha, también; capaz de prolongar su bienestar en el tiempo, quién sabe. Un Gobierno tímido, con gran gobernabilidad en el parlamento y poca en las calles, intenta benévolas reformas. El desencanto se vuelca a la rue, para que mientras más cambien las cosas, más sean lo mismo.

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marzo 31 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-03-31

La pluma que desequilibra ahora la balanza es la ley aprobada bajo los auspicios de Dominique de Villepin, primer ministro. Intenta combatir el desempleo autorizando la libre contratación, sin estabilidad obligatoria -durante dos años- de los jóvenes que ingresan al mercado de trabajo. Ha sido recibida como el abrir de una fisura para desmontar el acolchado, y crecientemente incosteable, esquema de protección para la fuerza laboral francesa, presente y pasada. Con los estudiantes universitarios como festiva punta de lanza y los oportunistas y poderosísimos sindicatos de Estado aportando el músculo y la organización, la oposición a la ley ha movilizado fuerzas dispersas, desde jubilados hasta, soterradamente, Nicolas Sarkozy, ministro del Interior. Este último compite con Villepin por ser próximamente el as del centro-derecha como candidato a la presidencia de la Republique, contra una izquierda sin timón. El melodrama presidencial como telón de fondo, mientras Jacques Chirac rumia en silencio su propio desvanecer, complica la película. ¡La protesta hierve! Pero que nadie confunda ni los contusos, ni los arrestados por los duros de las fuerzas de seguridad pública (policial) con una revolución. Los franceses andan manifestando por miedo, miedo al cambio. En mayo del 1968, los estudiantes agitaban la banderas de la quimera, ahora salen a tirar piedras por el ‘bollo’, dizque en aras del progreso colectivo, sinónimo de estagnación y de los estólidos ideales de la pequeña burguesía. Los estudiantes ya no sueñan, duermen el sueño de los despreocupados. Se mueven para quedarse quietos. Los tecnócratas, egresados de las grandes escuelas, donde se forma la élite gala, conocen perfectamente las reformas indispensables para encausar de nuevo la enorme creatividad francesa. Yacen engavetadas. Van meses-años de intentos honestos por aplicar correctivos, ahogados por marejadas de intereses especiales que marchan al tambor de la protesta del día. El inconformismo no es sólo en lo económico. También la educación pública, laica y gratuita, símbolo de la movilidad social francesa y receptáculo de los ideales republicanos, está en crisis; profundiza las diferencias de clase en vez de amortiguarlas. La cobertura de salud universal está embrollada en un dédalo de manías burocráticas que desesperan a médicos y pacientes. La justicia, otro símbolo de la igualdad ciudadana ante la ley, ha quedado mal herida por el pedófilo affaire de Outreau , de donde sale mal parado el sistema napoleónico de jueces de instrucción. Se estudia el paso a un sistema acusatorio de corte colombiano (irónico viniendo de los maestros en derecho). Y por último, el peso de un Estado hipertrofiado estorba. Mientras divisaba la aproximación de los navíos franceses a su reducto en el fuerte de San Luis de Bocachica en 1697, Don Sancho Jimeno intuía que esos piratas iban a trastornar su mundo cartagenero, socavado por el inmovilismo de los últimos Austrias. Su rey enfermo había congelado la sociedad española y la conducía al abismo. En la Francia insegura no se vislumbra un Charles De Gaulle que, inspirándose en las glorias del pasado, empuje la nación a encontrar un sitial justo en el concierto universal de mañana, antes de que el BRIC (Brasil, Rusia, India y China) la arrolle. El viejo enemigo, Alemania, ha sido domesticado dentro de la Unión Europea, pero Francia se acomoda mal a verse sustituida en preeminencias por los Estados Unidos, que ahora odian con amor, mientras lo imitan por doquier excepto en adoptar la libre empresa -motor del dinamismo gringo-, a la que los mismos franceses dieron el más decidido impulso con la Revolución. Ariscos a la globalización, intentan aferrarse a un sistema insostenible que tiene algo de la antigua Unión Soviética, pero con eficaz gala, buen comer y sin la dictadura del proletariado. A Francia le tendrá que llegar su Perestroika. Mientras tanto ¡Vive La France y las papas fritas!

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