De paseo por el green

Son tan pocas las cosas que producen entusiasmo en este país, que quise vivir en carne propia la euforia nacional que ha generado Camilo Villegas. La cosa no era fácil: siempre me había parecido que el golf era una actividad elitista y aburridora, a la que le quedaba grande el apelativo de deporte. Por eso hice la tarea con juicio: me senté largas horas a ver las transmisiones de los torneos que ha jugado Villegas en las últimas semanas y estudié los artículos didácticos que han aparecido en la prensa nacional, para poder unirme a la pasión colectiva que ha suscitado el golf.

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marzo 31 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-03-31

Pero mis esfuerzos han sido vanos. Es evidente que Camilo Villegas es un muchacho talentoso, disciplinado y con hambre de triunfo (como diría William Vinasco), y todo eso hay que celebrarlo. Pero el golf... qué cosa tan aburridora. Mis jornadas de inducción me han servido para confirmar algunas de las percepciones que ya tenía, y para descubrir otras que han alejado cualquier posibilidad de convertirme en aficionado a esta actividad. Hablo de actividad a secas, porque me sigue pareciendo inadecuado llamar deporte a una disciplina en la que pueden triunfar unos personajes que exhiben unas barrigas propias de ganaderos retirados. No desconozco que tipos como Villegas y Tiger Woods son unos verdaderos atletas que dedican varias horas diarias al gimnasio y demuestran su poderío con unos portentosos drives, pero para ellos debe ser frustrante cultivar con tanto esmero la condición física para terminar disputando los primeros puestos con unos gorditos cachetones que parecen sacados de una comedia de la televisión gringa de los años setenta. Aclaro que me parece estupendo que cada cual haga con su abdomen lo que le plazca, sobre todo teniendo en cuenta que la buena comida es uno de los cinco placeres que hacen que valga la pena nuestro efímero paso por esta tierra. Pero que no me vengan a decir que una actividad en la que triunfan semejantes panzones es un deporte de alta competencia. Tal vez, la adiposidad de muchos golfistas tenga que ver con ese “andar cansino” (como diría Carlos Antonio Vélez) con el que recorren los campos: caminan como si les pesara la vida. Su falta de gracia se manifiesta hasta en su manera de celebrar: cuando el público los aplaude, saludan con un gesto tan displicente que sería mejor que no hicieran nada. ¿Acaso los descalifican si se emocionan? A todo eso se suma que el golf no es una actividad para ver por televisión. Una amiga golfista (sí, tengo amigos golfistas) me dice que la gracia de estar in situ es poder calcular la caída del green y ver cómo se pueden superar las dificultades que plantea. Pero en televisión las caídas no se alcanzan a percibir, y aunque los comentaristas hacen un esfuerzo para describir la situación, no es lo mismo oír que ver (eso cuando alcanza a oír algo, porque en las transmisiones de los torneos de Villegas hay un tal ‘Junior’ que no hace más que interrumpir a sus colegas). De esta manera, las transmisiones televisivas de golf resultan casi tan aburridas como las de la Fórmula Uno, que sólo producen emoción en la largada, la llegada y cuando un carro rebasa a otro, momentos que sumados no superan el uno por ciento del tiempo que dura una carrera. Le deseo muchos éxitos a Camilo Villegas en su carrera, porque sin duda se los merece. Yo por mi parte seguiré jugando squash, y viendo fútbol, béisbol y tenis en televisión.

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