La plebe sumisa

Cuando usted esté leyendo esta columna, más de la cuarta parte de la humanidad estará pendiente del matrimonio del príncipe Guillermo de Inglaterra y Kate Middleton.

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abril 29 de 2011 - 05:00 a.m.
2011-04-29

Todos los medios de comunicación han descrito hasta la saciedad, y con mayor conocimiento que el que yo tengo, los detalles de la fiesta, los regalos y el vestuario, incluido el del carnicero que le pesaba los cuartos de cadera a la nueva esposa en peores tiempos. Digo que con mayor conocimiento, pero no con mayor interés. Me resulta fascinante lo que sucede con esta celebración real, no por lo que pueda pasar con familias que entendieron demasiado tarde los riesgos genéticos de la endogamia, sino por los que están atentos al evento. Estamos ante un experimento social único, que revela la ignorancia de cerca de 2.000 millones de personas que observan las incidencias de un matrimonio ajeno como gamines restregando la nariz contra una vitrina. De la decadencia no se salva nadie: da vergüenza oír a ganadores de premios nacionales de periodismo diciendo que qué lástima que no puedan estar allá, pero que afortunadamente lo pueden ver por televisión. La estupidez no es que una multitud esté pendiente de un matrimonio, una institución anacrónica y deleznable. Eso es sólo una bobada. Tampoco está en que cientos de millones de personas estén atentas a lo que hacen las celebridades, simples mortales cuya única gracia está en que dichas personas sigan lo que ellos hacen. Eso configura una mera tontería. La estupidez es que en pleno siglo XXI tantos seres humanos, de todas las nacionalidades, estratos y condiciones, boten la baba por ver lo que hace la realeza. Eso demuestra que tantos años de revoluciones y levantamientos, tratados de filosofía política y evolución social, tanta carreta sobre la igualdad y la democracia, no han servido para que se supere el sometimiento a la monarquía, ese vergonzoso régimen político que se basa en que unos pocos son superiores al resto de la humanidad. No hay que olvidar que en la antigüedad los reyes eran percibidos como elegidos por una divinidad (ni siquiera hay que remontarse a tiempos tan antiguos: en 1956 un sondeo reveló que la tercera parte de los británicos creía que la reina Isabel había sido elegida por Dios). Como si eso no bastara, los reyes transmiten la autoridad a sus herederos por el simple derecho de sangre que otorga el nacimiento. ¿Para qué tanto embeleco de igualdad y democracia?: estamos hablando de regímenes autoritarios cuyo poder se legitima por herencia, muy convenientes para la realeza, pero infames para el resto de la humanidad. Está bien que los muebles viejos de la historia hagan lo que quieran con sus vidas, pero es francamente decadente que el resto de la humanidad esté pendiente de los rezagos de sistemas que históricamente encarnaron el autoritarismo y la exclusión. helgon

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