Una pregunta incómoda

Horacio Serpa, se preguntaba en una entrevista: ¿Qué tal que en Colombia se duplicara el salario mínimo en cuatro años? Diversos editoriales y columnas de opinión han calificado al pre-candidato liberal con los epítetos de siempre: Populista, irresponsable.

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noviembre 30 de 2005 - 05:00 a.m.
2005-11-30

El presidente de Anif llegó a decir que todos los políticos en campaña son irresponsables. Pero, más allá de los porcentajes, la pregunta de Serpa debiera convocar una buena deliberación pública sobre la realidad colombiana y las maneras de corregirla. Los técnicos del Gobierno, y sus amigos políticos, proponen que el alza del salario mínimo para el año entrante sea igual a la meta de inflación del Banco de la República, más el aumento porcentual de la ‘productividad’. Si usted estudia el último informe sobre inflación del Banco de la República, encuentra que ese documento está lleno de referencias a ‘diversos indicadores sectoriales’ cifras sujetas a revisión, sugerencias sobre el posible aumento de la ‘productividad’. El Banco no se compromete con cifra alguna, pero el Ministro de Hacienda dice que el número mágico está entre el 1 y el 1,5 por ciento. Ya imagino al presidente Uribe, por allá a finales de diciembre, indicando que su Gobierno acepta que el aumento de la productividad este año fue por ahí del 2 o del 2,5 por ciento, en aras de la paz laboral. Vaya precisión científica. La trágica moda de algunos economistas consiste en decir que en esta época de globalización acelerada la fórmula del progreso consiste en templar las riendas de los salarios para poder ser competitivos internacionalmente. El salario es un costo. Punto. Pero el salario es también la fuente de la capacidad de compra de millones de ciudadanos. La base del mercado interno. Según el DNP, "el país deberá estar integrado al mundo, pues el mercado interno es demasiado pequeño para absorber el potencial de producción agropecuaria, minera, manufacturera, de servicios y de talento humano". El viejo Aristóteles diría que aquí hay una petición de principio: como somos tan pobres, entonces el mercado interno es muy pequeño. Pero el mercado interno sería muy dinámico, si no fuéramos tan pobres. El argumento es circular. Según el Plan Maestro de Abastecimiento del Distrito Capital, hoy el consumo promedio de calorías y proteínas por persona en Bogotá es un poco menos de la mitad del consumo deseable. En la situación actual, dicho consumo vale aproximadamente el 16 por ciento de un salario mínimo. Llegar a lo deseable significaría que el consumo de alimentos básicos de una persona se llevaría el 31 por ciento de un salario mínimo. Teniendo en cuenta que la familia bogotana promedio está compuesta por cuatro personas, el consumo familiar deseable costaría más del 120 por ciento de un salario mínimo actual. Por otra parte, si los bogotanos estuvieran hoy día consumiendo la dosis deseable de proteínas y calorías, se requerirían más de 200 mil hectáreas adicionales de cultivos de alimentos para satisfacer esa demanda. Hay, pues, un gran mercado interno potencial, solamente de bienes alimenticios. Para ello, hay que tender el puente entre las necesidades y los recursos disponibles. Sin duda, una economía de alto rendimiento ha de estar profundamente vinculada a la economía global: No hay economía exitosa que no sea altamente exportadora. Pero las potencialidades del mercado interno son igualmente inmensas. Es obvio que Colombia se metería en un gran lío si sus gobernantes pretendieran erradicar la pobreza por decreto, pero es que el debate no está en los porcentajes, sino en la visión correcta de las posibilidades del desarrollo colombiano, que no residen solamente en el mercado externo. La pregunta de Serpa merece una respuesta menos arrogante.

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