Yo quisiera...

Una investigadora bogotana recogió en un libro lo que sueñan los niños de todas las localidades de la capital.

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marzo 30 de 2007 - 05:00 a.m.
2007-03-30

 MARÍA ANTONIA, en la Plaza de Usaquén, sueña con botar toda la plata para ayudar a los más pobres, pero también en comprarse un novio en una tienda de besos; Luis Miguel, del barrio Veinte de Julio, quiere que le regalen una bicicleta a su papá porque él y su hermana ya tienen una y Edwin David quiere que el Divino Niño lo cuide  todas las noches; Ernive, de la Candelaria, quiere ser cantante de Metallica y tatuarse en el brazo a toda su familia; Wilmer, del barrio Patio Bonito desea cantar canciones de religión, porque en su casa las oyen a todo volumen. Nary Yined, de Ciudad Bolívar, sueña con que su mamá vuelva a aparecer en casa; Lorena, en la Biblioteca El Tintal, quiere conocer esos países donde hablan otros idiomas y Wilmer Alonso, de la localidad de Sumapaz, cuando sea grande quiere hacer parte del ejército o del otro ejército.

Estos niños son de Bogotá y tienen entre 3 y 13 años. Todos respondieron a las preguntas de qué era un sueño y cuál era el suyo. El resultado, por supuesto, es variado. Para unos es un anhelo que concuerda con la lógica en la que se mueven y en la que viven: "quiero ser reina porque haría hasta plata". Para otros es un deseo en el que sigue cabiendo la inocencia: "quiero que un árbol tenga una puerta para yo entrar", y para otros más es una aspiración racional:"cuando yo sea grande quiero que mis papás no se mueran". Esa diversidad de voces y anhelos era la que buscaba su autora, Melba Escobar, quien ganó con esta investigación la beca del Ministerio de Cultura en la modalidad "Testimonio" en 1998. Ahora Icono Editores publicará el resultado con el título de Bogotá sueña, en la XX Feria del Libro de Bogotá, que se llevará a cabo del 19 de abril al 1 de mayo.

Cerca de 200 niños fueron entrevistados por la autora y fotografiados por Rodrigo Orrantia, para que al final algo más de 80 testimonios de las 20 localidades de Bogotá quedaran en la edición final del libro. "Ante la pregunta, pocos guardan silencio -cuenta Melba-. La imaginación se dispara y los miedos, los deseos, las necesidades y recuerdos salen de la palabra 'sueño' como sale el conejo del sombrero de un mago".

Para el escritor Ricardo Silva Romero, quien le escribió el prólogo, el libro resultó revelador. "Quien desea algo, así no espere ser un superhéroe cuando viejo, ha aceptado las reglas del juego -escribe-, ha reconocido que quien vive tiene en mente el día siguiente y quien sabe vivir lo deja todo para mañana".

Golpe de realidad

Los niños siempre reflejarán el entorno en el que viven. Habrá unos que deben jugar a ser más grandes que otros, esos que deben resolver problemas enormes como convertirse en cabeza de familia a los ocho años, y otros que todavía pueden soñar con muñecas tal como su edad se lo pediría. Todo eso puede ocurrir en un mismo lugar. Y es que en ciudades tan grandes como Bogotá, es fácil sentirse extranjero, pues el territorio conocido es muy limitado. "Uno no tiene nada que ir a hacer a Ciudad Bolívar, a Usme o a Bosa, porque no tiene ni familia, ni amigos ni trabajo allá, pero hacen parte de la misma ciudad, aunque son otras ciudades al mismo tiempo", cuenta Melba Escobar. Justamente por la necesidad de descubrir un poco esa urbe tan disímil y desconocida, encontró que, a pesar de las abismales diferencias entre unos y otros, muchos de los niños son muy parecidos y tienen más cosas en común de las que podría esperarse.

Por ejemplo, esa fantasía que representa el sueño está cada día más atada a la violencia. Mara Zorio, de ocho años y vive en Subachoque, cuenta que su pesadilla fue "que entraron unos ladrones a mi casa y empezaban a quitarnos todo".  Y Valeria Molina, de siete, del barrio la Aurora en Usme, sueña que su papá tiene una moto, pero que se matan todos por ir tantos en ella. Y peor aún: "Que un policía mata a mi papá por ir con tantos y por no entregarle la plata".

Muchos de ellos se reconocen en el miedo. Para Irene Vasco, escritora y tallerista de libros y temas infantiles, aunque la literatura infantil y los cuentos están plagados de historias dolorosas, el problema que viven los niños hoy es que ya no tienen cómo distinguir la experiencia real de la irreal. Por eso es tan importante alimentar su universo simbólico. Así, mientras antes les era fácil reconocer que brujas y demonios estaban en algún lugar y tiempos remotos porque desde allí eran relatados (Érase una vez... En un lugar muy lejano...), hoy la ficción se les cuela en su realidad y muchas veces ya no saben a quién admirar y a quién temerle. "La realidad es demasiado contundente y no hay alternativas porque nadie les cuenta, nadie les narra, nadie les lee, no hay adultos para acercarlos al arte, que es muy reparador y les da una salida -explica Vasco-. Además los padres también son víctimas de las mismas carencias, son personas maltratadas por el patrón o por el hambre". Esto se convierte, entonces, en un círculo vicioso de donde es difícil salir.

A pesar de ello, los niños siguen siendo niños e intentan de manera inconsciente luchar contra su aparente destino. Para eso escribió este libro Melba Escobar. "Tengo una nostalgia permanente de ese mundo perdido, de esa lucidez y espontaneidad que tienen los niños -cuenta-. Muchas veces pueden decir grandes verdades mejor que un adulto, y yo creo que me hace falta tener esa claridad, que la compartan conmigo, y alimentarnos todos un poco de eso".

Porque si sucede con muchos niños lo que le pasó a Lorena en la Biblioteca el Tintal, donde descubrió que le habría gustado nacer en la prehistoria para entender cómo funcionaba el mundo y estudiar todo eso que no comprende, no todo está perdido.

 

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