Reflexiones sobre populismo y democracia

La democracia en América Latina tiene, al parecer, síntomas de enfermedad. Los procesos políticos en Venezuela, Ecuador y Bolivia, y los acontecimientos que los han rodeado, arrojan una sombra de preocupación sobre la región.

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marzo 29 de 2007 - 05:00 a.m.
2007-03-29

Para algunos, se trata del resurgimiento del populismo en este continente; para otros, se trata de un proceso social favorable que busca que las personas marginadas sean tenidas en cuenta para la toma de decisiones políticas. Las reacciones ante estos procesos políticos no se han hecho esperar, y han tenido eco en nuestro país. Pero, ¿qué entendemos por populismo? En la actualidad existen dos respuestas a esta pregunta. La primera de ellas, de corte liberal clásico, considera que las políticas populistas son aquellas que se anuncian e implementan con el único propósito de darle gusto a la opinión mayoritaria desconociendo las consecuencias negativas que puedan producir. En cambio, la segunda de ellas, de corte republicano, considera que las políticas populistas son aquellas que además de gozar de la aprobación de la opinión mayoritaria, propician la inclusión de las personas marginadas de la sociedad y tienen en cuenta sus intereses en la toma de decisiones políticas. Si bien la primera definición es incompleta por ser demasiado sencilla, la segunda también presenta problemas. (De hecho difícilmente encontraremos en la realidad una política que cumpla con las tres características que la segunda definición plantea.) Si suponemos que la segunda definición de populismo es la más adecuada, encontramos que muchas políticas que son tildadas de populistas realmente no lo son. Esto se debe a que dichas políticas gozan de una gran aceptación social, a pesar de no favorecer la inclusión política ni favorecer los intereses de las personas marginadas. El establecimiento del salario mínimo es un buen ejemplo. Esta política encarece el costo de contratación laboral y por lo tanto lleva a que se contraten menos personas, lo cual fomenta, así sea parcialmente, el desempleo. Así mismo, el incremento del salario mínimo aumenta la competencia entre personas que tienen diferente preparación y experiencia, y por ello las personas más capacitadas desplazan paulatinamente todas las demás. Este paradójico antagonismo entre lo que comúnmente se llama populismo y lo que verdaderamente es populista debería ponernos a pensar sobre el peso que le debemos atribuir al respaldo ‘mayoritario’ o ‘popular’ de ciertas políticas en una democracia - un cuestionamiento más cercano al concepto de populismo que nos presenta la primera definición. Desde una perspectiva política republicana, en el extremo opuesto de las políticas populistas están las políticas tecnócratas. Estas parten del supuesto según el cual las decisiones políticas más importantes deben ser tomadas por una élite intelectual y no por la sociedad en general. Sin embargo, un lector cuidadoso se dará cuenta que de acuerdo con estas definiciones una decisión puede ser populista y tecnócrata a la vez. Si una política es adoptada por una élite intelectual, sin considerar las diferentes opiniones que existen en la sociedad, también puede ser aprobada por la opinión mayoritaria y favorecer la inclusión social y los intereses de las personas marginadas de la sociedad. De hecho, la aprobación popular y la falta de representatividad de quien adopta una política no son conceptos políticos mutuamente excluyentes. Parte del problema de los planteamientos republicanos es que conciben la democracia como algo que debe funcionar en términos de la opinión pública. Sin querer decir que ésta no es fundamental, una democracia que se precie de ser incluyente debe también mirar la efectividad de las políticas y no sólo su aprobación popular. PENSARLO DOS VECES Son los resultados que produce una política pública los que nos indican si realmente ésta fue incluyente y favoreció los intereses de los más marginados de la vida social. De hecho, una de las razones por las que la demo- cracia es tan valiosa es porque le permite a los ciudadanos usar sus votos no sólo como un mecanis- mo de expresión de preferencias, sino también como forma de castigar a los políticos que no cumplen sus promesas de implementar políticas socialmen- te deseables y exitosas. En el fondo, la verdadera cuestión es si realmente existe una ‘opinión ma- yoritaria’ que refleje la opinión de la mayoría de la sociedad, y aún, de ser así, si deberíamos someter- nos a ella sin pensarlo dos veces.

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