En Rionegro nada es propio

Cuando se cerraba el siglo XVIII, tres ciudades en Antioquia se disputaban el liderazgo. La más antigua, Santa Fe de Antioquia, tenía pocas opciones, no sólo por su situación marginal en la provincia sino por estar a orillas del Cauca, un río no navegable. Las otras dos, Rionegro y Medellín, estaban ambas en el corazón de la tierra antioqueña, muy cerca la una de la otra.

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abril 18 de 2007 - 05:00 a.m.
2007-04-18

Como se sabe bien, la Villa de Nuestra Señora de la Candelaria de Medellín despegó muy pronto y se convirtió en la ciudad industrial de Colombia. Pero ¿qué pasó con Santiago de Arma de Rionegro? ¿Fue la cercanía de aquella otra gran ciudad la que impidió su progreso? ¿O fue -acaso- su postura liberal, en medio de la Antioquia conservadora lo que le negó la oportunidad? Cuando Tomás Cipriano de Mosquera, que acababa de derrocar al presidente antioqueño por adopción Mariano Ospina Rodríguez, le quiso hacer un reconocimiento a este pueblo liberal, lo que hizo fue ayudarlo a hundir. Después de considerar a Cartagena y a Ibagué, el general caucano optó por convocar aquí, en Rionegro, su asamblea constituyente. Todos los grandes personajes de la política liberal de entonces -porque los conservadores no fueron invitados- se congregaron en el Valle de San Nicolás para escribir una constitución que no tiene paralelo, incluso hoy, siglo y medio después, por el radicalismo de sus ideas libertarias. El país, y Antioquia sobre todo, no estaban preparados para tanto. Entre los convencionistas de 1863 estuvieron todos los grandes nombres de entonces: Manuel Murillo Toro, Aquileo Parra, Salvador Camacho Roldán, Santiago Pérez, José María Rojas Garrido y Eustorgio Salgar, entre ellos. Allí triunfó el ‘Olimpo Radical’, la rama más liberal, y más federalista, del liberalismo. De esta reunión de notables nacieron los Estados Unidos de Colombia, conformados por los estados soberanos de Antioquia, Bolívar, Boyacá, Cauca, Cundinamarca, Magdalena, Panamá, Santander y Tolima. En los nueve estados el poder quedó, claro, en manos liberales. Pero Antioquia estaba insatisfecha y sus conservadores mayoritarios, encabezados por Pedro Justo Berrío, se tomaron el mando. Fue precisamente a un rionegrero, a Pascual Bravo, presidente del estado soberano de Antioquia, a quien derrotó Berrío en la batalla de Cascajo, en límites con Marinilla, para iniciar un decenio que es recordado en Antioquia tanto por su paz como por su progreso. De hecho, antes de la Convención, ya había tenido Rionegro otros papeles cruciales en la historia paisa. En 1813 Rionegro había lanzado el primer grito de independencia en Antioquia, meses antes de que lo hiciera su capital Santafé. Años antes de que la libertad estuviera de moda, en 1766, una mujer de Rionegro, doña Javiera Londoño, al liberar a sus esclavos se había convertido en la primera antiesclasvista de América. En esa misma línea, Juan del Corral, poco antes de su prematura muerte en Rionegro en 1814, había hecho de Antioquia el primer territorio de las repúblicas bolivarianas en conceder oficialmente la libertad de vientres. Nadie en Antioquia nacería esclavo; el país entero tomaría treinta años en seguir el ejemplo. Fuera del momposino Juan del Corral, hubo otro héroe infortunado en Rionegro, y fue -claro- José María Córdova, el valiente militar que pasó su infancia en las calles del pueblo y que murió en el vecino pueblo de Santuario, asesinado tras rebelarse a los deseos monárquicos de Bolívar. Hoy, el aeropuerto de Medellín (que realmente queda en Rionegro) lleva el nombre del héroe de Ayacucho. Por esos mismos años de la Convención nació en Rionegro -dónde más- uno de los maestros y pensadores más ilustres de Colombia, se trata de Baldomero Sanín Cano. “Enseñar -dijo un día, sabiamente- es dar por sentado, frente a inteligencias libres de prejuicios, que hay verdades permanentes. Es menester estar convencido de lo que se enseña para transmitirlo con probidad. Los que carecemos de esa terrible fuerza mental que es la convicción, vacilamos ante la idea de adquirir la obligación de transmitir nociones fatal y conocidamente transitorias”. No extraña que su carrera de pensador liberal haya llevado a don Baldomero lejos de los linderos paisas. Él, considerado el principal exponente de la crítica literaria en Colombia, representó a Colombia como cónsul en el Reino Unido, fue catedrático en Argentina, incluso fue rector de la Universidad del Cauca, en las tierras de Mosquera, quien fuera el opresor de los paisas. También nació en esta ciudad de Rionegro el destacado caricaturista de principios del siglo XX Ricardo Rendón, cuyo sombrero, atravesado por la bala suicida, se conserva en el museo de la Casa de la Convención. La habilidad crítica de don Baldomero y la rebeldía de Córdova se reflejan en las caricaturas mordaces de Rendón. Hoy, no hay mejor sitio para analizar a Rionegro que su parque principal. Poco queda del Rionegro colonial y, con su pobre desarrollo urbano y vial, tampoco tiene mucho del modernismo que una vez tanto luchó por defender. Está, allá al frente, la catedral de San Nicolás, a donde se trasladó la diócesis de Sonsón después de los terremotos que sacudieron a esa ciudad del sur de Antioquia en 1961 y 1962. Y si la diócesis no es propia, tampoco lo es la santa patrona que allí se venera, Nuestra Señora del Rosario de Arma, traída en 1783 de esa población caldense a la que Rionegro le quitó también su escudo de armas y se apropió incluso de su nombre de apóstol español. No son de aquí, entonces ni el aeropuerto, ni la diócesis, ni el escudo, ni la Santa Patrona. Lo único, quizás, que Rionegro tiene propio es su bandera, de encendido color rojo. Nefasta idea, en un departamento que siempre ha sido tan azul. Boyacá, Cauca, Cundinamarca, Magdalena, Panamá, Santander y Tolima. En los nueve estados el poder quedó, claro, en manos liberales. Pero Antioquia estaba insatisfecha y sus conservadores mayoritarios, encabezados por Pedro Justo Berrío, se tomaron el mando. Fue precisamente a un rionegrero, a Pascual Bravo, presidente del estado soberano de Antioquia, a quien derrotó Berrío en la batalla de Cascajo, en límites con Marinilla, para iniciar un decenio que es recordado en Antioquia tanto por su paz como por su progreso. De hecho, antes de la Convención, ya había tenido Rionegro otros papeles cruciales en la historia paisa. En 1813 Rionegro había lanzado el primer grito de independencia en Antioquia, meses antes de que lo hiciera su capital Santafé. Años antes de que la libertad estuviera de moda, en 1766, una mujer de Rionegro, doña Javiera Londoño, al liberar a sus esclavos se había convertido en la primera antiesclasvista de América. En esa misma línea, Juan del Corral, poco antes de su prematura muerte en Rionegro en 1814, había hecho de Antioquia el primer territorio de las repúblicas bolivarianas en conceder oficialmente la libertad de vientres. Nadie en Antioquia nacería esclavo; el país entero tomaría treinta años en seguir el ejemplo. Fuera del momposino Juan del Corral, hubo otro héroe infortunado en Rionegro, y fue -claro- José María Córdova, el valiente militar que pasó su infancia en las calles del pueblo y que murió en el vecino pueblo de Santuario, asesinado tras rebelarse a los deseos monárquicos de Bolívar. Hoy, el aeropuerto de Medellín (que realmente queda en Rionegro) lleva el nombre del hér

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