Sabios incrédulos

Colombia crece dos trimestres consecutivos al 8 por ciento y un coro de sabios incrédulos proclama que ese ritmo es insostenible. Puede ser. Pero irrita que durante el último lustro cada buena noticia haya ido acompañada por algún calificativo para disminuirle su tinte positivo. Afortunadamente, el optimismo de los colombianos, reflejado en el empuje de la demanda agregada, supera el gemir de los agoreros. Cómo cuesta reconocer aciertos del Gobierno Uribe.

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junio 29 de 2007 - 05:00 a.m.
2007-06-29

El revuelto de las preferencias políticas de los sabios clásicos con la deprimente ciencia económica es la receta del pesimismo. Los hechos tienden a dejarlos fríos sobre sus pedestales teóricos. Para ellos el que la China, Irlanda y Estonia, países de antecedentes culturales muy diversos y con núcleos de población que van de un millón a mil doscientos millones de habitantes, hayan crecido consistentemente durante años por encima del 8 por ciento constituye una aberración estadística de la que no hay nada que aprender. Pero un observador desprevenido concluiría más bien que se han roto paradigmas y que vale la penas indagar si hay por ahí algo que convenga criollizar. Empiécese con los brotes de inflación. La teoría postula que el recalentamiento de la economía se da cuando escasea y sube de precio uno de los factores de producción, generalmente el factor trabajo. Al encarecerse éste suben los costos y por ende los precios. La respuesta clásica es frenar la demanda agregada vía el costo del dinero (intereses). Sin embargo, con la globalización la disponibilidad de mano y de los otros recursos de producción se ha universalizado. Cuellos de botella en país no significan necesariamente que los precios suban, como pueden constatarlo las amas de casa que hacen compras procedentes de la China. Curioso que el recalentamiento inflacionario reciente, que el Banco de la República combate como en Cartagena lo hiciera don Sancho Jimeno contra los franceses en 1697, tenga su reconocido origen en la reducción de la oferta de alimentos por el fenómeno del ‘Niño’ y no en los no transables. De ser así, importaciones agrícolas podrían ser más eficaces para contener la inflación que el encarecimiento de los créditos al consumidor, con su efecto negativo sobre el crecimiento. No se trata de exponer aquí revolucionarios planteamientos. El objetivo modesto es pellizcar paradigmas para que los responsables de diseñar la política económica en Colombia se desprendan un poco del libro de texto y acojan las exitosas experiencias de otras latitudes. Por ejemplo, en un modelo general de equilibrio se sabe que casi siempre es necesario sacrificar un resultado para conseguir otro, pero en un gana-gana las importaciones agrícolas para combatir la inflación aumentan el déficit de la cuenta corriente, que es justamente lo que se busca para que el dólar ¡oh milagro! se devalúe. No les falta razón en algunos aspectos a los pesimistas que ven al país sin las bases para crecer en serio. Señalan que hay que encarar deficiencias estructurales. La guerrilla resta quizá dos puntos anuales, al crecimiento del PIB. Los entendidos dicen que el ingreso per cápita sería 50 por cinto más alto sin la subversión. Flaco servicio han estado haciendo las Farc a los pobres de Colombia. También es cierto que el desarrollo de la infraestructura de transporte es apenas mejor que en la paupérrima Africa Ecuatorial. Sería fácil de resolver: hay mucho capital privado disponible para concesiones de toda índole, pero se han perdido cinco años por incuria institucional en el Ministerio de Transporte. El Presidente podría resolver ese escollo de un plumazo. Y por último una reforma tributaria por año, cada cual peor y entregada a intereses especiales, no es el caldo de cultivo para que la microeconomía, motor del desarrollo, adquiera confianza y empuje. El 8 por ciento de crecimiento será sostenible cuando el coro de los sabios se convenza que, como se está dando en muchas partes, el equilibrio fiscal se obtiene rebajando los impuestos. Ex ministro. Historiador "El revuelto de las preferencias políticas de los sabios clásicos con la deprimente ciencia económica es la receta del pesimismo”.

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