San Basilio y la cultura palenquera

Está bien. A San Basilio de Palenque le falta mucho para alcanzar a figurar entre las primeras cien ciudades de Colombia ya sea por su población, por su extensión territorial, o por casi cualquier otro indicador económico o demográfico. Este caserío, a 70 kilómetros de Cartagena, no sólo es diminuto, sino extremadamente pobre. Su hijo más reconocido, el boxeador Antonio Cervantes, el hoy venido a menos ‘Kid Pambelé’, apenas sí consiguió que le trajeran a su pueblo la corriente eléctrica en 1974. Su fama efímera de campeón mundial no alcanzó, sin embargo, para pavimentar ese tramo final de la carretera, una trocha de aquellas que en un buen día de lluvias alterna entre polvorienta y cenagosa. Y todas sus calles siguen siendo de tierra.

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noviembre 30 de 2005 - 05:00 a.m.
2005-11-30

Pero así como la biodiversidad de nuestros ecosistemas atrae a biólogos de todo el planeta, lo que ha atraído a la intelectualidad criolla y foránea a San Basilio es su riqueza cultural. Por algo este pueblo ha logrado, junto con el Carnaval de Barranquilla el reconocimiento como patrimonio inmaterial de la humanidad. Es así como la lengua palenquera, con su gramática criolla de hace siglos, y su mezcla de castellano arcaico y léxico africano, ha sido considerada "reliquia lingüística de América" por el reconocido lingüista Carlos Patiño Rosselli. Pero claro, no se puede esperar que una consideración académica como ésa cambie de un día para otro la percepción que tienen en toda la región. Para esa gran mayoría, el dejo peculiar de la entonación de los palenqueros es un defecto en el habla. El lenguaje palenquero es, para los no conocedores, un ‘mal castellano’. Con las tradiciones musicales pasa otro tanto. Con la arremetida de la música comercial, desde el vallenato hasta la champeta, sufrieron mucho los tambores palenqueros y el ‘baile e mueto’ (así se escribe en la grafía de los lingüistas), ese rítmico lamento de celebración luctuosa que acompaña desde hace siglos las tradiciones fúnebres. No es de extrañarse que para conseguir las grabaciones del Sexteto Tabalá, el más famoso de sus grupos musicales, haya que buscarlas bajo un sello francés. San Basilio no fue el primero, ni el único reducto de negros cimarrones en Colombia. Hubo palenques en Guayabal de Síquima y en Tocaima, en lo que hoy es Cundinamarca, y muchos más en las orillas de los ríos Magdalena, Cauca, San Jorge, Nechí y Patía. Tal vez el más famoso fue el palenque de La Matuna, cerca de la ciénaga del mismo nombre, hoy conectada con el canal del Dique. La Matuna floreció en el siglo XVII, el ‘siglo del terror’ en Cartagena. La población negra de la ciudad superaba a la población blanca en una proporción de seis a uno. Y aunque muchos aceptaban pacíficamente la sumisión de la esclavitud, muchos otros rompían sus ataduras y optaban por el cimarronaje. En esas épocas llegaban a la ciudad 15 a 20 barcos negreros cada año, con 200 a 300 esclavos cada uno. Luego de ser marcados en el pecho con fuego, eran vendidos como mercancía valiosa. El padre Alonso de Sandoval, quien habría de ser maestro y preceptor de san Pedro Claver decía: "Pasan tanto trabajo y en las cadenas aherrojadas tanta miseria y desventura, y el maltratamiento de comida, bebidas y posadías es tan malo, dales tanta tristeza y melancolía, que vienen a morir el tercio en la navegación, que dura más de dos meses; tan apretados, tan sucios y tan maltratados, que me certifican los mismos que los traen, que vienen de seis en seis, con argollas por los cuellos y de dos en dos con los grillos en los pies, de modo que de pies a cabezas vienen aprisionados debajo de cubiertas, cerrados por de fuera, do no ven sol ni luna, que no hay español que se atreva a poner la cabeza al escotillón sin marearse, ni a perseverar dentro una hora sin riesgo de grave enfermedad, tal la hediondez, apretura y miseria de aquel lugar." Muy temprano en ese siglo XVII, en 1608, ocurrió en Cartagena la primera insurrección de esclavos africanos en el Nuevo Reino de Granada. Comandados por Benkos Bihojó (también conocido como Domingo Bihojó) un grupo de negros huyó y fundaron varios fuertes protegidos por empalizadas, que los españoles llamarían palenques. En 1621 Bihojó fue capturado y ahorcado. La persecución de negros cimarrones fue encarnizada, y crueles los castigos por rebeldía. Es bien sabido que el cabildo de Cartagena contravino muchas veces las ordenanzas de Carlos V, que incluían la prohibición de "cortarles las partes que honestamente no se pueden nombrar". En la plaza principal de San Basilio hoy se encuentra el monumento a Benkos Bihojó, rompiendo sus cadenas. Y aunque el poblado insiste en que Bihojó fue su fundador, eso no fue así. El nacimiento oficial del poblado ocurrió mucho más tarde, en 1713, cuando se llegó a un acuerdo entre los palenqueros y el obispo Antonio María Cassiani. Fue solo entonces que el sitio adoptó el nombre de San Basilio. Borges es enfático: la culpa de todo la tiene fray Bartolomé de las Casas. Este sacerdote dominico es reconocido por su papel como defensor de los indígenas ante la corte del emperador Carlos V. Pero fue él, sin quererlo, con las Leyes Nuevas promulgadas en 1542, quien abrió la puerta para el tráfico masivo de esclavos africanos. No hay fin que justifique los medios, dicen los eticistas. No puede uno justificar los siglos de esclavitud con la riqueza que las culturas africanas le trajeron al Caribe y a toda América. Caramba, pero el ritmo sincopado de los tambores y la marímbula del Sexteto Tabalá casi que me hacen dudar de ese digno precepto. música comercial, desde el vallenato hasta la champeta, sufrieron mucho los tambores palenqueros y el ‘baile e mueto’ (así se escribe en la grafía de los lingüistas), ese rítmico lamento de celebración luctuosa que acompaña desde hace siglos las tradiciones fúnebres. No es de extrañarse que para conseguir las grabaciones del Sexteto Tabalá, el más famoso de sus grupos musicales, haya que buscarlas bajo un sello francés. San Basilio no fue el primero, ni el único reducto de negros cimarrones en Colombia. Hubo palenques en Guayabal de Síquima y en Tocaima, en lo que hoy es Cundinamarca, y muchos más en las orillas de los ríos Magdalena, Cauca, San Jorge, Nechí y Patía. Tal vez el más famoso fue el palenque de La Matuna, cerca de la ciénaga del mismo nombre, hoy conectada con el canal del Dique. La Matuna floreció en el siglo XVII, el ‘siglo del terror’ en Cartagena. La población negra de la ciudad superaba a la población blanca en

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