San José de Guasimal, Valle de Cúcuta

En 1733, en ceremonia que presidió el alcalde ordinario de la vecina ciudad de Pamplona, la octogenaria Juana Rangel de Cuéllar formalizó la donación de unos terrenos situados a orillas del río Pamplonita. Sin saberlo, doña Juana se convertía así en la única mujer fundadora de una de las grandes ciudades colombianas. Aunque el valle ya se conocía con el nombre indígena de Cúcuta, el pueblo en sí fue bautizado San José de Guasimal. En 135 cristianos estima el historiador Luis Febres-Cordero la población del lugar.

POR:
noviembre 01 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-11-01

Sesenta años más tarde, cuando a través del virrey José de Ezpeleta el rey Carlos IV le otorgó el profético título de “muy noble, valerosa y leal villa de San José de Guasimal, valle de Cúcuta” la ciudad ya tenía siete cuadras edificadas de oriente a occidente y cinco de norte a sur. Toda esta región que bañan los ríos Zulia, Táchira, Pamplonita y Catatumbo fue un día territorio motilón, una etnia indígena de reconocida bravura. Sebastián Guillén, a quien cabe aquí rescatar del olvido, había vivido entre los motilones y conocía sus costumbres. Pues este hombre se hizo el largo viaje hasta la capital del virreinato para proponerle a don Manuel Guirior una novedosa forma de reducir a esta tribu legendariamente indómita. Su plan consistía en proporcionarles herramientas e instrumentos de labranza, enseñándoles a cultivar la tierra y a negociar luego sus productos. Hoy lo llamaríamos todo un plan de sustitución. Sólo que éste sí funcionó. En cédula real fechada en Aranjuez en 1775 el Rey entusiasmado afirmó: “he resuelto que para proseguir la pacificación, reducción y población de los indios motilones se continúe la exacción de medio real por cada millar de cacao que se extraiga en la provincia de Maracaibo”. Mire usted: un 5 x 1.000 del siglo XVIII, y no precisamente para salvar la banca. Y si Juana Rangel y Sebastián Guillén no alcanzan a clasificar para los textos convencionales de historia, hay otro personaje de esta vieja Cúcuta que muchos historiadores prefieren borrar de adrede. Se trata del capuchino fray Pedro Corella. El padre Corella acababa de oficiar la misa aquel domingo 28 de febrero de 1813 en que Bolívar entró triunfante a Cúcuta, a punto de iniciar la campaña admirable que lo consagraría al llevarlo victorioso a su natal Caracas. Un convencido realista, Corella predicaba desde el púlpito la lealtad a Dios y a la Corona. Bolívar lo mandó traer a su presencia y, viendo en él un obstáculo a sus sueños de gloria lo hizo poner preso y ordenó llevarlo a Tunja. Dos años más tarde, ahora en Honda y en la víspera de su ejecución por enemigo de la causa patriota, Bolívar visitó en su celda al sacerdote; y -dicen- salió enfurecido de esta entrevista. Según algún testigo blandió su sable en contra del cura indefenso que hasta el último momento lo tachó de apóstata. Al amanecer del día siguiente Corella cayó fusilado. Pero, el hito más trágico de la historia cucuteña ocurrió el 18 de mayo de 1875, cuando un terremoto destrozó la ciudad y dejó -según estimados de la época- unos tres mil muertos. Eso sin contar al ladronzuelo que, a manera de escarmiento, tuvo que ser fusilado para frenar los saqueos que sobrevinieron en los días siguientes. Cuentan que hasta la reina Victoria, aficionada al chocolate que le proporcionaba el valle de los Guasimales, envió conmovida una ayuda para la reconstrucción de Cúcuta. Esta prueba a la que fue sometida la tenacidad nortesantandereana sería un presagio de los difíciles momentos de esta ciudad fronteriza. Sería después golpeada por las tantas contingencias colombianas, así como por las no menos numerosas del país vecino. Si el peso o el bolívar se afectan, esta economía lo padece. Si hay guerras o golpes, aquí los pagan. Contrabandistas, vividores, narcotraficantes, guerrilleros y paramilitares han dejado muchas historias en Cúcuta. Es un hecho que toda norma del comercio internacional tiene sus efectos -casi siempre negativos- en esta ciudad de frontera. Sabio fue aquel presidente de la cámara de comercio local que un día dijo: “es mejor que ni se acuerden de nosotros, porque cuando se acuerdan es para dictar normas que nos afectan”. Pues parece que la han dejado tranquila. Hoy Cúcuta da la impresión de recuperarse de otra de las tantas crisis que salpican su historia. Casi se podrían repetir las palabras de Manuel Ancízar en su Peregrinación de Alpha tras visitar esta ciudad justo en la mitad del siglo XIX: “Feliz provincia, colmada de riquezas, habitada por gentes de innata cultura”. Una prueba más de que la bravura motilona y la rebeldía de Corella no quedaron en el pasado es la anécdota del músico nortesantandereano Oriol Rangel, a punto de recibir el diploma del Conservatorio Nacional que lo acreditaba como concertista del piano. Rangel, portador del apellido de aquella doña Juana de la hacienda Guasimal, había seleccionado para su concierto de graduación el hermoso bambuco Brisas del Pamplonita, del compositor cucuteño Elías Soto. El jurado de la ocasión, sin embargo, no consideró que una pieza popular mereciera ese sitial en un repertorio de ‘música culta’. El maestro Rangel, pues, prefirió rechazar su título que ceder ante esa exaltación a ultranza de todo lo foráneo. “No hay que ser tan toches”, dirían aquí.

Siga bajando para encontrar más contenido