Tarde de fútbol

Tuve que mentir para poder entrar con mi hija. Tiene siete años le dije al portero. Sabía que haberle dado un año más de vida repentinamente no era un problema moral. Tuve que insistir en que no agrediría a nadie con mi cinturón, ni con la botella plástica de agua que llevábamos. Tuve, además, que esforzarme en demostrar, que era un hincha antiguo, es decir, un tipo de paz.

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marzo 30 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-03-30

Entramos por fin. Fue inútil buscar el número de nuestros asientos. Comprendí que hubiese sido necesario mover a toda la tribuna de oriental para respetar los puestos. Fue inútil también buscar la escalera. Me acordé que entre nosotros utilizar una escalera para poderse mover con facilidad es un desperdicio. La razón práctica así lo indica, sin importarle que al final se vuelva enemiga de si misma. El espectáculo, a pesar de todo, era precioso. Lleno de fuerza, de color, de vida. El Campín de mi infancia. Uno de los pocos lugares que a pesar del tiempo, sigue siendo igual de grande. Vi al Chato Velásquez expulsando a Pelé y luego dejándolo jugar otra vez, vi a Amadeo Carrizo divirtiéndose con su cachucha y su nariz de águila, vi a Oscar Villano repartiendo decencia y balones, y parando contrarios que casi acababan dándole las gracias, vi a Alejandro Brand y a Willinton Ortiz inventándose la geometría para que Jaime Morón demostrara que la distancia más corta entre dos puntos no es una recta. Vi a Ovejero sacar de adentro un balón imposible que Julio Gómez le había pateado a treinta metros, y un instante después, los vi felicitarse mutuamente. Entonces había más técnica que táctica, más poesía que cálculos estadísticos, más lirismo que miedo agazapado, más jugar porque era hermoso, que cuentas de comerciantes oscuros. A nuestro lado, como un contraste doloroso con mis recuerdos, un grupo de muchachas y muchachos jóvenes, esparcían sus procacidades verbales de furia. Nadie parecía importarle. Aunque pocos, el grupo dominaba la tribuna con su feria de insultos y su garganta inflamada de odio. El color de la piel de algunos jugadores, su origen social y geográfico, su extracción humilde, eran los pretextos para ofender al contrario, pero paradójicamente, se convirtieron en los mismos para reclamarle al propio equipo mejores resultados. Intenté, animado por un hincha cercano que les había protestado, hacerles ver que la libertad de expresión también tiene un límite, y tuve el mismo resultado de los cambios que ambos técnicos habían hecho: ninguno. De camino a la casa, pensé en que nos falta mucho en las escuelas. Que no se le vaya a ocurrir a nadie por favor, diseñar una cátedra que enseñe cómo comportarse en el fútbol o cosas parecidas. El problema se asociaría inmediatamente a ese saber y no a todo el conjunto. Y a ese pobre titular de esa asignatura que se cree. No se trata de un conocimiento específico. Es más que eso. Se trata de cambiar la cultura. Y en ello, tiene tanta responsabilidad el profesor de religión, el de matemáticas, el de ciencias, o el de educación física. Como cualquier ciudadano. Eso claro, para no mencionar al periodista deportivo, los dirigentes del gremio, y las lógicas comerciales en que convirtieron a la otrora noble número cinco. Las verdaderas madres del cordero.

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