‘The perfect storm’

El 30 de octubre de 1991 quedó grabado con tinta indeleble en la memoria de los habitantes de Gloucester, Massachussets, el puerto pesquero más antiguo de los Estados Unidos. En esa oscura noche de brujas, sus moradores fueron testigos de excepción de la tormenta más poderosa de la historia.

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noviembre 30 de 2005 - 05:00 a.m.
2005-11-30

El Centro Nacional de Meteorología estadounidense la denominó ‘The perfect storm’ -la tormenta perfecta-, extraordinaria combinación del huracán Grace que deambulaba errante por el Atlántico Oriental, y de otras dos tormentas que concibieron un escenario apocalíptico con olas de más de 30 metros de altura. ‘The perfect storm’ inspiró al novelista Sebastian Junger para escribir un best seller del mismo nombre que da cuenta de este portentoso fenómeno y de las vidas de los pescadores que irremediablemente perecieron con ella. Hollywood convirtió esta historia en una película que recrea fielmente la odisea del bote pesquero Andrea Gail, capitaneado por Billy Tyne (George Clooney en la película) y de sus atormentados tripulantes. El capitán Tyne, convencido de que podría cambiar su racha de mala suerte, decide zarpar con su tripulación hacia las remotas aguas del banco de pesca de Cap Flemish. Una vez en mar abierto, en medio de una gran faena, el capitán Tyne alcanza a escuchar por la radio costera las noticias de la conformación de la amenazante tormenta. En un fatal e inexcusable error de juicio, el capitán Tyne mantuvo el curso de su bote obsesionado por la eventual venta de toneladas de atún y pez espada que se tumbaban en sus bodegas; Tyne erróneamente estimaba que podía derrotar la tormenta y regresar sano y salvo a Gloucester. El poderoso monstruo sin nombre, ‘The Perfect Storm’, engulló de un golpazo al Andrea Gail y a su tripulación. Esta historia de la vida real se reproduce con otro ropaje en el mundo que nos rodea. Nos viene a la memoria la tormenta perfecta creada por las grandes potencias en la cumbre ministerial de las negociaciones multilaterales de la Ronda Uruguay del Gatt realizada en la hermosa ciudad de Bruselas en noviembre de 1990, al forzar la negociación de un paquete agrícola, a rajatabla inconveniente para los países en desarrollo. Recordamos también la tormenta perfecta desatada por la inflexibilidad de los grandes en materia agrícola en la reunión ministerial de la OMC de Cancún en septiembre de 2003. Encontramos una demostración manifiesta de la tormenta perfecta en la exclusión de agricultura en las negociaciones de Colombia en el G-3 -con México y Venezuela-, generada por el infundado temor del sector privado que consideraba entonces, a principios de los noventa, que nos arrasarían por completo. Igual fenómeno 'natural' se presentó en las fallidas negociaciones comerciales de Colombia con Centroamérica, cuyo mercado también, supuestamente, devastaría la economía nacional. Casos similares de la tormenta perfecta se han visto en negociaciones regionales del Cono Sur, en las que un importante socio comercial decide dar un salto de garrocha para imaginariamente terminar de primero en la línea de llegada, todo para dar -meses después- marcha atrás y comenzar de nuevo con otro equipo negociador, probablemente en circunstancias un tanto más difíciles que las anteriores. Observamos otras peripecias de la tormenta perfecta en negociaciones comerciales internacionales con la primera potencia del planeta, en las que un socio comercial de la región resuelve pararse de la mesa agrícola, para luego hacer cola con el objetivo de que lo reciban de nuevo en el regazo de las mismas, seguramente en condiciones más draconianas que las anteriores. La tormenta perfecta existe. La experiencia nos enseña que la podemos y debemos evitar a toda costa.

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