La W

El Ministro del Interior y de Justicia debería saber que si dejara de contestarle el teléfono a La W no pasaría nada. Si un policía se tropieza en una calle de Algeciras, Huila, llaman a Sabas Pretelt de la Vega; si reciben una ‘denuncia’ contra una secretaria en un juzgado de Barbacoas, Nariño, llaman al Ministro; si se escapa un preso de una cárcel en Yacopí, llaman al Ministro; y lo peor es que, increíblemente, el Ministro siempre les pasa. Y en cada caso termina respondiendo un paquete de preguntas -absurdas unas e irrespetuosas otras, pero que le sirven al equipo de La W para quedar muy bien y al Ministro para quedar bastante mal.

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noviembre 30 de 2005 - 05:00 a.m.
2005-11-30

Como si fuera poco, al final de cada entrevista desvían la conversación hacia las cuestiones más disímiles y que nada tienen que ver con el motivo original de la comunicación; así el entrevistado termina opinando de moda, de fútbol o del correspondiente ‘tema del día’, que suele ser bastante inocuo. Pero eso no ocurre sólo con el Ministro del Interior y de Justicia. También pasa con el de Defensa, con el Fiscal, con el Procurador, con uno que otro ex presidente, con los congresistas, etcétera.Con los únicos que la cosa es distinta es con el Presidente de la República, a quien también entrevistan, pero en un tono bastante benigno, porque para la mesa de trabajo está prohibido hacer preguntas que incomoden al ‘mesías’; y con la Canciller, que pese a todo nunca resulta salpicada con los líos de su cartera. Tanto los funcionarios del Gobierno como los demás personajes que desfilan por La W deberían saber que no es obligatorio, ni grave, ni importante dejar de pasarles al teléfono. Los ministros no tienen por qué pronunciarse cada vez que el director de La W lo decida, sino al revés: deben ser los funcionarios los que resuelvan cuándo, cómo y en qué términos hablan por esos micrófonos. En Estados Unidos, los altos funcionarios no suelen dejarse ‘manosear’ en los diarios ni en la radio o la televisión, como ocurre en nuestro país; para eso están los voceros o jefes de prensa de cada entidad. Por otra parte, me resulta increíble que personajes como Alberto Casas, ex ministro de Estado, o el propio Félix de Bedout, se presten para secundar ese desolador esquema periodístico implantado por el director de La W, donde sólo tienen cabida sus clientes del momento o sus amigos de ocasión. Estoy seguro de que tanto Alberto como Félix tienen méritos de sobra para brillar con luz propia. Es cierto que La W encabeza el rating noticioso en la Capital del país, pero me gustaría ver cómo quedaría esa clasificación si dejaran de repartir engalladas de taxis, tiquetes aéreos, carros, discos o entradas a conciertos. Es indudable que las preferencias cambiarían sustancialmente si La W dependiera de sus logros periodísticos –que en ocasiones los tiene– y no de los regalos con que ‘premia’ a sus oyentes, cosa que no hacen Caracol 6 AM ni Radiosucesos RCN. Sé que esta nota me puede implicar uno de esos vetos que el director de La W tan bien maneja, pero en el oficio periodístico uno no se puede guiar por conveniencia sino por convicciones. Y este temita me estaba dando vueltas en la cabeza desde hace rato.

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