Horacio Serpa, el último de los caudillos liberales

En una entrevista de 2013, en Revista Bocas, Horacio Serpa Uribe habló de su infancia de película, de su vida pública y hasta de su bigote.

Horacio Serpa Uribe

Horacio Serpa Uribe, murió este sábado a los 77 años.

Archivo particular

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Portafolio
octubre 31 de 2020 - 01:34 p. m.
2020-10-31

Las puertas del ascensor se abren directamente en el apartamento 302 del edificio. Y lo primero que se ve es una vitrina llena de medallas y condecoraciones, decenas de ellas de todos los tamaños y con los colores de la bandera de Colombia. Lo segundo es Horacio Serpa Uribe, con 70 años cumplidos y el bigote blanco.

(Falleció el ex candidato a la presidencia Horacio Serpa Uribe). 

Si no fuera porque su voz es exacta a la de esos años en que gritó ¡mamola! en el Congreso de la República para advertir que el presidente Ernesto Samper no se iría de su cargo, uno podría llegar a pensar que es otra persona. Pero es Serpa, canoso, delgado, que ya habla de sus dos nietos de siete y cuatro años, que recorre las fotos del matrimonio de sus hijos puestas sobre las mesas y le pide a Rosita, su esposa, que le lleve el retrato de ella –ese, de cuando era capitana del club en Barrancabermeja, ese por el que se conocieron– para mostrárselo a la visita.

Serpa ya fue juez, alcalde, concejal, representante, senador, ministro, candidato presidencial (sin éxito, dos veces; en una le ganó Andrés Pastrana y en la otra, Álvaro Uribe), procurador, embajador, gobernador. Y sin embargo, no se retira. Al contrario: comienza una campaña electoral para volver al Senado como cabeza de lista del Partido Liberal. Y se siente con todas las energías para lograrlo. Su salud es de roble, dice. Apenas unas molestias en la rodilla que recibió un disparo cuando a uno de sus escoltas –en tiempos de la presidencia de Virgilio Barco– se le escapó una bala. Serpa camina tres kilómetros diarios en la máquina de su casa, tiene una página de Internet dedicada a las noticias políticas, dicta clases en universidades, se reparte entre conferencias. Y zorro político no cambia, se reúne con sus amigos de partido para planear su regreso. Está de vuelta.

¿Por qué todavía lo relacionan con el asesinato de Álvaro Gómez Hurtado?

Mire, a nosotros nos pueden criticar por cuenta del proceso 8.000, y yo acepto esas críticas. Lo de la financiación de la campaña fue una vergüenza. Pero esa acusación es un exabrupto. Los que hacen esas afirmaciones tienen intenciones que no muestran. Me parece que están tratando de desviar la investigación y viendo la forma de que se condene a alguien del Estado para decir que es un crimen de Estado y lograr una jugosa indemnización a la familia. Eso es lo que veo ahí.

¿El tema no le quita el sueño?

No. Con ese cuento vienen desde hace como cinco años y yo solo empecé a ponerle atención hace uno, cuando me percaté de que habían contratado un investigador privado en Estados Unidos y de que los testigos eran los malhechores más grandes de este país. No podía quedarme cruzado de brazos y denuncié el carrusel de testigos falsos. Pero, además, quiero hacer esta aclaración: la gente nos acusa de la muerte, pero lo que dice “Rasguño” es que oyó a Carlos Castaño decir que Ernesto Samper y yo le habíamos pedido a un tercer personaje –Ignacio Londoño– que le dijera a los del Cartel del norte que Álvaro Gómez estaba haciéndole mucho daño al gobierno con su oposición y que buscaran la manera de que no siguiera. Y agrega que, como los narcotraficantes tenían la impresión de que iba a haber un golpe de Estado y de que Gómez iba a ser presidente de la república y los iban a extraditar, resolvieron matarlo. Es lo que dice la acusación. A quién se le puede ocurrir tamaño despropósito cuando quiera que el doctor Gómez, con todo y lo importante y respetable que era, no constituía ningún peligro. El régimen no se iba a caer por la oposición que él estaba haciendo en El Nuevo Siglo.

¿Ha hablado, en estos años, con la familia Gómez?

Nunca. Y le cuento algo. Cuando el M-19 fue a poner en libertad a Álvaro Gómez –que estuvo secuestrado por ese grupo–, ¿sabe a quién buscaron para que lo recibiera? ¡A mí! El representante a la Cámara Ricardo Villa y yo fuimos encomendados para esperarlo en el restaurante Mr. Ribs. Ahí estuvimos varias horas hasta que oímos la noticia de que ya estaba en libertad. Llegamos caminando hasta su casa y él nos dijo que sí, que lo habían dejado en la puerta del restaurante, pero que, como estaba cerca de donde él vivía, se había ido directo para allá. Siempre lo consideré como muy conservador, pero tuvo rasgos progresistas. En la Constituyente asumió posiciones bastante democráticas.

¿Usted se reunió con narcotraficantes del Cartel de Cali?

Nunca. Esa versión surgió de un hijo de los Rodríguez durante un interrogatorio en Estados Unidos. Yo no conozco a fondo la declaración, pero sobre ese tema tengo la certeza de que ya se dijo todo, ya se me investigó hasta la saciedad y no tengo ninguna responsabilidad.

Usted está por empezar una campaña para el Senado. Con seguridad van a recordarle el 8.000…

Lo tengo clarísimo. El proceso 8.000 ha sido un fantasma sobre mi espalda a lo largo de todos estos años.

¿Ha pensado que, quizás, usted no llegó a ser presidente de la república por cuenta de haber defendido a Ernesto Samper?

Es posible que eso sea cierto. Pero Samper también me dio la opción de buscar la Presidencia. Aunque yo había hecho ya un recorrido largo en la política, él me brindó la posibilidad de estar en su gobierno como ministro del Interior y de ahí salí a ser candidato presidencial. Al formar parte de su equipo –del que incluso hizo parte también el expresidente Álvaro Uribe Vélez– el país me conoció más.

¿Nunca se ha arrepentido de haber asumido esa defensa?

No, porque lo hice a conciencia. Asumí la defensa de su gobierno, y de él, porque siempre estuve convencido de que no había estado relacionado con la financiación irregular de la campaña. Todavía pienso eso. Con Ernesto Samper tengo una amistad desde 1982. Con frecuencia charlamos y lo visito en su oficina.

¿Y ha vuelto a hablar con Fernando Botero?

No. Él y yo nunca fuimos compatibles políticamente. Botero representaba un sector liberal muy aburguesado. Me acuerdo de que, en la sede de la campaña política de Samper, a la zona donde estaban las oficinas de él la llamaban El Chicó, y a la zona mía, La Perseverancia. Nos hicimos más cercanos cuando estuvimos en los ministerios. Pero luego se presentó ese problema tan grande. Yo lo visité varias veces en su detención. Un día hubo una discusión terrible, se puso furioso, mandó vasos contra la pared porque le avisé que el presidente Samper no iba a ir a verse con él. La última vez que hablamos fue el día que hizo la entrevista con Yamid Amat. Me llamó después de salir al aire. Le dejé claro que yo estaba con el presidente y no volvimos a hablar. A él le cabe el dicho: la ambición rompe el saco.

Usted ha participado, de una manera u otra, en los procesos de paz que se han adelantado con la guerrilla. ¿Cómo ve el de ahora?

Lo veo bien. Estoy muy contento. El presidente Juan Manuel Santos tiene un mérito extraordinario al haber asumido esa responsabilidad. Esa es su discrepancia fundamental con Álvaro Uribe. Y se necesita tener mucho valor y carácter para, pese a haber sido elegido con el apoyo del uribismo, reconocer que en Colombia hay un conflicto armado y que luego de ocho años en confrontación sin poder exterminar a la guerrilla, es preciso abrir un proceso de paz. Eso es admirable.

¿Será que esta vez ninguno va a levantarse de la mesa?

Las condiciones son muy diferentes. Cuando el gobierno del presidente Betancur inició los diálogos –en eso fue un visionario porque se dio cuenta de que era un problema que era mejor no dejar crecer–, no sabíamos cómo hacerlo. Ni el gobierno ni las Farc. Con el presidente Gaviria, tras la Asamblea Constituyente, tratamos de encontrar un punto en el que la guerrilla tomara la decisión de abandonar la lucha armada. Pero no se pudo. La institucionalidad no lo acogió. Ahora el gobierno –que representa el establecimiento– sí quiere. Y la guerrilla ya sabe que no va a llegar al poder. En Tlaxcala el proceso se rompió porque la guerrilla pensó que se le estaban presentando condiciones objetivas para la insubordinación general y toma de poder y el gobierno –el establecimiento– pensó que eso era un peligro y empezó a hacerle el feo. Hoy la cosa es diferente. Y está demostrado que lo institucional no puede derrotar pronto a la guerrilla. Podría en unos veinte años. Pero serían veinte años más de muertos.

¿Ha hablado del tema con el presidente Santos?

Conversamos por teléfono de vez en cuando. Pero en este proceso solo lo he acompañado con mi apoyo desde mi condición de ciudadano y político.

Desde esa condición, ¿cómo ve al Partido Liberal? ¿Cree que está en buenas manos con Simón Gaviria como jefe?

Primero, tengo que manifestar mi afecto por Simón Gaviria. Lo conocí siendo niño. Segundo, siempre he sido amigo del expresidente César Gaviria. Lo digo porque, como soy amigo de Samper, muchos piensan que estoy alejado de él. Y no es así. Yo no comparto ese rifirrafe. Ahora, me parece que Simón está buscando renovación, y eso es positivo. Bajo su dirección, el Liberalismo ingresó al gobierno y eso le ha dado un reencauche al partido. Después de doce años de pasar el desierto, está en un oasis. Para mi gusto, al liberalismo le falta opinar más y ser más independiente. Los amigos del gobierno están demasiado unidos y eso imposibilita el control político. El gobierno de Santos tiene un talante liberal, y por eso justifico que el liberalismo lo esté apoyando. Pero falta que el partido esté en la arena política haciendo los grandes debates. Porque el país se derechizó demasiado. Pero está bien que esté en manos de figuras nuevas y jóvenes que no están contaminadas.

Su hijo Horacio José es otra de esas figuras…

Él está ahí. Pero debo hacer esta salvedad: yo no fui quien lo propuso a él para que estuviera en la lista de candidatos al Concejo de Bogotá. Fue Rafael Pardo. A mi hijo le sonaba desde hace mucho la política. Yo le hablé de lo difícil que es esta actividad, muchas veces ingrata. Pero él eligió seguir este camino.

Usted es de la región donde nació el Eln y varios de sus fundadores fueron amigos suyos. ¿En sus años de juventud no pensó en unirse a la guerrilla?

A ver, sí, el Eln se fundó en Santander. Y lo fundaron personas que, de una u otra forma, eran del colegio donde estudié o de los sectores donde me formé. Eso me permitió conocer a algunos de ellos. Jaime Arenas era de mi colegio, lo mismo que Carlos Niño. Pero para la época en que se creó el Eln, yo no vivía en Santander. Estaba en Barranquilla estudiando Derecho en la Universidad del Norte. Ahí tuvimos muchas discusiones respecto a la opción armada. Yo opinaba que la opción debía ser revolucionaria, pero no armada. Esa juventud terminó muy diezmada. Muchos murieron. Tal vez el primer muerto que tuvo el ELN en combate, Iván Calderón, era amigo mío. En esa época la lucha era muy clandestina, y cuando yo regresé lo hice como autoridad, como juez. Y como director político de un movimiento que fundamos, el Frente de Izquierda Liberal Auténtico, Fila.

¿Y cómo terminó estudiando en la costa?

En Santander no había facultades de Derecho. Viajé a Bogotá, me presenté en la Nacional y no pasé. Imagínese. Volví a la casa acomplejado. Como mi papá había tenido un negocio de imprenta y yo había aprendido tipografía, le dije que me consiguiera empleo en una imprenta. En eso estaba cuando me encontré con un amigo que me dijo que se iba a estudiar Derecho a la costa, en la Universidad del Atlántico. Me fui con él. Primero llegué como parte del equipo de básquet de la universidad. Yo jugaba muy bien, alcancé a ser de la selección juvenil de Santander. Pero luego el entrenador que me recibió en Barranquilla me ayudó a entrar a la facultad. El básquet me abrió las puertas para estudiar.

¿Por qué decidió estudiar Derecho?

Porque mi padre, después de muchos trabajos –porque era un rebuscador–, terminó poniendo una oficina de tinterillo. Era ayudante de abogados, hacía memoriales, cartas, reclamos, etc. Los abogados lo buscaban para que les hiciera vueltas. Tenía que ir mucho al Palacio de Justicia de Bucaramanga y yo siempre lo acompañaba. Me quedaba viendo las audiencias. Entonces se me metió la idea de ser abogado.

Ha nombrado varias veces a su papá. ¿Cómo era él?

Era un santandereano de raca mandaca. Me enseñó que no podía llorar, porque los hombres no lloran. Imagínese. Que no podía decir mentiras, que tenía que ser absolutamente cumplido, que la palabra empeñada era un valor extraordinario. Y tenía cosas exageradas. Por ejemplo, decía que primero estaba el deber y luego el amor. Era un tipo ingenioso que, de una u otra forma, se conseguía lo de la comida. En una época fue fabricante de dulces, así que la casa se volvió una dulcería. Luego fabricó maletas de cartón, después tuvo un alquiler de bicicletas. Luego organizó una cosa que nos producía muchas alegrías en diciembre: hacía pólvora en Navidad, y entonces en esas épocas había más ingresos en la casa.

No era una casa de muchos ingresos…

¡No, qué va! El primer sitio donde vivimos en Bucaramanga fue en la escuela donde trabajaba mi mamá. Luego nos fuimos a vivir a un barrio que se llama Modelo y que fue el primero que hizo allá el Instituto de Crédito Territorial. Era una casa de piso de tierra. No había agua. Teníamos que salir con baldes a buscarla. No había luz. Después de un tiempo conseguimos una maquinita que producía energía eléctrica con gasolina. Y con eso dábamos luz como a cinco casas vecinas, pasaban los cables por los patios. En la medida en que había dinero, se iba poniendo baldosín. Pero nunca nos faltó comida. Mi papá se preocupaba mucho por ese tema. Muchos años después le pregunté por qué, cuando éramos niños, nos daba tantas cosas de comer. Era que él llegaba con un ramo de plátano, con un poco de pan, claro, toda comida de clase pobre. Me dijo que de niño había aguantado hambre y no quería que viviéramos lo mismo. Esa era su preocupación. La de mi mamá era el estudio.

¿En qué trabajaba su mamá?

Era maestra de escuela. Por cuenta de su trabajo terminé naciendo en Bucaramanga. Mis padres se casaron en Betulia. Cuando estaba a punto de que yo naciera, la trasladaron a la escuela de Matanza. En el camino hacia allá tenían que pasar por Bucaramanga. Se quedaron unos días y ahí nací. A los 10 días me llevaron a Matanza y allá viví hasta los cuatro años. Luego nos fuimos a Lebrija, porque de nuevo la trasladaron. Donde iba mamá, arrancábamos y mi papá conseguía trabajo. De Lebrija llegamos a Bucaramanga. Hace poco llevé a mis hijos a que vieran el barrio donde vivimos, el de la casa de tierra. Les había hablado mucho y quería que lo conocieran. Ahora las casas tienen segundo piso y el barrio es pavimentado. Yo les digo a ellos que éramos estrato uno. Discutimos y concluimos que éramos dos… Aunque mamá diría que era de estrato cuatro.

¿Ella le dio clases?

Claro. Me preparó tanto que entré directo a segundo de primaria. Y en la escuela, la profesora era ella. Luego hice el bachillerato en el Colegio Santander, un plantel público. Esa era otra época. Uno no sabía que había diferencias de clases.

Tendrían que estar orgullosos del hijo que volvió abogado y empezó a trabajar como juez…

Imagínese. Llegué como juez de Tona, luego fui juez en San Vicente de Chucurí, después fui investigador criminal en Bucaramanga y juez superior en Barranca.

¿Y cuándo comenzó en la política?

Desde cuarto año de bachillerato ya era admirador del MRL y de Alfonso López Michelsen. En la universidad ya milité en el MRL. Allá había liberales y camaradas (comunistas). Los del MRL éramos la etapa intermedia. Desde muy joven era fan de López. Cuando estaba de juez en San Vicente conocí a un representante a la cámara por el MRL, Alfonso Gómez Gómez, y me le volví una estampilla. Él fue gobernador en Santander y me nombró alcalde de Barranca. Ahí empecé políticamente.

Una cosa, ¿ahí ya usaba bigote?

Sí. Y grandísimo. Era un bigotazo gigantesco. Cuando estaba en la universidad yo quería llegar a la casa con bigote, para verme mayor. Entonces me afeitaba, aunque no me salía nada, porque decían que así crecía. Desde chico tuve bigote. En esa época tener bigote era símbolo de que uno ya era grande, sobre todo en Santander.

¿Cómo conoció a su esposa, Rosita Moncada?

Esta historia si me la quiere creer, me la cree. Porque suena a mentirosa, pero fue así: yo conocí a Rosita por una foto. Del juzgado a mi casa tenía que pasar por un local de fotografías. Y la vi en el mostrador. Vi su foto, porque había sido elegida como capitana del Club Cardales. Me pareció muy bonita y averigüé. Supe que era hija de Carmen Moncada, una periodista importante que manejaba muchas cosas en Barranca. La conocí en un baile. Varios le estaban arrastrando el ala, pero como yo era el alcalde. Nos casamos poco después. Llevamos 41 años de matrimonio.

Es decir que ser alcalde ayudó...

Pero fue difícil. Era el año 73 y yo estaba dedicado a trabajar en la candidatura de López. Rosita cuenta que un día me dijo: “Esto hay que definirlo. López o yo”. Y dice que yo le contesté: “¡López!”. Pero no. La verdad lo que le dije fue: hasta que termine la campaña, López. Después, tú. Al principio, la mamá de ella me hizo la guerra. Incluso le dijo a Rosita que yo no era buena persona porque me gustaban las rancheras. Y yo, como era retador, le llevaba serenatas con esa música. Las cosas, al final, salieron bien. Otros familiares intercedieron a nuestro favor.

¿Cómo ha hecho con la política?

Ahí ha estado la ciencia. Involucrarla para que a ella terminara por gustarle. Rosita no se mete en mis decisiones, a veces me dice alguna cosa en privado, aunque no tanto, no como la señora Kirchner. Pero le gusta la política y me acompaña en todo.

Entonces lo que le dijo su papá respecto al trabajo antes que el amor…

En eso estaba equivocado. El amor se impone por sobre todas las cosas.

¿Usted se describiría como un santandereano puro?

¡Claro! Cuando mi esposa me manda a hacer oficio, le digo que no se le olvide que yo soy el ideólogo de la casa. Yo me levanté en ese ambiente machista, la del hombre seco, que le cuesta expresar sus sentimientos y lo ve como una debilidad. Pero el machismo se me ha bajado. Terminé llorando, por ejemplo. Lloro por muchas razones. Esta es una familia muy llorona y eso se acabó pegando.

Hablando de santandereanos, ¿qué opina del procurador Alejandro Ordóñez?

Conozco al señor procurador hace bastantes años. Somos, en materia política y filosófica, como el agua y el aceite. Ambos somos católicos, pero yo soy un católico común y corriente. Es una persona seria, responsable. Un jurista.

Pero usted, que también fue procurador, ¿no cree que Ordóñez a veces entra a opinar y decidir en materias que no corresponden a su cargo?

Para responder su pregunta y no meterme en honduras, le digo que el procurador y cualquier funcionario puede tener su religión y sus creencias, pero debe cumplir lo que ordena la Constitución Nacional. Soy amigo del procurador y de su familia desde hace más de veinte años. Un sobrino de Rosita es esposo de una hija de él.

Ahora entiendo por qué no se quiere meter en honduras. ¿Usted todavía sigue activo en la masonería?

Pertenecí en una época a una logia en Barrancabermeja y respeto profundamente la masonería. Hay que aclarar que no es una religión. Es una institución que cree en Dios. El que no cree en Dios no puede ser masón. El lema es “A la gloria del gran arquitecto del universo”, y el gran arquitecto es Dios. Pero como voy de nuevo a ser candidato, prefiero no referirme mucho a esto porque me cogen los curas y me muelen. Como en una época la masonería tuvo confrontaciones con la Iglesia y la denunció, los curas que no son ilustrados piensan que son enemigos.

Dice “pertenecí”. ¿Quiere decir que ya no es masón?

No es que uno se retire, sino que hay deberes que cumplir, en reuniones, estudios, y no me queda tiempo. Pero yo cumplo con mis principios masónicos, defender la democracia, ser buena persona, respetar a las mujeres. Es una organización de hombres libres y buenas costumbres. Ya no tiene nada que ver con nada secreto. Al principio, cuando Rosita supo que yo era masón, no le gustó. Alcanzó a ser un lío. Pero me encontré con un obispo, que fue el que nos casó, muy godo pero con destellos de demócrata, y le dije lo que pasaba. Él habló con Rosita y ella entendió.

A los 70 años, en lugar de pensar en retirarse, decide volver a presentarse a una elección. Eso es querer mucho la política…

Créame que he pensado en retirarme, pero no me han dejado. Ni los amigos ni los contradictores. Cada vez que le sacan a uno alguna cosa, pues uno tiene que estar ahí. En estos días he estado hablando con unos amigos y me advertían: le van a decir que usted ya está pasado de moda, que es un dinosaurio, que es un viejo. Entonces yo me estoy preparando para replicarles: ¡Denle un cupo a la tercera edad! No, la verdad es que yo soy un político veterano, pero moderno.

¿Verdad que algunas personas, al verlo, le piden que grite “mamola”, esa palabra que usted volvió frecuente en su defensa de Samper?

Le cuento que yo en ese tiempo no tenía planeado usar esa palabra. En lugar de mamola, los santandereanos decimos pistola y acompañamos la palabra con un gesto en la mano. Pero eso ya es grosero. En el famoso debate ante el Congreso, de manera repentista, utilicé esa palabra. Luego me di cuenta de que el término sonó mucho y empecé a repetirla. Y todavía funciona. El domingo pasado, en efecto, estuve en una localidad con mi hijo Horacio José, ya pensando en lo del Senado. Fui a ver cómo reaccionaba la gente después de tanto tiempo. Y las personas me pedían: ¡diga mamola! Y yo tuve que repetirla más de una vez: ¡Mamoooola!

María Paulina Ortiz
Revista BOCAS
(15 de junio 2013)

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