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Ministro de Salud reflexiona sobre el año de la pandemia

Fernando Ruiz habla sobre lo que ha significado tomar decisiones en momentos de crisis.

Fernando Ruiz, ministro de Salud

Fernando Ruiz, ministro de Salud

Pablo Salgado EL TIEMPO

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diciembre 31 de 2020 - 09:45 a. m.
2020-12-31

El viernes 18 de diciembre, después de 291 días como ministro de Salud, volví a tener un momento relativamente feliz. Sospechaba que sería breve y, de hecho, puse un trino que lo anticipaba: “Sé que mañana estaré en otra película, pero la alegría que hoy siento por mi país no la había tenido hacía muchos años”.

Ese viernes presentamos el Plan Nacional de Vacunación contra el covid-19 y anunciamos la adquisición de 20 millones de dosis de las vacunas desarrolladas por los laboratorios Pfizer y AstraZeneca.

No es que en los meses anteriores no hubiera tenido algunos momentos de satisfacción. De alguna satisfacción, porque ningún sentimiento de esa índole puede ser pleno mientras haya familias en duelo.

Por ejemplo, hacia mayo fue grato evidenciar que no se cumplía la empinadísima curva de los pronósticos iniciales. También me satisfizo que a mediados de agosto empezamos a corroborar que el número de casos y muertes diarias se iba reduciendo e íbamos rumbo a una meseta en las gráficas de la pandemia. Ese mismo mes también cruzamos la meta de llegar a 10.000 camas de unidades de cuidado intensivo (UCI) que nos habíamos puesto en el plan de expansión.

Sin embargo, lograr acceso a vacunas tenía una connotación especial. Todas las medidas anteriores se encaminaban a reducir el daño del virus. Pero la inmunización es más ambiciosa: apunta acabar con él. Las vacunas envían señales de vida mucho más concretas que las UCI.

Como lo predije en el trino, esa alegría sería breve. Las angustias de la vida diaria estaban a la vuelta de la esquina: el lunes siguiente murió mi mamá y la curva de la pandemia volvía a estar hacia arriba. Mi madre no fue víctima del covid-19, pero yo seré otro colombiano que cerrará el año con una tristeza.

RIESGOS Y BENEFICIOS

Este año que termina fue así: de angustias largas y alegrías efímeras. Pero si una palabra pudiera describirlo mejor, diría que 2020 fue el año de la incertidumbre.

Los médicos somos siempre muy conscientes de que no hay almuerzo gratis. Cualquier intervención que hagamos, por más de que se haga buscando un beneficio, siempre va a tener un riesgo.

Lo mismo pasa con el diseño de políticas públicas: buscan el bienestar de la mayoría, pero en un mundo de posiciones tan diversas es imposible aspirar a que sean perfectas.

La premisa de nuestras decisiones durante la pandemia ha sido que los beneficios siempre deben superar a los riesgos. Pero en esta oportunidad, ante un fenómeno tan desconocido, éramos conscientes de que navegábamos en un mar de incertidumbre.

Sin lugar a dudas, la decisión más difícil que tomé este año fue recomendarle al presidente Iván Duque que se iniciara el aislamiento preventivo obligatorio.

A comienzos de marzo, los modelos epidemiológicos basados en la parca información que recibíamos de la provincia de Hubei (China) y del crucero Diamond Princess nos mostraban un panorama desolador. Si ese ritmo de contagio se reproducía en Colombia y no hacíamos nada, habríamos terminado, según esos supuestos iniciales, con unos 300.000 muertos al final del año.

Confieso que, por pura intuición, esas cifras no me convencían. No sé si por haber lidiado con dos epidemias grandes previamente en el país, la del zika y la de chicunguña, o si simplemente porque sabía que los modelos se habían hecho a partir de muy poca información, me resistía a creer que el coronavirus iba a ser una especie de apocalipsis.

Ahora bien, tampoco subestimaba las cosas. La amenaza era muy seria y habría sido irresponsable no tomar cartas en el asunto. Yo, que había estudiado las cuarentenas en el Medioevo con una perspectiva tan distante que casi me parecían historias de ficción, terminé recomendando al Presidente el aislamiento preventivo más radical de la historia del país.

Aparte de que los modelos epidemiológicos mostraban que la disparada de casos era inminente, carecíamos entonces de suficiente capacidad de diagnóstico, un fenómeno generalizado en el mundo para esas fechas.

Con el viceministro Alexander Moscoso evaluamos la posibilidad de que las cuarentenas fueran regionales, pero el problema persistía: ¿dónde estaba el virus? Aún los laboratorios departamentales de salud pública no se ponían a punto, y el riesgo de una explosión como la que se presentaba en España e Italia sonaba aterrador.

Con el aislamiento preventivo obligatorio que se comenzó en marzo buscamos eso que han llamado “aplanar la curva”, es decir, lentificar la propagación para ganar tiempo, porque suprimir el virus era una ilusión: tener población susceptible en altas proporciones es una bomba de tiempo.

El reto era entonces que el ritmo de contagio fuera lento para que no se saturaran las capacidades de atención e iniciar, en un mercado supremamente competido, una carrera de compra de ventiladores y otros insumos vitales para ampliar el número de UCI.

Desde entonces hasta hoy, la ciencia y la medicina no han encontrado un tratamiento efectivo contra el covid-19. La ventilación mecánica, que no elimina el virus, pero sí mantiene la respiración mientras el sistema inmune se ocupa de combatir al intruso, es lo único que tenemos.

Varias veces me han preguntado si alguna vez he llorado durante la pandemia. Sí, pero ninguna como aquella noche en la Casa de Nariño en la que, rodeado de los principales líderes del sector, anunciamos el aislamiento.

Tenía la seguridad de que era la decisión que menos riesgos y más beneficios podría traernos en ese momento preciso, pero era plenamente consciente de los daños emocionales y económicos que podría causar en muchas familias.

ABRIR SIN DESCUIDAR


El tímido conocimiento del virus que íbamos adquiriendo y la paulatina ampliación de las UCI permitieron una flexibilización progresiva del confinamiento.

La crítica de varios gremios médicos fue dura, pero yo no podía cambiar mi convicción de que eso que llamamos ‘salud’ no es solo ausencia de enfermedad, es también el bienestar del individuo y la sociedad.

Creo que los hechos nos han dado la razón: por la urgencia de satisfacer otras necesidades, la cuarentena, en algún momento, iba a ser insostenible. A instancias del Presidente, decidimos no atender los argumentos apocalípticos que invitaban a estrictas cuarentenas que habrían destrozado la economía. La medida siempre estará presente como una opción, pero debe ser oportuna y racionalmente usada para evitar otros daños.

El reto más duro ha sido abrir la economía mientras mantenemos las medidas sanitarias. Colombia fue de los pocos países de Latinoamérica que abrieron mientras atendían el pico. Creo que acertamos. Primero, porque el sistema siempre, a lo largo de 2020, tuvo capacidad de recibir a pacientes que requerían UCI; segundo, porque la economía efectivamente se ha venido recuperando.

COMPRA DE VACUNAS

Como repitiendo el libreto de las primeras medidas –el libreto de la incertidumbre y de la toma de decisiones sobre escasa evidencia–, desde junio comenzamos a evaluar la estrategia para la adquisición de vacunas.

Nuevamente, la preocupación recurrente era la escasa información. Aparte de que negociábamos unas vacunas que no sabíamos si iban a funcionar, teníamos que elegir muy bien con quién íbamos a negociar. En pocos meses, la oferta puede ser abundante. Ya vivimos eso con los elementos de protección personal: pasamos de la escasez a la sobreoferta.

Por eso, con la negociación de vacunas optamos por una estrategia diversificada, una estrategia que no nos amarre a un solo oferente y que nos permita maniobrar si aparecen mejores opciones.

También en este caso me he tenido que mover entre dos polos opuestos. Por una parte, los que demandaban una compra rápida, casi sin preguntar, y, por el otro lado, los que me pedían calma porque, al fin y al cabo, no tenemos toda la información sobre seguridad y eficacia de estos biológicos.

Es cierto: los datos aún están incompletos. Pero no estamos tomando decisiones a ciegas. Lo que hoy sabemos sobre las vacunas nos permite augurar que tendremos, como lo establece nuestra premisa, más beneficios que riesgos. En esto, la orientación del Presidente y el apoyo irrestricto del gabinete y los mandatarios locales ha sido esencial.

En el futuro los analistas alegarán que pudimos hacer mejor las cosas. Los profetas del pasado nunca pierden porque jamás llevan sobre sus hombros la responsabilidad de tomar decisiones.

El Sars-CoV-2 está siendo tan estudiado que en breve pasará de ser un perfecto desconocido a una perfecto conocido. Le perderemos el miedo. Cuando ese momento llegue, quizás nos reiremos de nuestras torpezas y hasta llegaremos a pensar que en 2020 volvimos a la prehistoria de la medicina.

No lo creo. Sinceramente, no lo creo. Y no lo digo porque nunca antes tuvimos un desarrollo de vacunas tan sorprendentemente rápido. Lo digo porque nunca antes una sociedad entera había hecho tanto por preservar la vida, por sus adultos mayores y por las personas que de antemano traían una salud debilitada. Ese simple hecho me da esperanzas frente a nuestro futuro.

Fernando Ruíz
Ministro de Salud
Especial para EL TIEMPO

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