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Infraestructura

La importancia de la ética en la ingeniería

La corrupción afecta la legitimidad del Estado.

Obras

Parte de la concesión Bogotá-Girardot.

Archivo particular

POR:
OLGA LUCÍA RAMÍREZ
octubre 04 de 2021 - 01:32 a. m.
2021-10-04

Quisiera iniciar esta reflexión con lo que siento es una permanente disyuntiva inclusiva: ser un buen profesional o ser un profesional bueno.

La revolución técnico-científica que se generó durante la Segunda Guerra Mundial posicionó a la ciencia, la tecnología y la innovación como objetos ineludibles de la política pública. En el mundo contemporáneo, la Ingeniería representa un sector estratégico para los Estados, no solo por los impactos en la economía y en la calidad de vida, sino por su contribución a la generación de capacidades para la comprensión, mitigación y solución de sus problemas y necesidades. Entonces, la ingeniería no solo debe ser ‘buena ingeniería’, sino también ‘ingeniería buena’. Hacemos una invitación a contribuir, con nuestra conducta profesional, para que la sociedad forme y mantenga un correcto significado de la profesión, de su dignidad y del alto respeto que merece.

(Vea: Suspensión del proyecto ALO Norte es 'un error colosal', dice la CCI).

A nivel ético, la ineficacia de los mecanismos para prevenir, investigar y sancionar la corrupción hace que los ciudadanos no identifiquen el hecho incorrecto, ni el riesgo que implica cometer un acto corrupto, pues en muchas ocasiones esta no se reconoce como un delito, ni se entienden sus consecuencias. Esa creencia termina afectando el bienestar general. Además, el hecho de que el mal uso de los recursos públicos no se vea reflejado en un daño a un individuo sino a la sociedad, hace que sean pocas las probabilidades de generar sentimientos de arrepentimiento o aversión.

Garantizar que todos los procesos de ingeniería en Colombia se realicen con honestidad, transparencia, rigor, confianza y conforme con la ética, implica involucrar al sector para construir y adoptar acuerdos colectivos, tanto a nivel individual como de su entorno institucional.

La alta competitividad de los mercados genera presiones en las organizaciones por alcanzar el éxito de los proyectos, que se han percibido bajo criterios económicos, de alcance, tiempo, costo y calidad, dejando de lado el impacto del proyecto y sus efectos. Esta visión a corto plazo, enfocada en criterios de lucro, ha provocado, muchas veces, la utilización de prácticas poco éticas, de corrupción, violación de la ley y afectaciones a la sociedad.

(Vea: Norma de apoyo financiero a SITM será oficial en ‘los próximos días’).

Uno podría pensar que existe una tendencia de antivalores, al tratar de entender las justificaciones que presentan algunos involucrados en procesos de corrupción y juicios ético-disciplinarios. Recuerdo, por ejemplo, una declaración de Marcelo Odebrecht ante un fiscal. Ante la pregunta: “¿En qué momento corrompió a estos políticos?", y él responde: ‘…Yo no los corrompí, cuando yo los conocí, ya eran corruptos…’”. Son experiencias que permiten aprender que la corrupción se presenta en un escenario de instituciones débiles, que por diseño o evolución no tienen la capacidad de hacer cumplir las normas, son ineficientes e ineficaces. Además, son percibidas como injustas e inequitativas, y no cuentan con mecanismos para controlar el oportunismo, ni para adaptarse a los cambios.

El papel del Estado es determinante, tanto para entender el fenómeno como para implementar medidas concretas en la lucha contra la corrupción. Por lo tanto, las debilidades de herramientas y mecanismos para prevenir, investigar y sancionar facilitan oportunidades para prácticas corruptas. Un Estado débil tiene sistemas de control débiles, cooptación, injusticia e impunidad, para no hablar de las ineficiencias en el sistema de empleo público, dificultades para la descentralización, limitaciones al control político, opaca financiación de los partidos políticos, y una escasa participación ciudadana en las decisiones públicas.

(Vea: El presente y futuro de la infraestructura de Colombia).

Si bien es cierto que gestionar las expectativas de los stakeholders implica implementar tácticas políticas, éstas no deben verse desde una óptica negativa, enfocadas a la manipulación o al engaño. Al contrario, es necesario que esas tácticas estén enmarcarse en la ética y la moral. La corrupción es un fenómeno que incide negativamente en lo económico, social, cultural, político y ético de una sociedad. Afecta, además, las condiciones de vida de los ciudadanos y sus capacidades para el desarrollo. Su complejidad radica en que esas dimensiones son interdependientes. Ahora, en un Estado afectado por corrupción sistémica, que permea las instituciones que deberían estar encargadas de eliminarla, este fenómeno cíclico se transforma en un círculo vicioso, donde el Estado pierde su legitimidad y su capacidad para gobernar en favor del bien común.

Creo que uno de los logros de los países abanderados en ética y trasparencia es que entendieron, tanto en las esferas públicas como privadas, la importancia de luchar contra la corrupción en el desarrollo de una sociedad. La corrupción no solo viola una regla particular o impacta una decisión colectiva específica, sino que afecta la legitimidad del Estado, profundiza la desigualdad y las asimetrías de poder, lo que se puede traducir en inseguridad e inestabilidad.

(Vea: ¿Por qué Colombia está importando gas natural?).

Colombia ha realizado esfuerzos normativos para combatir la corrupción. También se han emprendido iniciativas desde la rama ejecutiva, a través de los Planes Nacionales de Desarrollo, y con propuestas de política pública. Además, los órganos de control han liderado acciones tanto la Procuraduría como la Contraloría, entre otros.

OLGA LUCÍA RAMÍREZ
Viceministra de Infraestructura

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