La miel mueve la economía de 9 pueblos santandereanos

En el municipio el Socorro se lleva a cabo una iniciativa que tiene como objetivo empoderar a las comunidades campesinas mediante la apicultura.

Abejas

La Universidad George Mason no se marca una fecha límite para apoyar esta iniciativa.

EFE

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marzo 18 de 2019 - 03:47 p.m.
2019-03-18

A Germán Perilla no le pican las abejas aunque abra las colmenas con las manos descubiertas: este científico de la Universidad George Mason Estados Unidos, lleva 40 años trabajando con ellas y ahora aporta su conocimiento a una aldea del municipio del Socorro, en Santander.

En Socorro se lleva a cabo la ‘Honey Bee initiative’, impulsada por la George Mason, de Virginia Estados Unidos y la Universidad Industrial de Santander (UIS), junto con el banco BBVA Colombia. El objetivo es desarrollar y empoderar a las comunidades campesinas mediante la apicultura y que a la larga esta industria sirva para que sean autosuficientes, en una región en la que, como muchas de Colombia, también fue golpeada por el conflicto armado.

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Lo que empezó como una prueba en tres municipios de la que se beneficiaban 20 familias es ahora un proyecto consolidado, con 160 familias de nueve pueblos. Hasta ahora, la apicultura se desarrollaba de forma pausada y de manera artesanal. "Con esta intervención estamos viendo que se están vinculando de una manera mucho más directa, mucho más motivada. Los apoyos permiten que este sector se impulse de manera mucho más eficiente", apunta el coordinador académico de la UIS, Giovanni Monsalve.

En su primer año, de las colmenas se sacaron 900 kilos de miel, 25 de media por cada una de ellas, y el futuro pasa por la producción industrial.

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A la vereda Alto de Reinas se llega desde el centro del pueblo después de media hora de trocha embarrada abierta entre cafetales, otro puntal de la economía rural santandereana junto con la ganadería.

Johana Mesa tiene trece colmenas en la finca La Vega, que es de sus suegros, con unas 10.000 abejas en cada una. Ella es la encargada de tratar con los animales porque su marido es alérgico, afirma, y reconoce, entre risas, que las abejas le pican de vez en cuando.

Germán Perilla va adelante, seguido de un ahumador y el grupo de siete periodistas; cierra la comitiva Mesa, que también lleva un ahumador para espantar a las abejas. Todos en fila y con el traje blanco que usan los apicultores para evitar las picaduras.

La proximidad de las colmenas la anuncia un zumbido que aumenta a cada paso. Una vez dentro se hace más intenso hasta que muta en pequeños golpecitos repetitivos: es el ruido de las abejas estrellándose contra el traje de protección.

El científico no lleva guantes porque las abejas no le pican. Dice que la clave es tratarlas con delicadeza, la misma con la que destapa una de las colmenas para mostrar los depósitos de miel, o que emplea para abrir una pequeñita celda de cera en la que está naciendo una abeja. "Son ustedes unos privilegiados por estar viendo esto", anuncia con entusiasmo entre un humo blanco y denso que irrita los ojos.

Muy cerca, Vidal Pinto no quiere hablar del conflicto armado. "Hubo guerrilla pero por allá lejitos, acá no llegaron", explica sentado a la sombra de un porche de su finca, ahora tomada por unos 30 estudiantes norteamericanos de la Universidad George Mason que han venido a conocer el proyecto.

Este octogenario de tez olivácea, apariencia frágil, ojos menudos, barba cana de dos días mal afeitada y sombrero ancho trabajó en su juventud con abejas y ahora es uno de los beneficiarios de este proyecto. "No recibimos a nadie que no tenga experiencia de abejas, porque así no tiene uno que adoctrinarlos de que esto es bueno. El que está metido en abejas sabe que es bueno", explica Perilla.

La Universidad George Mason no se marca una fecha límite para apoyar esta iniciativa. "En el momento en que se cree la parte de industrialización o podamos crear un sistema de exportación, la universidad va a estar presente porque somos la puerta de entrada para Estados Unidos", sostiene Perilla.

El vuelo circular de los gallinazos es lo único que mancha un cielo impoluto que hace más agresivo el sol del mediodía: es en esta franja, entre las doce y las tres de la tarde, cuando las abejas son más sensibles y defienden sus colmenas con más fuerza.

La iniciativa trabaja con dos subespecies, la apis y la melípona, una con aguijón y otra sin, pero ambas productoras de miel. En el colegio Alberto Santos Buitrago, en la vereda Los Morros, a diez minutos del Socorro, las abejas sin aguijón hacen parte de la educación de los niños. "Empezamos hace seis años. Antes teníamos abejas con aguijón, pero por el entorno acá en el colegio las teníamos muy cerca de las aulas y había alto riesgo de que los niños fuesen atacados", afirma Sergio Hernández, profesor en esta escuela rural.

Es por eso que decidieron cambiarlas por las que no tienen aguijón, ya que, explica el docente, "lo más importante es que los niños entiendan que hay que cuidarlas". "Desafortunadamente las estamos acabando con pesticidas. Se están muriendo colonias inmensas de abejas y de insectos polinizadores", dice, y agrega que estos animales son responsables del 70 % de la polinización. Y así se lo repite Hernández a sus alumnos: "Si se acaban, la hambruna sería terrible".

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