La relación de Colombia con EE.UU. en épocas de campaña presidencial

Ricardo Ávila analiza el papel diplomático del gobierno colombiano frente a las elecciones en Estados Unidos.

Duque y Trump

Los presidentes de Colombia, Iván Duque, (izq) y Estados Unidos, Donald Trump. 

Foto: cortesia presidencia de la República

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Portafolio
septiembre 13 de 2020 - 07:17 p.m.
2020-09-13

La rápida votación que ayer definió en Washington el nombre del nuevo presidente del Banco Interamericano de Desarrollo no sorprendió a nadie. Tal como lo habían pronosticado los observadores, el estadounidense Mauricio Claver-Carone acabó siendo escogido para encabezar la entidad multilateral durante los próximos cinco años, sepultando de un plumazo el acuerdo tácito –vigente a lo largo de seis décadas– de que el cargo le correspondía a un candidato proveniente de América Latina.

(¿Quién es Mauricio J. Claver-Carone, el nuevo presidente del BID?). 

Más allá de lo que el cambio puede significar para una institución que le provee a la región entre 12.000 y 15.000 millones de dólares en préstamos anuales, es indudable que Colombia se destacó como el país que respaldó con más entusiasmo la postulación del abogado nacido en Miami. No faltan, incluso, quienes aseguran que este es un triunfo diplomático de Bogotá al apostar de manera temprana por el triunfador.

(Biden le gana terreno a Trump en el gran bastión republicano). 


Una lectura de lo sucedido señala que otra vez el país vuelve a alinearse con la Casa Blanca y que eso le traerá réditos en el futuro cercano. Dado el tamaño de la crisis causada por la pandemia, contar con el apoyo de Washington servirá no solo para enfrentar los problemas que venían de antes, sino los nuevos desafíos en materia económica y social.

Sin embargo, están aquellos que piensan distinto. La principal preocupación de varios analistas es que lejos de mantenerse neutral con miras a los comicios presidenciales de comienzos de noviembre en Estados Unidos, lo ocurrido es una muestra de que la Casa de Nariño ya escogió bando y no precisamente el de Joe Biden.

El miércoles pasado, Juan Manuel Santos afirmó haber recibido llamadas de la capital norteamericana, según la cual existirían funcionarios de la administración Duque ofreciendo su ayuda para la reelección de Donald Trump. “Eso es muy grave porque no solamente es ilegal, sino que genera una reacción del Partido Demócrata, que ya sabe que eso sucede”, afirmó el expresidente.

LO QUE ESTÁ EN JUEGO 

La advertencia equivale a un campanazo de alerta. Si existe una constante en la relación bilateral, ha sido su naturaleza bipartidista. Desde el inicio del Plan Colombia al comenzar el siglo los gobiernos de turno en Bogotá trabajaron de la mano con administraciones demócratas y republicanas, al igual que con congresistas de ambas colectividades. Esto último es clave, pues en el Capitolio se define el monto de la partida anual, que en el acumulado suma cerca de 15.000 millones de dólares en los pasados 20 años.

Y la razón es simple y estratégica. Al preservar una política de Estado, el país ha podido evitar caer en los vaivenes propios de los resultados electorales. Ante los niveles de polarización observados en la tierra del Tío Sam, ese es un activo muy importante. De hecho, no son pocos los funcionarios y legisladores estadounidenses que en el pasado han dicho que el nuestro es quizá uno de los pocos temas frente a los cuales no existe conflicto.

Por supuesto, se han presentado altibajos, como en todas las relaciones. A Álvaro Uribe, por ejemplo, le tocó un período difícil cuando los demócratas ganaron la Casa Blanca y el Congreso en las elecciones del 2008, con lo cual se enredó durante varios años la aprobación del tratado de libre comercio por preocupaciones de ese partido ante actos de violencia contra sindicalistas y adopción de estándares laborales.

En el Capitolio norteamericano, además, hay personas que nunca podrán ser complacidas del todo. De un lado se encuentran los que quieren enmarcar la relación desde una perspectiva única de derechos humanos y, del otro, los que ven al país como una cabeza de playa para derrocar a Nicolás Maduro en Venezuela.

Pero la fortaleza de la política exterior colombiana, hasta la fecha, es que le ha apuntado al centro del espectro ideológico, garantizando con ello un apoyo casi unánime para los temas que más importan. De ahí nace la advertencia de que podríamos estar jugando con fuego.

“No me sorprendería que representantes del Gobierno hubieran trasmitido su apoyo a la campaña Trump”, afirma el exembajador Gabriel Silva. “El Gobierno desde su inicio se ha dedicado a erosionar el carácter bipartidista de la política bilateral con Estados Unidos, pues el alineamiento político con la Casa Blanca y con sus más descabelladas iniciativas ha irritado e incomodado profundamente a los demócratas”, agrega.

SER Y PARECER 

Semejante actitud –si se confirman los rumores que abundan en Washington– sería muy diferente de la usual. Tradicionalmente los embajadores colombianos han asistido a las convenciones de ambos partidos, pues los representantes del cuerpo diplomático reciben invitaciones para ir, con excepción de ahora, cuando la pandemia obligó a la utilización de herramientas virtuales.

Incluso es una práctica aceptada que haya contactos explícitos con un lado y con otro, siempre y cuando todo pase por encima de la mesa.

Por ejemplo, en la época de Andrés Pastrana, este aprovechó una visita a Houston en Texas para reunirse con el entonces candidato republicano George W. Bush, no sin antes informarle a la campaña de Al Gore, por entonces vicepresidente de Bill Clinton y aspirante a la presidencia.

A la luz del antagonismo actual, lo que aconsejan los expertos en el asunto es evitar suspicacias. Hay contactos inevitables entre uno y otro gobierno, pero es normal que los viajes o las visitas se reduzcan a un mínimo. Tal como en el conocido adagio referente a la mujer del César, no basta con ser, sino parecer neutrales.

Por otra parte, no está de más mirar las encuestas. Si bien su margen se ha reducido, Joe Biden todavía aventaja por cerca de ocho puntos porcentuales a Donald Trump en los sondeos. La diferencia es menor en aquellos estados que oscilan entre una colectividad y otra, pero todavía el que fuera vicepresidente de Barack Obama lleva la delantera.

Es verdad que falta la parte más intensa de la carrera y que hace cuatro años los pronósticos señalaban que ganaría Hillary Clinton. Así haya roto con buena parte de los cánones de buen comportamiento en el terreno político, el actual presidente de los Estados Unidos cuenta con el respaldo de un grupo considerable de ciudadanos que lo siguen de manera fiel, por lo cual es imposible descartarlo.

No menos importante es que propios y extraños coinciden en que es altamente improbable que los demócratas pierdan el control de la Cámara de Representantes. En cuanto al Senado, hoy en manos de los republicanos, la brecha podría cerrarse.

Ese cálculo es fundamental porque en años recientes ha sido el Congreso el encargado de incrementar el paquete de ayuda que se le gira a Colombia, después de los repetidos intentos de la Casa Blanca de reducirlo. Enemistarse con parlamentarios clave podría ser muy costoso en las actuales circunstancias.

Por esa razón, no hacerle guiños a ningún bando es la mejor opción. Una salida de tono de un alto funcionario o incluso de un cónsul sería motivo suficiente para quedar atrapados en un debate que solo traería resultados contraproducentes para el país.

¿QUIÉN PAGA LOS PLATOS?


Que hay ruido en el ambiente, es incuestionable. Brian Winter, editor del semanario 'Americas Quarterly', dice que no cree que Iván Duque se esté inclinando hacia ningún lado. “Pero hay definitivamente la percepción contraria en Washington, en el sentido de que el Gobierno colombiano ha cultivado una proximidad con Trump que se ve como más que una relación bilateral típica y en la cual quizás se ha cruzado una línea”, añade. Indica que “hay individuos en particular dentro de la administración colombiana que sienten una afinidad ideológica con la Casa Blanca y no han sido tímidos acerca de eso”.

A su vez, Michael Shifter, del Diálogo Interamericano, opina que “es llamativo que el presidente Duque fue el único mandatario en América Latina que apoyó pública y robustamente al candidato de Estados Unidos a la presidencia del BID”.La interpretación del analista es que Bogotá “está apostando a que Trump sea reelegido o que, si pierde con Biden, el riesgo de dañar la buena relación bilateral sería mínimo”.

Subraya que esa hipótesis puede tener algo de razón, porque el candidato demócrata no es rencoroso. “Buscará reparar y no romper alianzas”, concluye Shifter. “Si Biden gana, es poco factible que pase cuentas de cobro, pues no es parte de su naturaleza. Además, heredaría un mundo muy complicado en enero de 2021 y para manejarlo necesita amigos”, complementa Winter.

Sin embargo, también es cierto que habría puntos de roce con Bogotá. La aparente sinsalida de Venezuela, el asesinato de líderes sociales, el uso de fondos estadounidenses para operaciones de interceptación o la defensa de los derechos humanos tendrían una relevancia y una aproximación diferente si hay cambio de mando en la Casa Blanca. Y si ese no es el caso, el apretón llegaría por el lado del Congreso norteamericano, en donde habrá más de un interesado en pasar cuentas de cobro.

Uno de los primeros frentes de choque puede acabar siendo la escogencia de Claver-Carone el sábado pasado. “Es difícil ver cómo esto va a terminar bien para el BID o para Colombia, sin importar quién sea el Presidente en enero”, advirtió un asesor de alto nivel de un importante congresista norteamericano.

En contra de las aseveraciones de que esta es la salida para que llegue una inyección de capital a la entidad multilateral y el flujo de préstamos hacia América Latina sea mucho mayor, todo apunta a una confrontación de marca mayor por motivo de las dinámicas de la política interna en Washington. El mayor riesgo es que la institución acabe envuelta dentro de la polarización, justo cuando la región necesita más fondos para salir con mayor prontitud de la crisis derivada del coronavirus.

De ser ese el caso, los escenarios de conversación hemisférica amenazan con ser irrelevantes. La crisis de la Organización de Estados Americanos es profunda y aparentemente insalvable. Ahora el Banco Interamericano entra en un terreno desconocido, que incluye el rechazo a la influencia de China, en el cual son más evidentes los peligros que las oportunidades.

Debido a ello, no está de más preguntarse qué le pasa a la política exterior colombiana, cuya falta de logros es apabullante. Aquellos que pensaban que la ausencia de Brasil o México del escenario regional era una oportunidad para el país, ahora ven que no hay nada que mostrar, en particular porque la carta de Juan Guaidó, que en su momento logró sumar adeptos, no llevó a la solución del problema venezolano.

Aunque el vínculo entre Estados Unidos y Colombia seguirá siendo fuerte, independientemente de quien gane las elecciones, sería equivocado pensar que el camino que viene se va a parecer al que termina. Ya sea por acción o por omisión, en un escenario de continuidad o de cambio, se aproximan momentos más difíciles.

Si el victorioso en noviembre es Trump, pagaremos el precio de haber acompañado sus posturas, lo cual se puede expresar en nuevas exigencias a las cuales será difícil decir que no, tras haberlo malacostumbrado. Y si el que gana es Biden, el desafío consistirá en construir confianza.

En conclusión, así se diga que con el Tío Sam vivimos en una especie de lecho de rosas, es mejor no hacerse ilusiones.
Porque en los tallos de las rosas también hay espinas.

Ricardo Ávila
Analista senior
Especial para EL TIEMPO
Twitter: @ravilapinto

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