Lea el discurso completo del director de Portafolio

Durante su discurso en los Premios Portafolio, su director, Ricardo Ávila, señaló cuáles son los retos del Gobierno para reactivar la economía.

Premios Portafolio 2018

Premios Portafolio 2018

POR:
Portafolio
noviembre 29 de 2018 - 08:44 p.m.
2018-11-29

Lea el texto completo de la intervención del director de Portafolio:

Palabras del director de Portafolio, Ricardo Ávila, en la ceremonia de entrega de los Premios Portafolio 2018

(Bogotá, noviembre 29 de 2018)

Reciban todos los presentes un muy cordial saludo de bienvenida en esta noche cuyo objetivo no es otro que reconocer el esfuerzo de un puñado de empresas y personas que, con su abnegada labor, hacen de Colombia un mejor país. El ejemplo de los más de 800 postulados nos inspira, además de llenarnos de orgullo y optimismo, pues demuestra que en medio de los desafíos inmediatos, existen motivos para pensar que avanzamos hacia un mañana más próspero para todos.

Quiero agradecer muy especialmente la presencia del presidente Iván Duque quien, a pesar de su intensa agenda de trabajo, consiguió acompañarnos. Dado que Portafolio fue su casa periodística durante los 14 años en que lo tuvimos de columnista, para nosotros es especialmente significativo contar con su asistencia.

Sabemos que las presiones propias de su cargo son enormes, señor Presidente. Encabeza usted una administración que representa un cambio generacional grande y en la cual los técnicos asumen un rol más visible que en el pasado. Quienes lo conocemos nunca hemos puesto en duda su capacidad de trabajo o el conocimiento que tiene de los más variados temas. El esfuerzo de ir a las regiones con los talleres “Construyendo país” que se han celebrado en 16 lugares diferentes hasta ahora, lo acerca a las preocupaciones genuinas de los colombianos.

Especialmente notable es su determinación de romper con las prácticas de sus antecesores, consistentes en conseguir gobernabilidad a punta de puestos y cupos indicativos. Poner en retirada la politiquería lleva a que más de un congresista sufra de síndrome de abstinencia, pero quiero animarlo a mantenerse firme en su propósito.

No me cabe duda de que la popularidad del Gobierno repuntará si este sigue fiel a sus principios y logra que los programas estatales se ejecuten con transparencia. Para ello, sin embargo, es obligatorio que varios de los ministros del actual gabinete pasen de los diagnósticos y las promesas a la acción, elevando de paso su voz. El perfil técnico es muy diferente al bajo perfil.

Que las aguas están agitadas, es indudable. Las encuestas muestran que el talante de la opinión es pesimista, lo cual parece ser la norma en un mundo más inmediato en el cual las percepciones se magnifican por la presencia de las redes sociales. Los vientos que soplan de afuera no son los mejores, pues aparte de las tensiones políticas y de seguridad, aparece la amenaza del proteccionismo y se imponen medidas unilaterales que nos afectan.

Como si las necesidades de siempre no constituyeran una exigencia inmensa, la ola migratoria proveniente de Venezuela complica todavía más las cosas. Ante la avalancha de personas que huyen de la debacle causada por un régimen represor, corrupto e incapaz, lo más fácil habría sido jugar la carta de la xenofobia.

En cambio, el Gobierno está haciendo lo correcto al tratar de manejar de manera ordenada un proceso con costos inmediatos cuantiosos, a sabiendas de que las consideraciones humanitarias priman sobre las demás. No está de más señalar, además, que si a los recién llegados se les permite usar sus habilidades y formalizarse, eventualmente la economía colombiana crecerá más rápido, como ha pasado en otras latitudes.

Creo que no exagero cuando afirmo que atravesamos un periodo complejo. Las marchas de ayer volvieron a demostrar que hay un sector de la sociedad que está descontento, el cual va más allá de los estudiantes universitarios. No tengo duda de que existen personas interesadas en promover protestas con fines políticos, pero no todas las demandas responden a objetivos de terceros, por lo cual es fundamental que se mantengan abiertos los canales del diálogo.

Dicho lo anterior, el espíritu conciliador no puede confundirse con falta de carácter. Hace bien usted al buscar consensos, pero también al señalar el camino o poner límites. Especialmente válido es el consejo de que su gestión debe girar en torno a un propósito central, que la ciudadanía entienda y valore.

Hago esta reflexión sincera y respetuosa, al observar el giro indeseable que ha tomado la discusión de la ley de financiamiento en el Congreso. Frente a la meta inicial de conseguir 14 billones de pesos para cubrir el faltante del presupuesto del próximo año, ahora se habla de la mitad de esa suma. Peor todavía es que el propósito de mejorar la competitividad empresarial no está asegurado en absoluto y menos la sostenibilidad de las finanzas públicas a partir del 2020.

Ante el peligro de un Frankenstein tributario que haga más daño que bien, el equipo económico está obligado a recuperar la iniciativa si no desea pagar los platos rotos de un proceso poco transparente, que deja hasta ahora mucho que desear. Tras la radicación de la ponencia ayer, aún hay espacio para tratar de enmendar una plana llena de tachones, pues el remedio no puede ser peor que la enfermedad.

Aquí lo que está en juego es la salud de una economía cuyo ritmo mejora levemente, aunque todavía es mediocre. Hay vientos cruzados como la volatilidad en los precios de las materias primas o el cambio en las condiciones de las materias primas internacionales. Ver al dólar acercarse a los 3.300 pesos puede ser una buena noticia para algunos, pero también devela nuestras propias fragilidades.

Debido a ello, no existe espacio para equivocarse. El sacudón que recibió Argentina hace unos meses comprueba que la tolerancia de los mercados es menor y más aún en una América Latina en donde México y Brasil se embarcan en experimentos populistas de dudoso pronóstico. Justa o injustamente, a las firmas calificadoras de riesgo no les tiembla la mano a la hora de bajar una nota si se llevan la impresión de que las cosas no se están haciendo bien.

Aunque veo los peligros, mantengo la confianza en que su Gobierno sabrá encontrar el camino que lo saque de esta encrucijada. Como lección preliminar queda el mensaje de que hay que esforzarse más en materia de comunicaciones, lo cual pasa por liderar, hablar claro y responder dudas a tiempo. Tal como ocurre con los enfermos, de poco vale que el médico sea bueno si no es capaz de hacerle entender al paciente por qué se debe tomar la medicina que le receta.

Lo anterior no es un impedimento para concentrarse en otros puntos clave como combatir la evasión, perseguir la corrupción o racionalizar el gasto público. Cada una de esas áreas requiere estrategias puntuales y, sobre todo, persistencia para que los esfuerzos fructifiquen, ojalá más temprano que tarde.

Más allá de expresar ese deseo, subrayo que el debate actual deja elementos de reflexión importantes. Para comenzar, resulta inquietante que los mismos colombianos que piden más cobertura en educación o un mejor servicio de salud, consideren que no deben pagar por ello, como si no existiera conexidad entre derechos y obligaciones. Aquello de que los impuestos no son responsabilidad de la clase media, que es el grupo de mayor tamaño en la población, conduce a salidas populistas que derivan en una distribución inequitativa de las cargas.

No menos preocupante, es la ausencia de solidaridad en favor de los que menos tienen. La propuesta de devolverle el cobro del IVA al 30 por ciento de los hogares que se ubican en la parte más baja de la pirámide de ingresos, albergaba elementos redistributivos encomiables, pero recibió un entierro de tercera.

Debido a ello, no hay que perder de vista la lucha contra la pobreza y la construcción de una sociedad más incluyente. Esto lo digo a sabiendas de que la lista de urgencias a las que se enfrentan los altos funcionarios es amplia y va desde el deterioro de la seguridad en las ciudades, hasta el arreglo estructural que requiere el sistema de salud, pasando por el salto en los cultivos ilícitos.

Pero de vuelta a la economía, nuestros avances en productividad dependen de otras urgencias. Una de ellas es la infraestructura, en donde poco a poco se desenreda la madeja que entorpeció el avance de muchos proyectos, si bien hay que hacer más y solucionar varios cuellos de botella pendientes.

A su vez, la volatilidad en los precios del petróleo es indeseable, pero esta no debe desviar la atención de garantizar nuestra autosuficiencia energética, que pasa por la explotación de hidrocarburos mediante el uso de técnicas no convencionales, para lo cual es indispensable la mejor regulación posible y un marco institucional adecuado.

Bogotá, por su parte, merece una atención especial. Aunque la paciencia de los habitantes del Distrito se agotó hace rato, aumenta el peligro de que el próximo año la metrópoli caiga en los brazos del populismo que promete soluciones fáciles e irrealizables. Ello obliga al Gobierno a prestarle más atención a la capital con el fin de asegurar que iniciativas como el metro no corran el riesgo de descarrilarse, sin importar quien llegue al Palacio Liévano en menos de 14 meses.

No puedo concluir esta lista desordenada sin hablar de los desafíos que representa para Colombia la revolución tecnológica. Aquí, como en todas partes, el cambio es una realidad que amenaza importantes fuentes de empleo, pero que también presenta oportunidades que estamos obligados a aprovechar, por lo cual los preceptos de la economía naranja hacen todo el sentido. Más que temerle al futuro, hay que mirarlo con los ojos abiertos.

Apreciados amigos,
Han pasado escasamente un par de meses desde cuando Portafolio celebró su aniversario número 25, confirmando su liderazgo en el segmento de la prensa dedicada al periodismo de economía y negocios. A lo largo de un cuarto de siglo le hemos tomado el pulso con regularidad a este país cuyos indicadores se comparan muy favorablemente con los de 1993. Hacerle el seguimiento al devenir cotidiano nos ayuda a mirar en perspectiva para concluir que el colombiano promedio es ahora más próspero, sano y educado que nunca antes en su historia.

Lo anterior no quiere decir que ya llegamos a la meta, pues todavía nos falta mucho para derrotar la pobreza o construir una sociedad más equitativa en la cual se cierren las brechas regionales. La violencia y la corrupción son nuestras grandes lacras, junto con un desprecio por la riqueza natural que heredamos y nos empeñamos en destruir.

Aun así, tenemos cómo mejorar, si nos aplicamos en ello. Espero que la polarización disminuya y que los dirigentes puedan sentarse a construir pactos que nos lleven a una Colombia más educada, más incluyente, más pacífica, más tolerante, en donde la actividad privada florezca y el éxito empresarial no sea un estigma, sino un orgullo colectivo.

Alguno podrá pensar que acabo de describir una utopía, pero les aseguro que esta es posible. En la medida en que abunden en Colombia historias como la de cada una de las personas y compañías que nos disponemos a premiar esta noche, ese sueño estará más cerca de lo que creemos.

Muchas gracias.

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